“I can’t escape this hell. So many times I’ve tried, but I’m still caged inside. Somebody get me through this nightmare, I can’t control myself. So what if you can’t see the darkest side of me? No one will ever change this animal I have become. Help me believe it’s not the real me. Somebody help me tame this animal”
Quieres evitarlo.
Quieres hacer algo. Pero no puedes. Cuando llega el momento, no te sientes
capaz de controlarlo. Hay una pulsión dentro de ti que te ata de pies y manos,
como una venenosa enredadera que te ahoga por dentro, que ha crecido en tu
interior sin que tú fueras consciente, y ahora, cuando empieza a clavarse en tu
carne ya no sabes cómo expulsarla fuera de ti. Te controla como un Dios
malvado, moviendo los hilos de tu vida como los de un vulgar títere de huesos,
de costillas y clavículas, de ojos saltones y rodeados de sombras, de pelvis
sobresaliendo por delante del ombligo, de vértebras que pueden contarse en tu
espalda.
Te miras al
espejo y te das asco. Eres repugnante. Tu cuerpo es el de una niña. Ni siquiera
eso, no existen las redondeces de la niñez, las que esconden las curvas de una
mujer. Sólo hay ángulos y líneas demasiado marcadas bajo tu piel. Tu rostro, ¿a
qué ha quedado reducida la carita ilusionada que solías tener? Te has
convertido en un par de ojos que no transmiten más que un pozo de tristeza,
rodeados de sombras malvas que no se quitan por mucho que duermas. ¿Dormir? Eso
quieres, dormir para siempre y no despertar. Dormir porque estar despierta se
ha convertido en tu particular pesadilla.
¿Y todo esto para
qué? Querías ser más bella. Querías parecerte a esas chicas de las portadas de
las revistas que tanto has dibujado, porque ellas parecían tenerlo todo:
felicidad, dinero, hombres. Ellas lo tienen todo, tú no tienes nada.
Curiosamente, ahora tienes todavía menos. No eres más bella, nadie te quiere
más que antes. Lo único que has conseguido es convertirte en otra persona.
Querías cambiar y lo has conseguido, no te reconoces a ti misma, no queda nada
de lo que solías ser. Y todo esto por querer alcanzar la perfección. La puta
perfección que todo el mundo te exige.
Y ahora que te
das cuenta de la espiral en la que estás metida quieres salir pero eres
demasiado débil, no tienes fuerzas. Las aguas te ahogan, te engullen, tiran de
ti hacia las profundidades. Gritas, pides ayuda, pero ningún sonido sale de tu
boca, solo silencio, y sonrisas falsas. “No pasa nada. Me pondré mejor. Sólo es
un bache”. Excusas. Estas metida en el hoyo. Bien dentro. Y tú eres la única
que has cavado tu tumba, tú solita y nadie puede ayudarte a salir. De todos
modos te niegas tomar la mano que intenta tirar de ti. Porque te bastas tú
sola. Claro que sí. Tú, solo tú y tus putos problemas, puedes solucionarlo
todo, puedes con todo.
Pero en la
realidad, cuando te quedas sola y ves lo peor de ti emergiendo a la superficie,
emanando de todos los poros de tu piel, y te descubres haciendo cosas que nunca
imaginaste, algo en ti que todavía puede usar la razón te dice que necesitas
ayuda. No puedes salir tú sola de algo a lo que ni siquiera sabes ponerle
nombre. Pero lo cierto es que nadie puede entenderte, nadie puede ponerle
palabras a la parte más oscura de ti.
Sólo quieres
echar a correr hasta que los pulmones te estallen de agotamiento. Sólo quieres
encogerte hasta disolverte con las baldosas ardientes de la acera y
desaparecer. Sólo quieres volver a ser tú. ¿Pero quién era esa chica, al fin y
al cabo? No queda nada de ella.