Alguien me dijo una vez que había dos tipos de secretos, o acaso lo leí en
uno de los gastados libros de mi estantería. Hay secretos superficiales, que
moran debajo de nuestra lengua y están deseando salir a fuera, estamos
esperando que alguien nos pregunte por ellos. Son el tipo de secretos que
guardamos celosamente, tememos el momento en que alguien nos pueda preguntar
por ellos, sin embargo, si sale el tema… Son secretos que nos atraen y que nos
repelen a partes iguales, podemos avergonzarnos o intentar huir de ellos, pero
si sale el tema no es necesario que se nos presione mucho para liberarnos de
ellos. Como ya he dicho, son secretos que moran debajo de nuestra lengua,
presionando, instándola a moverse y a dar forma a las palabras que les harán salir.
Son la clase de secretos que contamos al oído de otra persona, después de mirar
varias veces a nuestra espalda para asegurarnos de que nadie nos escucha. Son
secretos que susurramos muy bajito y muy rápido, sólo bajo la promesa de “no se
lo diré a nadie, te lo juro”, son el tipo de secretos que nos hacen ponernos
rojos como tomates y bajar la cabeza. Son el tipo de secretos que cuentas en
una reunión de amigos y que crea tanta expectación como una nueva noticia o una
historia delirante.
Sin embargo, son secretos superficiales. No queremos contarlos, nos
resistimos a ello, sin embargo, al liberarnos sentimos alivio y no es necesario
que nos presionen mucho. Son secretos menores, que nos arrancan una sonrisa al
recordarlos. Son secretos hechos para ser contados.
Hay un segundo tipo de secretos. Estos son más profundos, están arraigados
en nuestro interior, han echado raíces en nuestras entrañas y se expanden por
todo nuestro cuerpo como las garras de una enfermedad. Nuestro corazón es su
morada. Viven en sus recovecos más profundos, a donde no llega ni una pizca de
luz, y están encerrados bajo siete llaves que ocultamos con celo. Evitamos
mirarlos con demasiado detenimiento porque tememos que examinarlos con mucha
atención pueda hacer que se libren de sus cadenas y acaben devorándonos, sólo a
veces, en las noches más oscuras y solitarias nos atrevemos a desempolvar la
llave y sacar estos secretos, jugando a que no nos importan. Son el tipo de
secreto que sabes que existe pero que no soportas admitir su presencia, por
miedo a que acabe consumiéndote, pero es ese mismo silencio, el guardártelo
dentro, lo que te carcome, como un veneno corrosivo de lenta y cruel acción.
Todos guardamos estos secretos. No son secretos de los que nos
avergonzamos, son secretos que nos aterran, que pueden llegar a manipular los
hilos de nuestra mente, incluso pueden llegar a quebrarlos, y sólo alguien lo
suficientemente tenaz puede llegar a atisbar la punta del iceberg. No se
parecen en absoluto a los anteriores, negamos ante nuestra propia conciencia su
existencia, y van haciéndose más pesados conforme pasa el tiempo, hasta que a
veces la carga resulta demasiado pesada para que una mente débil pueda
soportarla. Son pocos, quizá uno sólo, pero son nuestra cárcel, nuestra
prisión, son al mismo tiempo los barrotes y la llave de nuestra jaula, nos
encierran y controlan pero, en el fondo, son lo que nos mueve, son ellos los
que determinan nuestro propósito en la vida, también son, en efecto, una causa
por la que morir, o una causa por la que enloquecer.
Yo tuve uno de esos secretos hace un tiempo. No fue agradable. Era un mal
secreto. Era una mancha de tinta negra que expandió sus oscuros tentáculos por
todo mi organismo, nació en mi mente y acabó extendiéndose hasta empañar mis
propios ojos, hasta consumirme las fuerzas y dejarme reducida a un saco de
huesos que a duras penas podía sostenerse en pie, un ser sin vida cuyo corazón
estuvo a punto de dejar de latir. Fue un secreto que era una enfermedad y
estuvo a punto de matarme hasta que alguien con la suficiente sabiduría y paciencia
fue capaz de introducirse en mí, llegando a la semilla de este secreto y
arrancándola sin piedad, a base de hachazos que estuvieron cerca de destrozarme
también a mí misma. Fue un secreto que se llevó mi sonrisa, mi alegría, mis
ganas de vivir, mis sueños, y que me convirtió en un títere fantasmal de la
enfermedad, me arrebató mi cordura y se resistió a salir fuera de mí. De hecho,
aún quedan restos de él, guardados bajo llave en lo más profundo de mi alma. He
lanzado esta llave lo más lejos que he podido, para evitar que vuelva a hacerse
con el control de mi mente, y ahora soy más fuerte, sin embargo, ¿qué parte de
mi, de esa niña risueña e inocente, ha aniquilado este secreto? Queda poco de
ella. La nueva yo me gusta más, pero echo de menos la tierna candidez de la
antigua, su espontaneidad.
Comprenderéis entonces que no tenga un gran aprecio por este tipo de
secretos.
Comprenderéis también que me aterre ser consciente de que dentro de mí está
creciendo un nuevo secreto de ese último tipo. A veces puede pasar que un
secreto de esos que moran bajo nuestra lengua y que se convierte en un morboso
tema de conversación que te avergüenza y te atrae irremediablemente― como el
sexo, como una historia de miedo contada bajo la luz titilante de una vela―,
pase a ser un secreto que echa raíces en tu corazón. Es lo que me está pasando,
de repente no soy capaz de hablar de él, no puedo sacarlo dentro y cuando más
me lo callo más se hunde en mi interior. Me está envenenando, y a cada día que
pasa este ácido corrosivo me muerde con mayor saña la carne y me roba la risa e
incluso mi capacidad de raciocinio.
Es él el causante de mis gritos internos. Es el mi cárcel y a la vez lo
único en lo que puedo pensar. Quiero llorar, porque quizá eso me ayude a
expulsar de mi interior los malos demonios, pero ni siquiera de eso soy capaz; es
lo que tienen estos secretos: no te permiten desahogo alguno, ni siquiera en
forma de lágrimas. ¿Y quién eres tú, desgraciado, para robarme la sonrisa?,
¿quién eres tú para que de repente me centre tanto en ti?
No eres nada. Nada.
No somos nada. Tú y yo no hemos sido, no somos, ni seremos nada.
Me envenenas, sacas lo peor de mí, y te odio por ello. Sin embargo, es eso:
tu odiosa forma de actuar, como si nada pudiera importarte más allá de tus
narices, tu perezosa forma de caminar― no como si pisaras el suelo, sino como
si la baldosa que está a tus pies te perteneciera, como si todo te perteneciera, incluido mi maltrecho corazón―. Es eso lo que
ha hecho que… ¿qué? ¿Que me enamore? No estoy enamorada. Es algo más
superficial y visceral, pero duele por igual. Es una tortura y es un juego
excitante, es una herida y es una ilusión.
Te odio. Intento decirlo. Lo intento con todas mis fuerzas.
Te quiero. Es lo que responde mi corazón. Me da igual que me hagas esperar,
me da igual que duela, me da igual que seas quien eres― alguien tan distinto a
mí como el día de la noche. ¿Quién es el día?, ¿quién es la noche―, me da igual
todo. ¿Y mi orgullo? Mi orgullo es lo que me está matando, es lo que me impide
hablarte, ser la primera en romper el bloque de hielo que nos separa. Pero no,
no es orgullo, es miedo al fracaso, al rechazo, al ridículo, es miedo a haberlo
malinterpretado todo, es miedo a que seas el mentiroso redomado que justamente
pareces ser. Si fuera orgullo me negaría a responderte después de hoy, que es
el plazo que me he autoimpuesto, el último día antes de pasar de ti. Pero no me
voy a engañar: sé que estoy esperando a que hables y que si lo haces mi corazón
latirá al ritmo de una frenética máquina de vapor y la sangre subirá con tal
fuerza a mi cabeza que todo dará vueltas. Y te diré sí, sí quiero hablar, sí.
¿Y todo esto para qué?
Todo esto por una maldita explicación. Por mi maldita curiosidad. Por mi
maldito altruismo. Por tener en cuenta tus sentimientos cuando ni siquiera los
había.
Son las doce.
Debería dejar de pensar en ti a la de ya.
No puedo.
Mi mente me dice que te olvide, que es lo más sensato porque tú sin duda no
has pensado en mí, si lo hubieras hecho te hubieras comportado un poco más
correctamente. Pero mi corazón― mi pobre corazón que tantos porrazos se ha
llevado― es más ingenuo y me dice que espere, que espere o hable yo, porque las
cosas sin hablar duelen más que las crueldades dichas.
¿Hasta cuándo tengo que seguir así? ¿Hasta cuándo voy a estar sufriendo
antes de asimilar la verdad?
31 de junio de 2013
