«Loving him is like driving a new Maserati down a dead end street
Faster than the wind
Passionate as sin, ended so suddenly
Loving him is like trying to change your mind
Once you’re already flying through the free fall
Like the colors in autumn
So bright just before they lose it all
»Losing him was blue like I’ve never known
Missing him was dark grey all alone
Forgetting him was like trying to know somebody you've never met
But loving him was red
Loving him was red
»Touching him is like realizing all you ever wanted was right there in front of you
Memorizing him was as easy as knowing all the words to your old favorite song
Fighting with him was like trying to solve a crossword and realizing there’s no right answer
Regretting him was like wishing you never found out that love could be that strong
»Losing him was blue like I’d never known
Missing him was dark grey all alone
Forgetting him was like trying to know somebody you've never met
But loving him was red
Oh red burning red
»Remembering him comes in flashbacks and echoes
Tell myself it’s time now, gotta let go
But moving on from him is impossible
When I still see it all in my head»
Alguien me dijo
una vez que besar a un fumador era la mar de desagradable, como chupar el fondo
de un cenicero. Yo, en aquel momento, estuve de acuerdo: sólo imaginarme el
sabor del humo acre entre los dientes, la asesina nicotina impregnando mi boca…
me hacía fruncir el ceño en una mueca de asco. No, yo jamás besaría a un
fumador― je, je, como si fueras besando tíos así normalmente, encima te pones
exigente―. Eso juraba y perjuraba una y otra vez cada vez que alguien comentaba
el famoso beso de un fumador. Nada más lejos de la verdad. Eso de no decir
nunca “de esta agua, no beberé” es tan cierto como exasperante. No, nunca digas
que no vas a hacer una cosa, porque lo harás, te lo aseguro, y tendrás que
tragarte tus palabras.
No, el tabaco no
es sano. Es una droga legal que diariamente aniquila con saña el organismo de
millones de personas que son adictas a él. El tabaco mata, quema los pulmones y
el resto de las vías respiratorias, hace marchitarse absolutamente todos los
órganos y hace florecer miles de tipos de cáncer, a cual más jodido. Sí, el
tabaco es desagradable: su olor penetrante se adhiere a la ropa y al pelo como
el tufo de un cadáver, y respirar al lado de un fumador provoca en la mayoría
de los casos un brote completamente razonable de cabreo― no es para menos, es
como ponerte a chupar un tubo de escape―. Sí, el tabaco es de los peores
inventos de la humanidad, pero, decidme, ¿hay algo más sexy que una fotografía
de alguien fumando?
La respuesta es
fácil: no demasiadas cosas, no.
Por supuesto, un
fumador por la calle no desata una oleada de miradas excitadas tras él, si
fuera así, nadie usaría colonia, ¿no creéis? No es eso. Pero probad a mirar una
foto, chicas, de un hombre encendiéndose un cigarro, apretando los labios en
torno a él y frunciendo levemente el ceño al apretar el mechero, o una en la
que el modelo esté apoyado en una pared con un cigarro a medio fumar entre los
dedos, exhalando el humo entre los labios con los ojos entrecerrados,
disfrutando del chute de la nicotina en las venas. ¿No tiene un extraño e
irresistible atractivo sexual? ¿No os hace desear ser ese cigarro? No me
mintáis, la que esté libre de culpa, que tire la primera piedra. No seré yo,
desde luego.
El vicio siempre
ha resultado atrayente, ¿no es cierto? El cielo no tiene nada interesante,
mientras que el infierno significa fuego, pasión, también sufrimiento, sí, pero
el ser humano siempre ha buscado las emociones fuertes, incluso si entre ellas
se encuentra el dolor. Él tiene pinta de diablillo, con su pelo corto y suave,
con sus ojos entornados y con un brillo que parece la promesa de un beso, con
sus labios finos curvados casi imperceptiblemente en una sonrisa ladeada y
traviesa. No es bueno, y lo sabes, y tampoco es que él se esfuerce mucho en disimularlo,
parece llevar la palabra “problemas” en la frente. Pero es ese aire suyo de
rebelde sin causa resignado a tener los pies en tierra lo que te atrae de él,
lo que resulta tan interesante. Además, tiene un cierto toque de inocencia en
su mirada, una sinceridad en la sonrisa y una elegancia en sus movimientos que
te encandila, que te hace pensar que hay en él un trasfondo bueno, que no sois
tan diferentes.
O, quizá sí, y
sólo es que los polos opuestos se atraen. Porque eso que está haciendo ahora
mío es algo que nunca harías tú, porque te resulta repugnante, porque te dan
miedo sus efectos y porque, joder, tiene que saber asqueroso. Se saca del
bolsillo la cajita metálica con la pava y la mira apretando los labios: el aire
seco de la Mancha hace que pierda humedad y se vuelva quebradiza y crujiente,
como los campos de cultivo quemados por el sol de julio. A simple vista, el
tabaco no parece algo en absoluto respetable, apenas un puñado de finas tiras
deshilachadas y rizadas como alambres, de color marrón dorado. No parece algo
tan serio como para causar las graves lesiones de pulmón que aparecen en los
documentales, no parece algo por lo que se muevan millones de euros a diario.
Extrae de la
cajita un pequeño puñado de tabaco y, frunciendo el ceño por la concentración,
lo envuelve con una fina lámina de papel blanco, moviendo los dedos con
suavidad, casi con cariño. La forma en que se prepara el cigarro tiene algo de
erótico, algo que te hace desear que sus dedos pasen sobre tu piel con esa
dulce presión con que se toca a las cosas delicadas. Finalmente, sella el
cigarro con saliva, pasando sobre él la punta de la lengua con deleite, paladeando
ya por adelantado el sabor de la nicotina. ¿De verdad le está bueno? Él parece
resignado: empezó hace tiempo, simplemente no puede dejarlo. Una oleada de
rabia te golpea de arriba abajo. ¿Por qué se maltrata así? ¿Por qué se resigna?
¿No ve que se está matando? Sí, el gesto de prepararse un cigarro tiene algo de
sensualidad, pero deseas golpearle el pecho con los puños, guardarte el tabaco
en el bolsillo y no devolvérselo.
Lo miras
fijamente encender el cigarro. El resplandor de la llama del mechero es como un
relámpago en la noche oscura, que alarga durante un segundo vuestras sombras
sobre el asfalto. Una es larga y tiene los hombros largos, la otra es más
pequeña, y una aureola de pelo rizado rodea su cabeza. La llama parpadea y
titila un instante bajo la fuerza de la brisa, se contonea y muere para darle
la vida al extremo del cigarro, que empieza a arder, transformando en negro
hollín el papel blanco. Es aspira una primera bocanada, llenándose los pulmones
de aquel aire enrarecido, contaminado por la nicotina, y cierra los ojos un
instante. Sus facciones parecen relajarse mientras mantiene la calada en los
pulmones, como si aquello fuera capaz de calentar un frío interior. Después,
exhala y abre los ojos. El humo alcanza tu nariz y te hace arrugar el ceño,
pero el brillo travieso de su mirada te distrae.
Le miras con un
cierto enfado. «Ya estás dándole al vicio», le reprochas. No entiendes cómo
puede tenerle tan poco aprecio a su vida. La respuesta es sencilla: es un
adolescente, quiere vivir emociones fuertes, quiere disfrutar, y eso empieza
por poner la moto a toda velocidad por la autopista, continúa por perder la
cabeza bajo oleadas de amarga cerveza, y finaliza por dar una larga calada a un
cigarro preparado con precipitación. A veces, a ti también te gustaría probar
un poco de esa vida suya de libertad, te da la sensación de que te ahogas en tu
pequeño cuadrado que no admite salidas de tono. Sí, a ti también te gustaría
hacer alguna locura, te gustaría perder la cabeza, no pensar, simplemente
dejarte llevar por los sentimientos, abandonar todo rastro de razón y reírte
sin motivo hasta que te duela la barriga. Su mirada parece ofrecerte todo eso y
mucho más, parece tener todo un mundo para darte, tiene esperanza, tiene
confianza, que es lo que a ti te hace falta en ocasiones, y en ocasiones es la
imagen del caos que echas de menos en tu propia vida.
Camináis saltando
de un tema de conversación a otro, sin rumbo por las calles solitarias y
oscuras de este pequeño pueblo, mientras el cigarro se consume entre sus
labios. Es como si fuerais viejos amigos que se encuentran tras un largo viaje,
desesperados por ponerse al día de las últimas correrías, sólo que en realidad
os estáis poniendo al corriente de toda una vida de aventuras, como dos ávidos
sedientos bebiendo agua en un desierto. Camináis juntos pero sin tocaros, pero
en cierto modo el contacto es más cercano que si lo hicierais. Las miradas son
intensas y sus ojos brillan en la oscuridad como un par de llamas, parpadeando
a través del humo del cigarro, que languidece lentamente hasta quedar reducido
a una triste colilla que, finalmente, se apaga y perece a un inevitable destino
abandonada entre las baldosas de la calle.
Miras atrás una
sola vez, preguntándote si a ti también te espera una suerte similar a la de la
colilla, resignada a ser pisoteada por los transeúntes, ser invisible. Te
preguntas si él haría eso: usarte, consumirte, y luego tirarte. No parece ese
tipo de persona: quizá está loco, pero su mirada es limpia y clara, es una
mirada legal y sincera, no hay nada oscuro o sospechoso tras esos ojos, y es
ese rastro de inocencia lo que te hace ser tan confiada. O quizá es simplemente
que un puñado de estrellas se han alineado en el cielo para que dos personas
como vosotras hagan contacto como dos piezas de un puzle destinadas a estar
unidas para que el dibujo tenga sentido.
Tus ojos se
cruzan con los míos, y tu mirada es intensa y se engarza con la mía. Es una
mirada que encierra un millón de palabras, un millón de sentimientos lo
suficientemente intensos para no poder ser dichos en voz alta, es una mirada
urgente, porque se nos acaba el tiempo, porque dentro de unos minutos dejaremos
de ser tú y yo, y el resto del mundo, porque dentro de unos minutos tendremos
que regresar a tierra y decir adiós a una ilusión que nos ha mantenido vivos un
par de días. No es la primera vez que ocurre, y siento que mis pies se despegan
del suelo y mi corazón vuela hacia el firmamento cuajado de estrellas
parpadeantes, cómplices de un secreto, mientras te sostengo la mirada, tratando
de no echarme a temblar. Te rozo el brazo con el mío en una caricia casual y tú
esbozas una sonrisa torcida de las tuyas. Yo alzo una ceja.
El momento se
evapora. El tiempo vuelve a correr. Pero ya no es igual, ya no es lo mismo, porque
con esa mirada he visto un reflejo de mis propios sentimientos: la locura, el
anhelo, el reconocimiento, las ganas irrefrenables, la desesperación ante el
paso de los minutos. No te vayas, te ruego en silencio, quédate esta noche, me
respondes.
Nuestros pasos
nos han llevado a casa, irremediablemente, pero entrar dentro significaría
decir adiós. Es algo para lo que nadie te ha preparado: dar la espalda y dejar
a una persona atrás. Es algo que sigue doliendo lo hagas una o mil veces, que
te rompe el corazón en mil pedazos y que nunca se cura, porque al fin y al cabo
nunca se deja de echar de menos, simplemente se aprende a vivir sin esa
persona. Nos quedamos apoyados en la verja metálica, áspera tras años expuesta
a las inclemencias del tiempo, con manchas de óxido. La farola de al lado
parpadea, insegura, como si no supiera si dotar del momento de una oportuna luz
o apagarse para siempre y dejar que nos encontremos en la oscuridad. Un perro
ladra en la lejanía, y su ladrido retumba en las viejas paredes de las casas
del pueblo, como un eco de la soledad. Ningún sonido más vuelve a quebrar el
silencio, más que nuestras respiraciones forzosamente lentas, vibrando en el
aire.
Tu aliento me
golpea la mejilla, la nariz, y estamos tan cerca que puedo olerte: es una
mezcla de loción para después del afeitado, cloro de la piscina, sudor y humo.
Es tu olor. Intento grabarlo en mi mente, porque nadie huele como tú, nadie
tiene el poder de hacer que me relaje como tú. Me miras a los ojos fijamente,
como queriendo hundirte dentro de ellos y bucear entre mis más íntimos
pensamientos, queriendo adueñarte de los rincones más recónditos de mi alma.
Entonces ocurre.
Es ahora o nunca, dicen tus ojos, nunca me atrevería, responden los míos. Y tu
mano se posa sobre mi mejilla, tu dedo pulgar siguiendo la línea de mi
mandíbula, y tus dedos abarcando la porción perfecta de mi rostro, como si
estuviera hecho para encajar en el hueco de tu mano. Inclino la cabeza para
profundizar el contacto y levanto la barbilla, con los labios entreabiertos,
esperando una respuesta a una pregunta no interrogada. Tu mirada es indecisa,
pero en ella brilla un fuego difícil de contemplar.
Y entonces tus
labios se posan sobre los míos experimentalmente, sin ejercer más que la suave
presión de un roce casi casual, sin exigencias. Inspiro tu aroma, que parece
entremezclarse con el mío, mareándome, haciendo que me falte el aire. Abro los
labios y acaricio los tuyos con lentitud, disfrutando de la dulce fricción. Tu
sabor se cuela dentro de mi boca. Es el sabor del cigarro que te acabas de
fumar. Y no, no es tan desagradable. Es amargo y fuerte, desconocido, y parece
arder en mi boca como esa primera copa a la que le das un sorbo cuando eres un
adolescente. Tus labios se mueven sobre los míos, pero sin hacer más fuerza que
antes, simplemente acariciándolos, jugando con ellos como un niño con un
juguete nuevo al que palpa desde todos los ángulos.
No es un beso
profundo y largo, es solo un roce de labios, que es una promesa, es un grito
desesperado por culpa de la distancia, es un secreto guardado tras todos estos
veranos. Nos quedamos mirando con los labios húmedos y las mejillas
enrojecidas, sin hablar. Los dos sabemos que esto ha sido la despedida
largamente anhelada, pero despedida al fin y al cabo, y sabemos que hasta la
próxima vez que nos veamos pueden pasar muchos meses, puede que incluso varios
años. ¿Quién sabe? Puede que incluso estemos comprometidos con otra persona. O
puede que no. Puede que nos reencontremos como un par de amantes que se buscan
sin encontrarse en la distancia. En cualquier caso, ahora tenemos un secreto
que nos pertenece sólo a nosotros dos. No sé qué voy a hacer con ello, pero es
un recuerdo que se ha guardado en la caja de mi corazón envuelto en una colcha
de plumas.
De pronto, una
luz se enciende dentro de la casa. El encanto está roto. Nos miramos de esa manera por última vez, dejando un
rastro de fuego en mi corazón que nadie puede ver. Y dejamos de ser sólo tú y
yo, para unirnos al resto de las sombras de la vida real.
Espérame.
Puede que
tardemos unos meses. Puede que un par de vidas. Pero tú y yo, acabaremos
juntos.
Tú sólo espérame.
Domingo, 11 de agosto de 2013
