domingo, 11 de agosto de 2013

Sabor a tabaco

«Loving him is like driving a new Maserati down a dead end street
Faster than the wind
Passionate as sin, ended so suddenly
Loving him is like trying to change your mind
Once you’re already flying through the free fall
Like the colors in autumn
So bright just before they lose it all

»Losing him was blue like I’ve never known
Missing him was dark grey all alone
Forgetting him was like trying to know somebody you've never met
But loving him was red
Loving him was red

»Touching him is like realizing all you ever wanted was right there in front of you
Memorizing him was as easy as knowing all the words to your old favorite song
Fighting with him was like trying to solve a crossword and realizing there’s no right answer
Regretting him was like wishing you never found out that love could be that strong

»Losing him was blue like I’d never known
Missing him was dark grey all alone
Forgetting him was like trying to know somebody you've never met
But loving him was red
Oh red burning red

»Remembering him comes in flashbacks and echoes
Tell myself it’s time now, gotta let go
But moving on from him is impossible
When I still see it all in my head»

Alguien me dijo una vez que besar a un fumador era la mar de desagradable, como chupar el fondo de un cenicero. Yo, en aquel momento, estuve de acuerdo: sólo imaginarme el sabor del humo acre entre los dientes, la asesina nicotina impregnando mi boca… me hacía fruncir el ceño en una mueca de asco. No, yo jamás besaría a un fumador― je, je, como si fueras besando tíos así normalmente, encima te pones exigente―. Eso juraba y perjuraba una y otra vez cada vez que alguien comentaba el famoso beso de un fumador. Nada más lejos de la verdad. Eso de no decir nunca “de esta agua, no beberé” es tan cierto como exasperante. No, nunca digas que no vas a hacer una cosa, porque lo harás, te lo aseguro, y tendrás que tragarte tus palabras.

No, el tabaco no es sano. Es una droga legal que diariamente aniquila con saña el organismo de millones de personas que son adictas a él. El tabaco mata, quema los pulmones y el resto de las vías respiratorias, hace marchitarse absolutamente todos los órganos y hace florecer miles de tipos de cáncer, a cual más jodido. Sí, el tabaco es desagradable: su olor penetrante se adhiere a la ropa y al pelo como el tufo de un cadáver, y respirar al lado de un fumador provoca en la mayoría de los casos un brote completamente razonable de cabreo― no es para menos, es como ponerte a chupar un tubo de escape―. Sí, el tabaco es de los peores inventos de la humanidad, pero, decidme, ¿hay algo más sexy que una fotografía de alguien fumando?

La respuesta es fácil: no demasiadas cosas, no.

Por supuesto, un fumador por la calle no desata una oleada de miradas excitadas tras él, si fuera así, nadie usaría colonia, ¿no creéis? No es eso. Pero probad a mirar una foto, chicas, de un hombre encendiéndose un cigarro, apretando los labios en torno a él y frunciendo levemente el ceño al apretar el mechero, o una en la que el modelo esté apoyado en una pared con un cigarro a medio fumar entre los dedos, exhalando el humo entre los labios con los ojos entrecerrados, disfrutando del chute de la nicotina en las venas. ¿No tiene un extraño e irresistible atractivo sexual? ¿No os hace desear ser ese cigarro? No me mintáis, la que esté libre de culpa, que tire la primera piedra. No seré yo, desde luego.

El vicio siempre ha resultado atrayente, ¿no es cierto? El cielo no tiene nada interesante, mientras que el infierno significa fuego, pasión, también sufrimiento, sí, pero el ser humano siempre ha buscado las emociones fuertes, incluso si entre ellas se encuentra el dolor. Él tiene pinta de diablillo, con su pelo corto y suave, con sus ojos entornados y con un brillo que parece la promesa de un beso, con sus labios finos curvados casi imperceptiblemente en una sonrisa ladeada y traviesa. No es bueno, y lo sabes, y tampoco es que él se esfuerce mucho en disimularlo, parece llevar la palabra “problemas” en la frente. Pero es ese aire suyo de rebelde sin causa resignado a tener los pies en tierra lo que te atrae de él, lo que resulta tan interesante. Además, tiene un cierto toque de inocencia en su mirada, una sinceridad en la sonrisa y una elegancia en sus movimientos que te encandila, que te hace pensar que hay en él un trasfondo bueno, que no sois tan diferentes.

O, quizá sí, y sólo es que los polos opuestos se atraen. Porque eso que está haciendo ahora mío es algo que nunca harías tú, porque te resulta repugnante, porque te dan miedo sus efectos y porque, joder, tiene que saber asqueroso. Se saca del bolsillo la cajita metálica con la pava y la mira apretando los labios: el aire seco de la Mancha hace que pierda humedad y se vuelva quebradiza y crujiente, como los campos de cultivo quemados por el sol de julio. A simple vista, el tabaco no parece algo en absoluto respetable, apenas un puñado de finas tiras deshilachadas y rizadas como alambres, de color marrón dorado. No parece algo tan serio como para causar las graves lesiones de pulmón que aparecen en los documentales, no parece algo por lo que se muevan millones de euros a diario.

Extrae de la cajita un pequeño puñado de tabaco y, frunciendo el ceño por la concentración, lo envuelve con una fina lámina de papel blanco, moviendo los dedos con suavidad, casi con cariño. La forma en que se prepara el cigarro tiene algo de erótico, algo que te hace desear que sus dedos pasen sobre tu piel con esa dulce presión con que se toca a las cosas delicadas. Finalmente, sella el cigarro con saliva, pasando sobre él la punta de la lengua con deleite, paladeando ya por adelantado el sabor de la nicotina. ¿De verdad le está bueno? Él parece resignado: empezó hace tiempo, simplemente no puede dejarlo. Una oleada de rabia te golpea de arriba abajo. ¿Por qué se maltrata así? ¿Por qué se resigna? ¿No ve que se está matando? Sí, el gesto de prepararse un cigarro tiene algo de sensualidad, pero deseas golpearle el pecho con los puños, guardarte el tabaco en el bolsillo y no devolvérselo.

Lo miras fijamente encender el cigarro. El resplandor de la llama del mechero es como un relámpago en la noche oscura, que alarga durante un segundo vuestras sombras sobre el asfalto. Una es larga y tiene los hombros largos, la otra es más pequeña, y una aureola de pelo rizado rodea su cabeza. La llama parpadea y titila un instante bajo la fuerza de la brisa, se contonea y muere para darle la vida al extremo del cigarro, que empieza a arder, transformando en negro hollín el papel blanco. Es aspira una primera bocanada, llenándose los pulmones de aquel aire enrarecido, contaminado por la nicotina, y cierra los ojos un instante. Sus facciones parecen relajarse mientras mantiene la calada en los pulmones, como si aquello fuera capaz de calentar un frío interior. Después, exhala y abre los ojos. El humo alcanza tu nariz y te hace arrugar el ceño, pero el brillo travieso de su mirada te distrae.

Le miras con un cierto enfado. «Ya estás dándole al vicio», le reprochas. No entiendes cómo puede tenerle tan poco aprecio a su vida. La respuesta es sencilla: es un adolescente, quiere vivir emociones fuertes, quiere disfrutar, y eso empieza por poner la moto a toda velocidad por la autopista, continúa por perder la cabeza bajo oleadas de amarga cerveza, y finaliza por dar una larga calada a un cigarro preparado con precipitación. A veces, a ti también te gustaría probar un poco de esa vida suya de libertad, te da la sensación de que te ahogas en tu pequeño cuadrado que no admite salidas de tono. Sí, a ti también te gustaría hacer alguna locura, te gustaría perder la cabeza, no pensar, simplemente dejarte llevar por los sentimientos, abandonar todo rastro de razón y reírte sin motivo hasta que te duela la barriga. Su mirada parece ofrecerte todo eso y mucho más, parece tener todo un mundo para darte, tiene esperanza, tiene confianza, que es lo que a ti te hace falta en ocasiones, y en ocasiones es la imagen del caos que echas de menos en tu propia vida.

Camináis saltando de un tema de conversación a otro, sin rumbo por las calles solitarias y oscuras de este pequeño pueblo, mientras el cigarro se consume entre sus labios. Es como si fuerais viejos amigos que se encuentran tras un largo viaje, desesperados por ponerse al día de las últimas correrías, sólo que en realidad os estáis poniendo al corriente de toda una vida de aventuras, como dos ávidos sedientos bebiendo agua en un desierto. Camináis juntos pero sin tocaros, pero en cierto modo el contacto es más cercano que si lo hicierais. Las miradas son intensas y sus ojos brillan en la oscuridad como un par de llamas, parpadeando a través del humo del cigarro, que languidece lentamente hasta quedar reducido a una triste colilla que, finalmente, se apaga y perece a un inevitable destino abandonada entre las baldosas de la calle.

Miras atrás una sola vez, preguntándote si a ti también te espera una suerte similar a la de la colilla, resignada a ser pisoteada por los transeúntes, ser invisible. Te preguntas si él haría eso: usarte, consumirte, y luego tirarte. No parece ese tipo de persona: quizá está loco, pero su mirada es limpia y clara, es una mirada legal y sincera, no hay nada oscuro o sospechoso tras esos ojos, y es ese rastro de inocencia lo que te hace ser tan confiada. O quizá es simplemente que un puñado de estrellas se han alineado en el cielo para que dos personas como vosotras hagan contacto como dos piezas de un puzle destinadas a estar unidas para que el dibujo tenga sentido.

Tus ojos se cruzan con los míos, y tu mirada es intensa y se engarza con la mía. Es una mirada que encierra un millón de palabras, un millón de sentimientos lo suficientemente intensos para no poder ser dichos en voz alta, es una mirada urgente, porque se nos acaba el tiempo, porque dentro de unos minutos dejaremos de ser tú y yo, y el resto del mundo, porque dentro de unos minutos tendremos que regresar a tierra y decir adiós a una ilusión que nos ha mantenido vivos un par de días. No es la primera vez que ocurre, y siento que mis pies se despegan del suelo y mi corazón vuela hacia el firmamento cuajado de estrellas parpadeantes, cómplices de un secreto, mientras te sostengo la mirada, tratando de no echarme a temblar. Te rozo el brazo con el mío en una caricia casual y tú esbozas una sonrisa torcida de las tuyas. Yo alzo una ceja.

El momento se evapora. El tiempo vuelve a correr. Pero ya no es igual, ya no es lo mismo, porque con esa mirada he visto un reflejo de mis propios sentimientos: la locura, el anhelo, el reconocimiento, las ganas irrefrenables, la desesperación ante el paso de los minutos. No te vayas, te ruego en silencio, quédate esta noche, me respondes.

Nuestros pasos nos han llevado a casa, irremediablemente, pero entrar dentro significaría decir adiós. Es algo para lo que nadie te ha preparado: dar la espalda y dejar a una persona atrás. Es algo que sigue doliendo lo hagas una o mil veces, que te rompe el corazón en mil pedazos y que nunca se cura, porque al fin y al cabo nunca se deja de echar de menos, simplemente se aprende a vivir sin esa persona. Nos quedamos apoyados en la verja metálica, áspera tras años expuesta a las inclemencias del tiempo, con manchas de óxido. La farola de al lado parpadea, insegura, como si no supiera si dotar del momento de una oportuna luz o apagarse para siempre y dejar que nos encontremos en la oscuridad. Un perro ladra en la lejanía, y su ladrido retumba en las viejas paredes de las casas del pueblo, como un eco de la soledad. Ningún sonido más vuelve a quebrar el silencio, más que nuestras respiraciones forzosamente lentas, vibrando en el aire.

Tu aliento me golpea la mejilla, la nariz, y estamos tan cerca que puedo olerte: es una mezcla de loción para después del afeitado, cloro de la piscina, sudor y humo. Es tu olor. Intento grabarlo en mi mente, porque nadie huele como tú, nadie tiene el poder de hacer que me relaje como tú. Me miras a los ojos fijamente, como queriendo hundirte dentro de ellos y bucear entre mis más íntimos pensamientos, queriendo adueñarte de los rincones más recónditos de mi alma.

Entonces ocurre. Es ahora o nunca, dicen tus ojos, nunca me atrevería, responden los míos. Y tu mano se posa sobre mi mejilla, tu dedo pulgar siguiendo la línea de mi mandíbula, y tus dedos abarcando la porción perfecta de mi rostro, como si estuviera hecho para encajar en el hueco de tu mano. Inclino la cabeza para profundizar el contacto y levanto la barbilla, con los labios entreabiertos, esperando una respuesta a una pregunta no interrogada. Tu mirada es indecisa, pero en ella brilla un fuego difícil de contemplar.

Y entonces tus labios se posan sobre los míos experimentalmente, sin ejercer más que la suave presión de un roce casi casual, sin exigencias. Inspiro tu aroma, que parece entremezclarse con el mío, mareándome, haciendo que me falte el aire. Abro los labios y acaricio los tuyos con lentitud, disfrutando de la dulce fricción. Tu sabor se cuela dentro de mi boca. Es el sabor del cigarro que te acabas de fumar. Y no, no es tan desagradable. Es amargo y fuerte, desconocido, y parece arder en mi boca como esa primera copa a la que le das un sorbo cuando eres un adolescente. Tus labios se mueven sobre los míos, pero sin hacer más fuerza que antes, simplemente acariciándolos, jugando con ellos como un niño con un juguete nuevo al que palpa desde todos los ángulos.

No es un beso profundo y largo, es solo un roce de labios, que es una promesa, es un grito desesperado por culpa de la distancia, es un secreto guardado tras todos estos veranos. Nos quedamos mirando con los labios húmedos y las mejillas enrojecidas, sin hablar. Los dos sabemos que esto ha sido la despedida largamente anhelada, pero despedida al fin y al cabo, y sabemos que hasta la próxima vez que nos veamos pueden pasar muchos meses, puede que incluso varios años. ¿Quién sabe? Puede que incluso estemos comprometidos con otra persona. O puede que no. Puede que nos reencontremos como un par de amantes que se buscan sin encontrarse en la distancia. En cualquier caso, ahora tenemos un secreto que nos pertenece sólo a nosotros dos. No sé qué voy a hacer con ello, pero es un recuerdo que se ha guardado en la caja de mi corazón envuelto en una colcha de plumas.

De pronto, una luz se enciende dentro de la casa. El encanto está roto. Nos miramos de esa manera por última vez, dejando un rastro de fuego en mi corazón que nadie puede ver. Y dejamos de ser sólo tú y yo, para unirnos al resto de las sombras de la vida real.

Espérame.

Puede que tardemos unos meses. Puede que un par de vidas. Pero tú y yo, acabaremos juntos.

Tú sólo espérame.
Domingo, 11 de agosto de 2013

jueves, 4 de julio de 2013

Secreto


Alguien me dijo una vez que había dos tipos de secretos, o acaso lo leí en uno de los gastados libros de mi estantería. Hay secretos superficiales, que moran debajo de nuestra lengua y están deseando salir a fuera, estamos esperando que alguien nos pregunte por ellos. Son el tipo de secretos que guardamos celosamente, tememos el momento en que alguien nos pueda preguntar por ellos, sin embargo, si sale el tema… Son secretos que nos atraen y que nos repelen a partes iguales, podemos avergonzarnos o intentar huir de ellos, pero si sale el tema no es necesario que se nos presione mucho para liberarnos de ellos. Como ya he dicho, son secretos que moran debajo de nuestra lengua, presionando, instándola a moverse y a dar forma a las palabras que les harán salir. Son la clase de secretos que contamos al oído de otra persona, después de mirar varias veces a nuestra espalda para asegurarnos de que nadie nos escucha. Son secretos que susurramos muy bajito y muy rápido, sólo bajo la promesa de “no se lo diré a nadie, te lo juro”, son el tipo de secretos que nos hacen ponernos rojos como tomates y bajar la cabeza. Son el tipo de secretos que cuentas en una reunión de amigos y que crea tanta expectación como una nueva noticia o una historia delirante.
Sin embargo, son secretos superficiales. No queremos contarlos, nos resistimos a ello, sin embargo, al liberarnos sentimos alivio y no es necesario que nos presionen mucho. Son secretos menores, que nos arrancan una sonrisa al recordarlos. Son secretos hechos para ser contados.
Hay un segundo tipo de secretos. Estos son más profundos, están arraigados en nuestro interior, han echado raíces en nuestras entrañas y se expanden por todo nuestro cuerpo como las garras de una enfermedad. Nuestro corazón es su morada. Viven en sus recovecos más profundos, a donde no llega ni una pizca de luz, y están encerrados bajo siete llaves que ocultamos con celo. Evitamos mirarlos con demasiado detenimiento porque tememos que examinarlos con mucha atención pueda hacer que se libren de sus cadenas y acaben devorándonos, sólo a veces, en las noches más oscuras y solitarias nos atrevemos a desempolvar la llave y sacar estos secretos, jugando a que no nos importan. Son el tipo de secreto que sabes que existe pero que no soportas admitir su presencia, por miedo a que acabe consumiéndote, pero es ese mismo silencio, el guardártelo dentro, lo que te carcome, como un veneno corrosivo de lenta y cruel acción.
Todos guardamos estos secretos. No son secretos de los que nos avergonzamos, son secretos que nos aterran, que pueden llegar a manipular los hilos de nuestra mente, incluso pueden llegar a quebrarlos, y sólo alguien lo suficientemente tenaz puede llegar a atisbar la punta del iceberg. No se parecen en absoluto a los anteriores, negamos ante nuestra propia conciencia su existencia, y van haciéndose más pesados conforme pasa el tiempo, hasta que a veces la carga resulta demasiado pesada para que una mente débil pueda soportarla. Son pocos, quizá uno sólo, pero son nuestra cárcel, nuestra prisión, son al mismo tiempo los barrotes y la llave de nuestra jaula, nos encierran y controlan pero, en el fondo, son lo que nos mueve, son ellos los que determinan nuestro propósito en la vida, también son, en efecto, una causa por la que morir, o una causa por la que enloquecer.
Yo tuve uno de esos secretos hace un tiempo. No fue agradable. Era un mal secreto. Era una mancha de tinta negra que expandió sus oscuros tentáculos por todo mi organismo, nació en mi mente y acabó extendiéndose hasta empañar mis propios ojos, hasta consumirme las fuerzas y dejarme reducida a un saco de huesos que a duras penas podía sostenerse en pie, un ser sin vida cuyo corazón estuvo a punto de dejar de latir. Fue un secreto que era una enfermedad y estuvo a punto de matarme hasta que alguien con la suficiente sabiduría y paciencia fue capaz de introducirse en mí, llegando a la semilla de este secreto y arrancándola sin piedad, a base de hachazos que estuvieron cerca de destrozarme también a mí misma. Fue un secreto que se llevó mi sonrisa, mi alegría, mis ganas de vivir, mis sueños, y que me convirtió en un títere fantasmal de la enfermedad, me arrebató mi cordura y se resistió a salir fuera de mí. De hecho, aún quedan restos de él, guardados bajo llave en lo más profundo de mi alma. He lanzado esta llave lo más lejos que he podido, para evitar que vuelva a hacerse con el control de mi mente, y ahora soy más fuerte, sin embargo, ¿qué parte de mi, de esa niña risueña e inocente, ha aniquilado este secreto? Queda poco de ella. La nueva yo me gusta más, pero echo de menos la tierna candidez de la antigua, su espontaneidad.
Comprenderéis entonces que no tenga un gran aprecio por este tipo de secretos.
Comprenderéis también que me aterre ser consciente de que dentro de mí está creciendo un nuevo secreto de ese último tipo. A veces puede pasar que un secreto de esos que moran bajo nuestra lengua y que se convierte en un morboso tema de conversación que te avergüenza y te atrae irremediablemente― como el sexo, como una historia de miedo contada bajo la luz titilante de una vela―, pase a ser un secreto que echa raíces en tu corazón. Es lo que me está pasando, de repente no soy capaz de hablar de él, no puedo sacarlo dentro y cuando más me lo callo más se hunde en mi interior. Me está envenenando, y a cada día que pasa este ácido corrosivo me muerde con mayor saña la carne y me roba la risa e incluso mi capacidad de raciocinio.
Es él el causante de mis gritos internos. Es el mi cárcel y a la vez lo único en lo que puedo pensar. Quiero llorar, porque quizá eso me ayude a expulsar de mi interior los malos demonios, pero ni siquiera de eso soy capaz; es lo que tienen estos secretos: no te permiten desahogo alguno, ni siquiera en forma de lágrimas. ¿Y quién eres tú, desgraciado, para robarme la sonrisa?, ¿quién eres tú para que de repente me centre tanto en ti?
No eres nada. Nada.
No somos nada. Tú y yo no hemos sido, no somos, ni seremos nada.
Me envenenas, sacas lo peor de mí, y te odio por ello. Sin embargo, es eso: tu odiosa forma de actuar, como si nada pudiera importarte más allá de tus narices, tu perezosa forma de caminar― no como si pisaras el suelo, sino como si la baldosa que está a tus pies te perteneciera, como si todo te perteneciera, incluido mi maltrecho corazón―. Es eso lo que ha hecho que… ¿qué? ¿Que me enamore? No estoy enamorada. Es algo más superficial y visceral, pero duele por igual. Es una tortura y es un juego excitante, es una herida y es una ilusión.
Te odio. Intento decirlo. Lo intento con todas mis fuerzas.
Te quiero. Es lo que responde mi corazón. Me da igual que me hagas esperar, me da igual que duela, me da igual que seas quien eres― alguien tan distinto a mí como el día de la noche. ¿Quién es el día?, ¿quién es la noche―, me da igual todo. ¿Y mi orgullo? Mi orgullo es lo que me está matando, es lo que me impide hablarte, ser la primera en romper el bloque de hielo que nos separa. Pero no, no es orgullo, es miedo al fracaso, al rechazo, al ridículo, es miedo a haberlo malinterpretado todo, es miedo a que seas el mentiroso redomado que justamente pareces ser. Si fuera orgullo me negaría a responderte después de hoy, que es el plazo que me he autoimpuesto, el último día antes de pasar de ti. Pero no me voy a engañar: sé que estoy esperando a que hables y que si lo haces mi corazón latirá al ritmo de una frenética máquina de vapor y la sangre subirá con tal fuerza a mi cabeza que todo dará vueltas. Y te diré sí, sí quiero hablar, sí.
¿Y todo esto para qué?
Todo esto por una maldita explicación. Por mi maldita curiosidad. Por mi maldito altruismo. Por tener en cuenta tus sentimientos cuando ni siquiera los había.
Son las doce.
Debería dejar de pensar en ti a la de ya.
No puedo.
Mi mente me dice que te olvide, que es lo más sensato porque tú sin duda no has pensado en mí, si lo hubieras hecho te hubieras comportado un poco más correctamente. Pero mi corazón― mi pobre corazón que tantos porrazos se ha llevado― es más ingenuo y me dice que espere, que espere o hable yo, porque las cosas sin hablar duelen más que las crueldades dichas.

¿Hasta cuándo tengo que seguir así? ¿Hasta cuándo voy a estar sufriendo antes de asimilar la verdad?
31 de junio de 2013

miércoles, 26 de junio de 2013

Castillos de cristal

Las ilusiones son castillos, verdaderos palacios barrocos, del más fino cristal, con torres alzándose como agujas hacia el cielo y las más delicadas filigranas. Son obras de arte confeccionadas por la mente. Podemos pasar días, semanas, meses e incluso años enteros construyéndolas con gran esfuerzo, ladrillo a ladrillo, con cuidado de no deshacerlas, ni siquiera aunque sus cimientos se vuelvan inestables y tiemblen. Sin embargo, son tan quebradizas como el fino cristal de una copa de vino de un restaurante caro y basta un soplido lo bastante convincente para hacer que se desmoronen, convertidas en millones de bellas esquirlas de cristal que se clavan en nuestra piel, convirtiéndose en lágrimas que fluyen a través de nuestros ojos o, peor aún, quedan en nuestro interior, como una herida sangrante.
Las ilusiones son el asesino de los seres humanos, sin embargo, sin ellas no seríamos nada. Sin sueños que perseguir, sin esperanza, ¿qué haríamos? No podríamos vivir. Respiramos por ellas, sudamos ríos de sudor, sangre y tinta por ellas, e incluso damos nuestra vida por ellas. ¿Por un mero palacio del más frágil cristal? Sí, por un fantasma, por una nube de humo, los seres humanos somos capaces de morir.
Creo que las ilusiones de un adolescente no son tan consistentes― aparentemente― como para ofrecer nuestra vida a cambio, apostando a todo o nada a que tienen una base real― de cemento armado―. Aún así, cuando se quiebran, cuando se derrumban frente a nuestros ojos son igualmente dolorosas, o quizá incluso más que las de cualquier persona adulta, quizá por nuestra falta de experiencia, quizá porque nuestra piel no está hecha todavía a las crueldades de la vida, quizá simplemente porque de una mera mota de polvo somos capaces de construir un palacio entero de cristal, y la fuerza de un simple toque de dedos basta para hacerla pedazos.
Creo también que las ilusiones amorosas son las peores de todas. Construimos un monumento en torno a una persona, o en torno a su fantasma, ponemos en ella todas nuestras esperanzas, nos dormimos pensando en esa persona y una simple mirada basta para detener nuestro corazón y hacer que nuestro estómago se encoja como una bola de papel. En ocasiones, el afecto es mutuo y también la otra persona construye un palacio de cristal complementario al tuyo en torno a ti, sin embargo, ¿qué ocurre cuando esto no es así, cuando la ilusión no es correspondida? Lo que pasa es que las esquirlas de cristal testimonio del asesinato de tu pequeño palacio saltan por todos los rincones de tu cuerpo, clavándose en tus músculos y atenazando tus movimientos, en tus cuerdas vocales impidiendo hablar, tras los ojos, haciéndote llorar de rabia y angustia, y en tu corazón, astillándolo. Hay personas a las que les pasa esto con gran frecuencia, y sin embargo se recuperan, vuelven a crecerles alas y pueden volar de nuevo hacia otra nube donde construir otro palacio de cristal, con la esperanza de que este no caiga al primer vendaval. No parece demasiado justo.
Francamente, queridos hombres, yo estoy hasta las mismísimas narices de hacerme ilusiones por vosotros. No os estoy echando la culpa, no es que vosotros me deis alas, no, es simplemente que existís y mis hormonas adolescentes me impulsan a soñar despierta. Más concretamente me estoy refiriendo a ti, tú ya sabes quién eres. Estoy harta de que me hagas esperar, de estar día y noche inquieta con el fantasma de tu presencia acosándome, con tu sombra detrás de mí, inspirándome para construir delicados palacios de cristal. Pero tú nunca contestas, tu respuesta nunca llega, o tarda demasiado, y yo, sabes, nunca he tenido mucha paciencia. Lo siento, pero este juego me ha cansado ya y siento que te estás burlando de mí y de mis posibles sentimientos.
Yo misma provoqué esto, y yo misma voy a tener que pararlo. Si todo fuera como yo había pensado no estaría ahora tan frustrada, tan inquieta por ti, pero conseguiste abrirte un hueco en mi corazón― a trompicones, a patadas, a mordiscos― y tu juego me ha dejado así, sola, frustrada, sintiendo que te traicionaba a ti, a mis amigas e incluso a mí misma. No tengo ni idea de qué pasa por tu cabeza, qué es lo que pretendes conseguir teniéndome en ascuas, pero, te aviso, marinero, yo no funciono así. Estás haciendo que el cielo azul inmaculado de mi verano se torne gris, con una fina calima flotante que lleva tu nombre, y eso sí que no te lo tolero.
Me gustas, sí. Pero me gusta mucho más mi felicidad.

Quiero ser feliz y te doy cuatro días para decidir si quieres formar parte de esa felicidad. ¿Qué eliges?
26 de junio de 2013

martes, 26 de marzo de 2013

Animal I have become


“I can’t escape this hell. So many times I’ve tried, but I’m still caged inside. Somebody get me through this nightmare, I can’t control myself. So what if you can’t see the darkest side of me? No one will ever change this animal I have become. Help me believe it’s not the real me. Somebody help me tame this animal”
Quieres evitarlo. Quieres hacer algo. Pero no puedes. Cuando llega el momento, no te sientes capaz de controlarlo. Hay una pulsión dentro de ti que te ata de pies y manos, como una venenosa enredadera que te ahoga por dentro, que ha crecido en tu interior sin que tú fueras consciente, y ahora, cuando empieza a clavarse en tu carne ya no sabes cómo expulsarla fuera de ti. Te controla como un Dios malvado, moviendo los hilos de tu vida como los de un vulgar títere de huesos, de costillas y clavículas, de ojos saltones y rodeados de sombras, de pelvis sobresaliendo por delante del ombligo, de vértebras que pueden contarse en tu espalda.
Te miras al espejo y te das asco. Eres repugnante. Tu cuerpo es el de una niña. Ni siquiera eso, no existen las redondeces de la niñez, las que esconden las curvas de una mujer. Sólo hay ángulos y líneas demasiado marcadas bajo tu piel. Tu rostro, ¿a qué ha quedado reducida la carita ilusionada que solías tener? Te has convertido en un par de ojos que no transmiten más que un pozo de tristeza, rodeados de sombras malvas que no se quitan por mucho que duermas. ¿Dormir? Eso quieres, dormir para siempre y no despertar. Dormir porque estar despierta se ha convertido en tu particular pesadilla.
¿Y todo esto para qué? Querías ser más bella. Querías parecerte a esas chicas de las portadas de las revistas que tanto has dibujado, porque ellas parecían tenerlo todo: felicidad, dinero, hombres. Ellas lo tienen todo, tú no tienes nada. Curiosamente, ahora tienes todavía menos. No eres más bella, nadie te quiere más que antes. Lo único que has conseguido es convertirte en otra persona. Querías cambiar y lo has conseguido, no te reconoces a ti misma, no queda nada de lo que solías ser. Y todo esto por querer alcanzar la perfección. La puta perfección que todo el mundo te exige.
Y ahora que te das cuenta de la espiral en la que estás metida quieres salir pero eres demasiado débil, no tienes fuerzas. Las aguas te ahogan, te engullen, tiran de ti hacia las profundidades. Gritas, pides ayuda, pero ningún sonido sale de tu boca, solo silencio, y sonrisas falsas. “No pasa nada. Me pondré mejor. Sólo es un bache”. Excusas. Estas metida en el hoyo. Bien dentro. Y tú eres la única que has cavado tu tumba, tú solita y nadie puede ayudarte a salir. De todos modos te niegas tomar la mano que intenta tirar de ti. Porque te bastas tú sola. Claro que sí. Tú, solo tú y tus putos problemas, puedes solucionarlo todo, puedes con todo.
Pero en la realidad, cuando te quedas sola y ves lo peor de ti emergiendo a la superficie, emanando de todos los poros de tu piel, y te descubres haciendo cosas que nunca imaginaste, algo en ti que todavía puede usar la razón te dice que necesitas ayuda. No puedes salir tú sola de algo a lo que ni siquiera sabes ponerle nombre. Pero lo cierto es que nadie puede entenderte, nadie puede ponerle palabras a la parte más oscura de ti.
Sólo quieres echar a correr hasta que los pulmones te estallen de agotamiento. Sólo quieres encogerte hasta disolverte con las baldosas ardientes de la acera y desaparecer. Sólo quieres volver a ser tú. ¿Pero quién era esa chica, al fin y al cabo? No queda nada de ella.

viernes, 22 de febrero de 2013

Un lugar al que regresar si te sientes sola


¿Amor? Extraña palabra, tan recurrida por aquí. Ha pasado un año y aquí estoy de nuevo, acudiendo a este lugar de letras sobre un fondo azul, un lugar donde puedo ser yo misma. Ha pasado mucho tiempo, o al menos a mí me lo ha parecido. He releído estas líneas y, de repente, parecen pertenecer a una persona que poco tiene que ver conmigo, y quizá es cierto, porque la persona― la cosa― que escribía esto está enterrada, y su tumba está cerrada con fuego, y espero que no vuelva a salir al exterior, aunque por ahí dicen que mala hierba nunca muere. Si hay alguien leyendo esto quizá se pregunte por qué he acabado con la niña que escribía esas cosas. La razón es porque a esa persona no le funcionaba bien la cabeza, y no me di cuenta hasta que me di de bruces con la realidad, tan de bruces que podía haber muerto.
Fui como una rosa que has cortado de un rosal: está muerta pero al principio nadie se da cuenta, sigue siendo hermosa, sigue pareciendo fuerte y vigorosa, desprendiendo su aroma desde un solitario jarrón de cristal, como una sonrisa maltrecha, una sonrisa rota. Pero pasa el tiempo y aparecen venas oscuras en sus pétalos, que dejan de ser tersos y comienzan a arrugarse: les falta algo, les falta vida, y te piden socorro en silencio, gritos mudos que nadie escucha. Nadie se da cuenta de que la rosa está muriéndose hasta que, por fin, se derrumba, y sus pétalos se caen, marchitos y negros, secos, dejando atrás el recuerdo de algo que fue hermoso, y que quizá aún lo sigue siendo de una manera retorcida y cruel, de la misma manera que una anciana decrépita puede parecer hermosa si intentas pensar en la belleza que poseyó antaño y que el tiempo ha evaporado.
En mi caso no fue el tiempo, fue algo que crecía en mi cabeza sin que yo pudiera hacer nada para remediarlo. O sí podría haberlo hecho, pero al principio no quise, y cuando quise, ya era demasiado tarde y el turbión tenía demasiada fuerza, ya no me dejaba escapar. Ya da igual. Borrón y cuenta nueva. Le deseo suerte a la persona que se haya quedado en el camino. Espero no volverla a ver.

22 de febrero de 2013