miércoles, 26 de junio de 2013

Castillos de cristal

Las ilusiones son castillos, verdaderos palacios barrocos, del más fino cristal, con torres alzándose como agujas hacia el cielo y las más delicadas filigranas. Son obras de arte confeccionadas por la mente. Podemos pasar días, semanas, meses e incluso años enteros construyéndolas con gran esfuerzo, ladrillo a ladrillo, con cuidado de no deshacerlas, ni siquiera aunque sus cimientos se vuelvan inestables y tiemblen. Sin embargo, son tan quebradizas como el fino cristal de una copa de vino de un restaurante caro y basta un soplido lo bastante convincente para hacer que se desmoronen, convertidas en millones de bellas esquirlas de cristal que se clavan en nuestra piel, convirtiéndose en lágrimas que fluyen a través de nuestros ojos o, peor aún, quedan en nuestro interior, como una herida sangrante.
Las ilusiones son el asesino de los seres humanos, sin embargo, sin ellas no seríamos nada. Sin sueños que perseguir, sin esperanza, ¿qué haríamos? No podríamos vivir. Respiramos por ellas, sudamos ríos de sudor, sangre y tinta por ellas, e incluso damos nuestra vida por ellas. ¿Por un mero palacio del más frágil cristal? Sí, por un fantasma, por una nube de humo, los seres humanos somos capaces de morir.
Creo que las ilusiones de un adolescente no son tan consistentes― aparentemente― como para ofrecer nuestra vida a cambio, apostando a todo o nada a que tienen una base real― de cemento armado―. Aún así, cuando se quiebran, cuando se derrumban frente a nuestros ojos son igualmente dolorosas, o quizá incluso más que las de cualquier persona adulta, quizá por nuestra falta de experiencia, quizá porque nuestra piel no está hecha todavía a las crueldades de la vida, quizá simplemente porque de una mera mota de polvo somos capaces de construir un palacio entero de cristal, y la fuerza de un simple toque de dedos basta para hacerla pedazos.
Creo también que las ilusiones amorosas son las peores de todas. Construimos un monumento en torno a una persona, o en torno a su fantasma, ponemos en ella todas nuestras esperanzas, nos dormimos pensando en esa persona y una simple mirada basta para detener nuestro corazón y hacer que nuestro estómago se encoja como una bola de papel. En ocasiones, el afecto es mutuo y también la otra persona construye un palacio de cristal complementario al tuyo en torno a ti, sin embargo, ¿qué ocurre cuando esto no es así, cuando la ilusión no es correspondida? Lo que pasa es que las esquirlas de cristal testimonio del asesinato de tu pequeño palacio saltan por todos los rincones de tu cuerpo, clavándose en tus músculos y atenazando tus movimientos, en tus cuerdas vocales impidiendo hablar, tras los ojos, haciéndote llorar de rabia y angustia, y en tu corazón, astillándolo. Hay personas a las que les pasa esto con gran frecuencia, y sin embargo se recuperan, vuelven a crecerles alas y pueden volar de nuevo hacia otra nube donde construir otro palacio de cristal, con la esperanza de que este no caiga al primer vendaval. No parece demasiado justo.
Francamente, queridos hombres, yo estoy hasta las mismísimas narices de hacerme ilusiones por vosotros. No os estoy echando la culpa, no es que vosotros me deis alas, no, es simplemente que existís y mis hormonas adolescentes me impulsan a soñar despierta. Más concretamente me estoy refiriendo a ti, tú ya sabes quién eres. Estoy harta de que me hagas esperar, de estar día y noche inquieta con el fantasma de tu presencia acosándome, con tu sombra detrás de mí, inspirándome para construir delicados palacios de cristal. Pero tú nunca contestas, tu respuesta nunca llega, o tarda demasiado, y yo, sabes, nunca he tenido mucha paciencia. Lo siento, pero este juego me ha cansado ya y siento que te estás burlando de mí y de mis posibles sentimientos.
Yo misma provoqué esto, y yo misma voy a tener que pararlo. Si todo fuera como yo había pensado no estaría ahora tan frustrada, tan inquieta por ti, pero conseguiste abrirte un hueco en mi corazón― a trompicones, a patadas, a mordiscos― y tu juego me ha dejado así, sola, frustrada, sintiendo que te traicionaba a ti, a mis amigas e incluso a mí misma. No tengo ni idea de qué pasa por tu cabeza, qué es lo que pretendes conseguir teniéndome en ascuas, pero, te aviso, marinero, yo no funciono así. Estás haciendo que el cielo azul inmaculado de mi verano se torne gris, con una fina calima flotante que lleva tu nombre, y eso sí que no te lo tolero.
Me gustas, sí. Pero me gusta mucho más mi felicidad.

Quiero ser feliz y te doy cuatro días para decidir si quieres formar parte de esa felicidad. ¿Qué eliges?
26 de junio de 2013

No hay comentarios:

Publicar un comentario