Las ilusiones son
castillos, verdaderos palacios barrocos, del más fino cristal, con torres
alzándose como agujas hacia el cielo y las más delicadas filigranas. Son obras
de arte confeccionadas por la mente. Podemos pasar días, semanas, meses e
incluso años enteros construyéndolas con gran esfuerzo, ladrillo a ladrillo,
con cuidado de no deshacerlas, ni siquiera aunque sus cimientos se vuelvan
inestables y tiemblen. Sin embargo, son tan quebradizas como el fino cristal de
una copa de vino de un restaurante caro y basta un soplido lo bastante
convincente para hacer que se desmoronen, convertidas en millones de bellas
esquirlas de cristal que se clavan en nuestra piel, convirtiéndose en lágrimas
que fluyen a través de nuestros ojos o, peor aún, quedan en nuestro interior,
como una herida sangrante.
Las ilusiones son
el asesino de los seres humanos, sin embargo, sin ellas no seríamos nada. Sin
sueños que perseguir, sin esperanza, ¿qué haríamos? No podríamos vivir.
Respiramos por ellas, sudamos ríos de sudor, sangre y tinta por ellas, e
incluso damos nuestra vida por ellas. ¿Por un mero palacio del más frágil
cristal? Sí, por un fantasma, por una nube de humo, los seres humanos somos
capaces de morir.
Creo que las
ilusiones de un adolescente no son tan consistentes― aparentemente― como para
ofrecer nuestra vida a cambio, apostando a todo o nada a que tienen una base
real― de cemento armado―. Aún así, cuando se quiebran, cuando se derrumban
frente a nuestros ojos son igualmente dolorosas, o quizá incluso más que las de
cualquier persona adulta, quizá por nuestra falta de experiencia, quizá porque
nuestra piel no está hecha todavía a las crueldades de la vida, quizá
simplemente porque de una mera mota de polvo somos capaces de construir un
palacio entero de cristal, y la fuerza de un simple toque de dedos basta para
hacerla pedazos.
Creo también que
las ilusiones amorosas son las peores de todas. Construimos un monumento en
torno a una persona, o en torno a su fantasma, ponemos en ella todas nuestras
esperanzas, nos dormimos pensando en esa persona y una simple mirada basta para
detener nuestro corazón y hacer que nuestro estómago se encoja como una bola de
papel. En ocasiones, el afecto es mutuo y también la otra persona construye un
palacio de cristal complementario al tuyo en torno a ti, sin embargo, ¿qué
ocurre cuando esto no es así, cuando la ilusión no es correspondida? Lo que
pasa es que las esquirlas de cristal testimonio del asesinato de tu pequeño
palacio saltan por todos los rincones de tu cuerpo, clavándose en tus músculos
y atenazando tus movimientos, en tus cuerdas vocales impidiendo hablar, tras
los ojos, haciéndote llorar de rabia y angustia, y en tu corazón, astillándolo.
Hay personas a las que les pasa esto con gran frecuencia, y sin embargo se recuperan,
vuelven a crecerles alas y pueden volar de nuevo hacia otra nube donde
construir otro palacio de cristal, con la esperanza de que este no caiga al
primer vendaval. No parece demasiado justo.
Francamente,
queridos hombres, yo estoy hasta las mismísimas narices de hacerme ilusiones
por vosotros. No os estoy echando la culpa, no es que vosotros me deis alas,
no, es simplemente que existís y mis hormonas adolescentes me impulsan a soñar
despierta. Más concretamente me estoy refiriendo a ti, tú ya sabes quién eres.
Estoy harta de que me hagas esperar, de estar día y noche inquieta con el
fantasma de tu presencia acosándome, con tu sombra detrás de mí, inspirándome
para construir delicados palacios de cristal. Pero tú nunca contestas, tu
respuesta nunca llega, o tarda demasiado, y yo, sabes, nunca he tenido mucha
paciencia. Lo siento, pero este juego me ha cansado ya y siento que te estás
burlando de mí y de mis posibles sentimientos.
Yo misma provoqué
esto, y yo misma voy a tener que pararlo. Si todo fuera como yo había pensado
no estaría ahora tan frustrada, tan inquieta por ti, pero conseguiste abrirte
un hueco en mi corazón― a trompicones, a patadas, a mordiscos― y tu juego me ha
dejado así, sola, frustrada, sintiendo que te traicionaba a ti, a mis amigas e
incluso a mí misma. No tengo ni idea de qué pasa por tu cabeza, qué es lo que
pretendes conseguir teniéndome en ascuas, pero, te aviso, marinero, yo no
funciono así. Estás haciendo que el cielo azul inmaculado de mi verano se torne
gris, con una fina calima flotante que lleva tu nombre, y eso sí que no te lo
tolero.
Me gustas, sí.
Pero me gusta mucho más mi felicidad.
Quiero ser feliz
y te doy cuatro días para decidir si quieres formar parte de esa felicidad.
¿Qué eliges?
26 de junio de 2013
