lunes, 31 de octubre de 2011

Death dresses in red


"Can you hear me, can you feel me in your arms holding my last breath, safe inside myself, are of my thoughts of you sweet raptured ligth, it ends here tonight"
 Era una noche fría como ninguna otra, el aliento se congelaba en el aire, una noche oscura y sin luna, incluso las estrellas titilaban débilmente allá en lo alto, más lejanas e inalcanzables que nunca. Soplaba una suave brisa gélida que traía el sutil aroma del invierno, que penetraba a través de todas las capas de ropa, por gruesas que fueran, y helaba hasta el tuétano de los huesos, y removía las ramas más altas de los árboles, provocando horribles crujidos y susurros que helaban la sangre hasta del más valiente.
Adara caminaba aterrada por el estrecho sendero de grava que atravesaba el bosque, no tenía ni idea de si estaba yendo en dirección correcta o si simplemente se estaba adentrando más y más hacia el corazón de la espesura, estaba completamente perdida, y no sabía cómo orientarse con aquella condenada oscuridad y entre tanto árbol. La noche había terminado de caer sobre ella hacía un buen rato– ya había perdido hasta la conciencia del tiempo–, primero tiñendo el cielo de color rojo y después arrebatándole el color a todo; apenas podía ver dos metros por delante de ella y a su alrededor solo podía ver sombras fantasmales que se agitaban al ritmo de la brisa y que parecían siniestras manos agitando los dedos hacia ella para atraparla. Adara había oído que el bosque de noche estaba absolutamente silencioso– alguien no sabía de lo que hablaba–, pero definitivamente el más pesado de los silencios hubiera sido mejor que aquella fantasmagórica sinfonía de crujidos, susurros y aleteos que parecían provenir de todas partes y de ninguna en concreto.
Ciega y desorientada, lo único que podía hacer era colocar un pie por delante de otro y rezar por no salirse del sendero, que estaba tan cubierto de hojas húmedas y secas que casi ya ni podía distinguirlo, de hecho, ni siquiera estaba segura de no estar caminando en círculos. Intentaba no pensar en nada, mantener la cabeza fría y la mente en blanco, que es lo que se supone que funciona en momentos así– aunque, si había algún manual sobre cómo mantener la calma, perdida en un bosque en plena noche, le gustaría verlo–, pero tenía la espalda empapada por un característico sudor frío y pegajoso, las manos le temblaban violentamente cómo si hubiera metido los dedos amoratados por el frío dentro de un enchufe, y no dejaba de mirar histéricamente a ambos lados, paranoica y desesperada, a pesar de que no podía ver nada. Se sentía cómo si se estuviera ahogando, como si una mano helada estuviera aprisionándole los pulmones, y se sentía débil, sin fuerzas para correr, como si al siguiente paso fuera a desfallecer y a desplomarse sobre la tierra.
Sentía un terror irracional apoderándose de su conciencia y de su cordura, sus cuerdas vocales querían chillar hasta desgarrarse pero estaban secas e hinchadas por el miedo, impidiéndole emitir ningún sonido, y todos sus sentidos estaban amplificados y agudizados por la adrenalina que zumbaba en sus venas, eso era lo peor, poder escuchar hasta el más mínimo sonido en la espesura, y que su corazón se paralizara en cuanto detectaba una sombra fuera de lugar por el rabillo del ojo. Estaba mareada, de frío y de hambre, y sobre todo de desesperación, estaba a punto de desmayarse, y aquella absoluta y amenazadora oscuridad realmente bastaba para enloquecer a cualquiera.
En algún momento, quizá su mente le jugó una mala pasada, quizá fue un espejismo causado por el cansancio, pero de repente una luz fugaz apareció entre los árboles, iluminando sus ramas nudosas un instante para desaparecer tan rápido como había venido. Adara retrocedió de un potente salto, temblando tan violentamente que parecía presa de un ataque de convulsiones, y parpadeó varias veces seguidas rápidamente, mirando hacia todos lados histéricamente como si deseara abarcar todo el bosque con una sola mirada. Pero aquella luz rojiza que le había parecido ver no volvió a aparecer, como si solo hubiera sido un producto de su imaginación, colapsada en aquel momento.
Siguió andando, pero era como si algo hubiese cambiado. De repente, cualquier ruido la sobresaltaba, un crujido a su espalda bastaba para que un peso le aplastara el pecho y le detuviera el pulso un instante, y tenía la absurda paranoia de que había unos ojos, rojos como brasas, clavados a su espalda, como un arquero experto tratando de calcular el punto exacto donde hundir su saeta. Sin embargo, cada vez que volvía la cabeza, no había nada, salvo una terrible y opresiva oscuridad, y a pesar de saber que estaba sola, aquella sensación de que la estaban siguiendo, de que alguien estaba pisando sus propias huellas– o peor aún, guiándolas hacia lo más profundo de la montaña– se hacía más angustiosa por momentos. El viento soplaba con más fuerza, y susurraba murmullos ininteligibles a su espalda, como una voz burlona augurándole la sentencia de muerte en un idioma desconocido, el idioma del bosque, que la había engullido y la arrastraba hacia sus dominios. Era como si algo hubiera absorbido el poco calor del aire, cubriéndolo todo de una fina escarcha invisible, atenazando sus entrañas con un frío inhumano e insoportable, retorciendo su estómago y su corazón con su mano heladora y afilada como puñales de hielo, provocando que sus dedos se hincharan y comenzaran a acusar los dolorosos signos de la congelación.
Y justo en el instante en que de verdad tenía la sensación de que unos dedos invisibles le aprisionaban la garganta impidiéndole respirar, el destello rojo de antes volvió a deslumbrarla en la espesura. Sin embargo, aquella vez no solo iluminó los árboles más cercanos, cuyas ramas estaban desnudas como esqueletos de madera, sino que Adara juraría que allí había una silueta humana, apenas un negro perfil recortado en la luz. Hipnotizada, siguió observando aquel punto hasta que la luz, tras unas milésimas de segundo que se alargaron como meses enteros, desapareció sin dejar el mínimo rastro. Con las piernas inseguras, tan temblorosas que dejarían de sostenerla de un momento a otro, Adara se arrastró hacia el recuerdo de aquella sombra espectral, sin ser consciente de que se había salido del sendero seguro, como si una mano gigantesca hubiera atrapado los débiles hilos de su conciencia y guiara sus pasos.
Sus ojos abiertos miraban fijamente el lugar entre dos robles centenarios donde había desaparecido la sombra, pero no veían nada, como si sus pupilas hubieran sido cubiertas por un velo invisible. El viento chirriaba de forma extraña a su alrededor, como si su cuerpo hubiera sido envuelto por una inexplicable corriente de aire, que la mareó y la desorientó ya totalmente, provocando que las rodillas se le aflojaran y las piernas dejaran de sostenerla. Aterrada, Adara vio como el suelo se acercaba peligrosamente a su cara sin poder hacer nada para frenar la caída, porque algo suave y fuerte le mantenía los brazos paralizados tras su espalda. Recuperando la conciencia gracias al dolor de las ramitas haciendo cortes sobre sus mejillas, Adara se levantó como pudo, histérica y sin sentir las manos, como si el riego sanguíneo se hubiera detenido en esa zona, y echó a correr sin rumbo fijo, con el único propósito de escapar de algo inexplicable.
Corrió y corrió lo más rápido que le permitían sus piernas entumecidas, hasta que los tendones de los gemelos chillaron de dolor y la punzada del flato casi le impidió respirar, como si se tratara de un puñal clavado en su costado, y a pesar de todo, tenía la horrible sensación de no haberse movido del sitio. Las lágrimas comenzaron a correr por sus mejillas doloridas y ateridas por el frío y los cortes al darse cuenta de que estaba justo entre los dos robles donde había visto al extraño, que la había atrapado con su hechizo.
Intentó gritar, pero no encontró las cuerdas vocales para hacerlo, y entre sus labios abiertos y agrietados solo escapó el sonido chirriante del aire expulsado por sus pulmones. Y entonces, como una respuesta fantasmal a su grito silencioso, Adara escuchó una risa malévola y deliberadamente suave tras ella, y el crujido de unos pasos espectrales que parecían no rozar las hojas secas que tapizaban el suelo acercarse lentamente, como un felino aproximándose a su presa indefensa. Desesperada, Adara intentó echar a correr en dirección contraria a aquel sonido cuyo dueño se amparaba en las sombras, pero al dar el primer paso, algo se enredó en su tobillo, una rama traicionera, o acaso una mano que emergía de la tierra, y la hizo caer de rodillas de nuevo sobre la tierra húmeda y fría.
Se encogió sobre sí misma y apretó los párpados, con esa horrible certeza que nunca piensas que llegarás a sentir, pero que cuando llega hace que toda tu vida pase por delante de tus ojos en miles de imágenes fugaces. Sintió un soplo de aire gélido en la nuca, como el frío aliento de la muerte, e inconscientemente, como si su cuerpo se rebelara ante la idea de que aquello era el fin, se arrastró penosamente sobre el suelo hasta que su espalda chocó contra el áspero tronco de un árbol. Adara tragó saliva y contó mentalmente hasta cien respirando hondo varias veces, luchando por coger un larga bocanada de aire por la nariz, y expulsarla lentamente por la boca, tratando desesperadamente de convencerse de que aquello solo podía ser una pesadilla, un producto de su mente, que con aquella oscuridad no podía estar muy lúcida y le hacía ver sombras donde no las había.
Cuando por fin se atrevió a abrir los ojos de nuevo, lentamente, no había nada delante de ella, salvo una impenetrable y densa oscuridad, y el silencio– bueno, el silencio relativo del bosque, claro– había vuelto a hacerse, como si nada hubiera perturbado la quietud de aquella apacible noche de finales de otoño. Intentando reírse de sí misma, Adara se dispuso a incorporarse, pero una parte de ella, quizá un sexto sentido, la alertó y la obligó a mirar por encima del hombro a su espalda. Y sus ojos ya no se despegaron de allí. Era un hombre, sin rostro, apenas una sombra más del bosque, sólo unos hipnóticos ojos flotando en la negrura. Eran rojos, rojos como la sangre, rojos como la luna en un eclipse en una noche oscura, y un extraño símbolo negro, como dibujado con tinta china, giraba enloquecido en aquellos iris hipnóticos y mortales, atrayendo a su conciencia hacia la pesada calma de la muerte. Una muerte vestida de rojo.
Lo último que vio Adara, la última imagen que quedó grabada en su retina antes de que su mirada se apagara para siempre, fue su rostro, hermoso y pálido, iluminado por una luz que parecía provenir de su propia piel, con una atractiva sonrisa de dientes perfectamente alineados, una sonrisa lobuna, tenía los cabellos oscuros y con el flequillo cayendo desordenadamente sobre su frente, y ese intenso color negro contrastaba notablemente con la palidez de su piel y con la blancura impoluta de su camisa. Era él. Su amor. Y su asesino.
La muerte de ojos rojos contempló impasible, sin variar su gélida expresión impenetrable e indescifrable, cómo la vida se evaporaba de aquel cuerpo humano, y saboreó con deleite el aroma de su cálida y delicada juventud, y observó casi con curiosidad la mueca de fatal traición y mortal reconocimiento que había quedado impresa para siempre en sus congeladas facciones de niña. La cogió delicadamente en brazos, casi como un amante, dejando que los miembros de la muchacha colgaran laxos y sin vida, y tras una última mirada despectiva hacia aquel roble maldito bajo el que tantas almas insensatas habían perecido, desapareció como una estrella fugaz en el firmamento, sin dejar el más mínimo rastro, como si nunca hubiera existido, como si aquella noche del 31 de octubre fuera en realidad tan silenciosa y apacible como las demás.
El cuerpo de Adara fue encontrado al día siguiente a la entrada de un pueblo situado apenas a un par de kilómetros de aquel tenebroso bosque que amparaba a las más oscuras criaturas. Sus ojos todavía estaban abiertos, clavados para siempre en un punto fijo en el infinito, y sus hermosos rasgos deformados para siempre en una grotesca mueca traicionada y herida. Había muerto de un paro cardíaco y presentaba severos signos de congelación. Dentro de su cuerpo no quedaba ni una sola gota de sangre.
Ahora, dime, ¿te atreves a caminar conmigo hacia ese bosque, cómplice de miles de secretos?
31 de octubre de 2011

domingo, 30 de octubre de 2011

Nothing but a dream


“Our fingers were touching and we said nothing, but well, in the way we touched, we said it all”
Es extraño, me siento fuera de lugar, es como si no debiera estar aquí, como si de repente hubiera abierto los ojos en un sitio totalmente diferente al lugar en el que estaba cuando los había cerrado. Hay algo que me martillea en la conciencia, pero no logro distinguirlo, como si tuviera que hacer algo y no pudiera recordarlo, estoy en ese conocido parque que me ha visto crecer, ese que me he pateado tantas veces que me conozco todos y cada uno de sus árboles, todos sus oscuros rincones, siempre húmedos porque las inalcanzables copas de los pinos centenarios tapan eternamente la luz del sol. Debe de ser tarde, los pedacitos de cielo que puedo ver entre las hojas está oscuro y salpicado de estrellas, que brillan como cuentas de diamante perdidas en el firmamento, las farolas de la calle están encendidas, y su luz anaranjada proyecta sombras alargadas y fantasmagóricas en la tierra del suelo. Hace frío, el gélido viento nocturno que anuncia la proximidad del invierno se cuela por dentro de la cazadora de cuero y me pone la piel de los brazos de gallina.
Aún no sé qué hago aquí. Entonces me doy cuenta de que no estoy sola, estoy rodeada de gente a la que conozco. Todos mis amigos. Es como si fuera una tarde normal de viernes, quizá soy yo la que me he despistado un poco y simplemente he desconectado de la realidad durante un buen rato, y por eso estoy tan desorientada. Tú también estás, con esos ojos negros tuyos que bastarían para guiarme en la más densa oscuridad, y esa sonrisa ladeada eterna, que siempre me hace pensar que estás tramando algo. Intento no quedarme embobada mirándote, pero es inevitable, atraes a mis ojos como si fueras un poderoso imán, me haces sentir como un patético satélite atado a la inevitable gravedad de un planeta. Me cruzo de brazos y suspiro, y me quedo unos segundos contemplando las volutas de vaho que escapan entre mis labios, mi propio aliento condensándose en el aire. Tengo frío, y creo que es demasiado tarde y seguramente no debería andar por ahí a estas horas, todo es muy confuso, es como si no fuera dueña de mis actos y hubiera una mano gigantesca guiándome hacia un lugar desconocido.
Os pido que me acompañéis a casa, sin saber muy bien por qué estoy tan desesperada por escapar de un lugar tan apacible y acogedor como nuestro parque, nuestro templo. No entiendo por qué estoy tan nerviosa, tan inquieta, como si hubiera algo acechándome tras la esquina más próxima; quizá tiene algo que ver con tus ojos, que están clavados en mi espalda, taladrándome como una ardiente brasa sobre mi piel, con tal intensidad que casi siento como si te abrieras paso a través de mi alma y pudieras tener acceso a mis más íntimos secretos. Pides que nos detengamos un momento y te obedezco a regañadientes, preguntándome si nadie se da cuenta del frío que me está calando hasta el tuétano de los huesos. Arrugo el entrecejo al verte susurrarle algo al oído de todos, que han formado un corro curioso a tu alrededor, y siento como se me acelera el pulso cuando te acercas a mí. Sin embargo, para mi enorme desilusión, pasas por delante de mí como una exhalación, sin decirme nada, como si no existiera, como si fuera completamente invisible y tú no pudieras verme. Aprieto los puños con tanta fuerza que me clavo las uñas en la palma de la mano hasta lograr hacerme daño, para alejar las lágrimas de orgullo herido, humillación y despecho que empiezan a amenazar con desbordarse sobre mis párpados.
Enfadada, contigo y con el mundo entero, y con unas irrefrenables ganas de golpear algo hasta lograr quebrarlo en millones de astillas irreconocibles, echo a andar a largas zancadas furiosas, sin esperar al resto, dejándote a mi espalda y aún con la molesta sensación de que tus ojos no se despegan de mí. Es doloroso, como si me estuvieras clavando un traicionero puñal una y otra vez entre los omoplatos, justo a la altura de ese estúpido órgano traidor e hipersensible llamado corazón. Pero entonces, me veo obligada a detenerme, y escucho tu voz susurrar mi nombre tan cerca que tu cálido aliento penetra por el cuello de la cazadora, erizándome el vello de la nuca. Cierro los ojos y aprieto los labios hasta convertirlos en una fina línea obstinada, negándome a volverme, prohibiéndome sucumbir otra vez al hechizo de tu mirada, de tu suave voz tras la que siempre parece esconderse una carcajada traviesa.
Intento seguir andando, pero tu mano, enredada alrededor de mi fina muñeca, me lo impide, y me descubro suspirando ante el calor que me transmite ese simple roce, gentil pero fuerte. De repente me encuentro con que solo estamos tú y yo en la calle, caminando solos y en silencio por una acera húmeda y encharcada por una fina lluvia que ni siquiera había sido consciente de que estaba cayendo. No hablamos, pero es como si todo estuviera dicho, como si tus ojos engarzados en los míos tuvieran el poder de decir justo esas palabras que son música para mis oídos, como si una mirada lo suficiente intensa pudiera derretir tu corazón y dejar al descubierto todos tus sentimientos. Sin saber por qué, me agarras la mano, entrelazando tus dedos largos con los míos, finos y en serio peligro de congelación, como si los cubrieras por una gruesa manta, con un calor que solo tú puedes proporcionarles. Es una situación demasiado surrealista, demasiado irreal, pero me descubro deseando que nada pueda interrumpirla, que pudiéramos seguir caminando agarrados de la mano eternamente. Porque nadie sabe cómo ese simple contacto puede llenarme tanto.
Acabamos de llegar a mi portal. Nos detenemos frente a la pesada puerta cuyos cristales están cubiertos por rejas negras, que reflejan la pálida luz de la farola, y tú sueltas mi mano casi perezosamente, como si te resistieras a dejar escapar mis dedos. Nos miramos fijamente, y en la oscuridad y el silencio de la noche, algo estalla entre nosotros, más poderoso que un rayo rasgando el cielo, más sonoro que una terrible explosión. Tus ojos negros parecen arder, como si dentro de ellos hubiera un poderosa hoguera alimentando un sentimiento al que no me atrevo a ponerle nombre, y esas brasas hipnóticas parecen encender algo dentro de mí, que hace que se me aflojen las rodillas y sienta como si algo frío se me hubiera atravesado en la garganta. El espacio entre nosotros está cargado de electricidad estática, el silencio que nos envuelve, lleno de palabras demasiado grandes y pesadas para decirlas en voz alta.
Y entonces ocurre el milagro, como si una estrella fugaz hubiera surcado los cielos y me hubiera concedido un deseo. Das un paso hacia mí, hasta que quedamos a apenas unos centímetros de distancia, casi rozándonos, y colocas tus dedos delicadamente bajo mi barbilla, alzándome la cabeza suavemente, yo te dejo hacer sin oponer resistencia, con una expresión de férreo y orgulloso autocontrol que oculta la tempestad que sacude mi interior. Puedo ver cómo se te dilatan las pupilas, saboreando la adrenalina por adelantado. Sé lo que viene a continuación, y lo deseo con toda mi alma, pero por otra parte no puedo evitar asustarme, porque no sé qué será después de nosotros dos, con unas personalidades tan opuestas, tan diferentes que solo lograremos hacernos daño.
Pero me dejo llevar, y te veo cerrar los ojos mientras tu rostro se acerca al mío más y más, y yo también dejo caer los párpados, porque sé que justo en el momento en que me toques, me quedaré ciega, y perderé la conciencia del mundo. Y en ese momento, tus labios se posan sobre los míos con infinita suavidad, mi corazón da un vuelco, y algo explota entre nosotros, intenso y cálido, como lava ardiente que arrastra nuestras conciencias, tiñendo el mundo de rojo, volviéndome hipersensible a tu olor, a tu sabor, al tacto cálido y suave de tu boca cubriendo la mía.
Y de repente, aspiro una brusca bocanada de aire de golpe y abro los ojos, y tu recuerdo se evapora tras mis párpados como un fantasma de polvo. Era sólo un sueño. Un jodido sueño que ha sido capaz de arrebatarme el aliento y de provocar que mi corazón lata desbocado, con el ritmo salvaje de un caballo corriendo a máximo galope. Un sueño que ha sido tan real que aún casi te puedo tocar, y es como si la sensación de tus labios acariciando lentamente a los míos aún hormigueara sobre mi piel. Me incorporo tan rápido que todo empieza a darme vueltas y trago saliva, intentando deshacer el nudo que se me ha hecho en la boca del estómago, ese nudo que siempre se forma cuando tú andas cerca, como si realmente hubieras estado a mi lado apenas hace unos segundos. Me froto los ojos, con la sensación de estar volviéndome loca, la imagen de tu rostro acercándose al mío casi con timidez ha quedado grabada a fuego en mi cerebro y desfila tras mis párpados una y otra vez como la repetitiva secuencia de un disco rayado. Me dejo caer de nuevo sobre la almohada, sintiéndome sola, ridícula y vacía, sin saber si echarme a llorar o a reír, de lo patética que soy, del poder de la maldita imaginación y de las malas pasadas que puede jugarnos la mente.
Al final, una carcajada amarga escapa entre mis labios, fríos y secos, mientras una lágrima caliente se desliza por mi sien y se pierde entre mis cabellos, como ese deseo roto en mil pedazos que por un momento he creído alcanzar, y que justo cuando lo rozaba con las yemas de los dedos, se ha evaporado, dejándome como una horrible carcasa vacía por dentro. Es horrible, me siento como si me hubieran arrancado una parte de mi ser, y es ridículo y completamente estúpido, porque he sentido ese beso como si fuera lo más real que me ha pasado en la vida.
Y sólo ha sido un maldito sueño.
                                                                                                                                 29 de octubre de 2011

viernes, 14 de octubre de 2011

Just escape

"Let's run away to a place where the air tastes like rain and the sun smells like a Sunday morning. Let's run away and never look back" 
 Era viernes, lo recuerdo bien. Un viernes que olía a otoño, con el cielo despejado con apenas un par de nubes algodonosas, como corderillos lanudos en el firmamento, el sol parecía terriblemente lejano y ya no calentaba la piel, la brisa sabía una lluvia que no tardaría en caer y a hojas secas, caídas y muertas, de unos árboles que parecían esqueletos marrones bordeando la acera. Sí, era viernes, lo recuerdo bien, porque no teníamos clase a primera hora, y Adele y yo caminábamos la una junto a la otra sin hablar por esa conocida calle solitaria.
Ambas cargábamos nuestras mochilas del colegio a la espalda, las dos tan diferentes y tan parecidas a la vez, una negra cubierta de chapas, la otra marrón con lunares de colores llamativos, pero ambas con el mismo contenido. Quizá mirando nuestras mochilas, te podías hacer una idea de la identidad de las dueñas. Adele, solitaria e independiente, con sus ideas rebeldes bien asentadas dentro de su cabezota, muy bien amueblada, yo quizá con una concepción más sentimental del mundo, más dependiente de las personas, pero con esas ideas tan inconformistas que nos caracterizaban a ambas. Ella llevaba sus adoradas Ray-ban de estilo aviador aportándole un aire misterioso a sus finos y aristocráticos rasgos, y estaba en proceso de liarse un nuevo cigarrillo con expresión de intensa concentración; Tony le había pegado esa odiosa manía de fumarse un cigarro todos los días antes de ir a clase, y digo horrible porque si no lo hacía luego estaba de un humor de perros y no había quién hablara con ella sin desear empujarla desde un quinto piso, y sin poder hablar con ella en clase, yo me aburría mucho.
Yo por mi parte, caminaba arrastrando mis queridas y maltratadas zapatillas Converse azules tras una larga noche sin pegar ojo; iba poniendo todo mi empeño en no lanzarle a mi mejor amiga una de esas miradas que te corroen como ácido y no ponerme a chillarle que tirara el puto cigarrillo al suelo. A veces, de verdad, me preguntaba cómo habíamos podido llegar a ser amigas siendo ambas tan diferentes, ella con esa mentalidad tan absolutamente pasota, ella a la que todo, todo le resbalaba, ya fuera lo que podía decir la gente de ella, como incluso lo que podía pasarle por fumarse ese odioso cigarro. Y yo, con mi cabeza bien amueblada, con mis ideas siempre claras y quizá demasiado maduras, con mi personalidad discreta y observadora. Quizá es que a las dos nos gusta demasiado discutir, quizá las dos somos demasiado cabezotas como para dar nuestro brazo a torcer, quizá porque unas personas con tantos temas de conversación, tantas cosas en las que no estábamos de acuerdos pero tantos otros temas que defendíamos a muerte y sin piedad, no podían pasar una vida separadas. Porque es en eso, en la diferencia, de donde puedes obtener las grandes cosas; si lo piensas, si ambas fuéramos idénticas, ¿qué podríamos aportarnos la una a la otra?, seríamos como espejos, aburrido, nada nuevo.
Iba yo dándole vueltas a la cabeza, mirando al chico rubio que iba delante de nosotras embebida en mis pensamientos, cuando por fin Adele logró encender de una vez por todas el puñetero cigarrito después de pelearle al menos cinco veces con la brisa que apagaba la tímida llama del mechero, y que yo agradecía silenciosamente. Tras una primera larga calada, en la que puso tal cara de placer y rélax que me entraron ganas de estamparle una de mis zapatillas en plena cara, se quedó parada sin razón aparente en mitad de la calle, con aspecto de estar a punto de hacerme una de sus filosóficas confesiones mañaneras.
–Sabes tía, odio esto– me soltó a bocajarro. Ante mi mirada confusa y paciente, prosiguió. –Sí, la rutina, siempre la misma mierda, vas al instituto, vuelves a casa, y luego vuelta a empezar. Estoy harta.
Yo no sabía si era porque la nicotina empezaba a hacerle efecto en sus complicados e intrincados circuitos cerebrales, o si realmente Adele me estaba haciendo uno de sus comentarios existencialistas de forma lúcida; en todo caso, en aquel momento, ese edificio, tan absolutamente soso que pretendía parecer moderno, que había a nuestra derecha, captó mi atención. Me quedé mirando la puerta de cristal de la estación, como hipnotizada, y solo pude acertar a responderle unas palabras que, en aquel momento, ni siquiera llegué a pensar:
–Pues yo me cogería un tren, tía, el primero que pasara. Y me largaría lejos, muy lejos de aquí, no importa donde, para escapar de este puto mundo.
Me encogí de hombros y suspiré. Y en aquel instante, Adele me escrutó atentamente con un brillo en los ojos que no supe descifrar, y para mi enorme sorpresa, se sacó el cigarrillo a medio consumir de entre los labios, lo lanzó al suelo casi con rabia y lo pisoteó con los tacones de sus botines negros de piel.
*O*O*O*O*O*
Era viernes, y el enorme reloj de las escaleras mecánicas marcaba cerca de las nueve y media de aquella reluciente mañana. En verdad me dio pena dejar las mochilas tiradas de cualquier manera, abandonadas en mitad de la estación, pero todos aquellos libros, todos aquellos apuntes llenos de dibujitos y frases llenas de significado al margen, nos hubieran estorbado en nuestra cruzada. Era una locura, una de estas ideas que surgen sin pensar, en el momento, era un plan descabellado que no tenía ni pies ni cabeza, algo estúpido, infantil e inmaduro. Pero, ahí está, nunca se vive una aventura, si se piensa demasiado.