"Can you hear me, can you feel me in your arms holding my last breath, safe inside myself, are of my thoughts of you sweet raptured ligth, it ends here tonight"Era una noche fría como ninguna otra, el aliento se congelaba en el aire, una noche oscura y sin luna, incluso las estrellas titilaban débilmente allá en lo alto, más lejanas e inalcanzables que nunca. Soplaba una suave brisa gélida que traía el sutil aroma del invierno, que penetraba a través de todas las capas de ropa, por gruesas que fueran, y helaba hasta el tuétano de los huesos, y removía las ramas más altas de los árboles, provocando horribles crujidos y susurros que helaban la sangre hasta del más valiente.
Adara caminaba aterrada por el estrecho sendero de grava que atravesaba el bosque, no tenía ni idea de si estaba yendo en dirección correcta o si simplemente se estaba adentrando más y más hacia el corazón de la espesura, estaba completamente perdida, y no sabía cómo orientarse con aquella condenada oscuridad y entre tanto árbol. La noche había terminado de caer sobre ella hacía un buen rato– ya había perdido hasta la conciencia del tiempo–, primero tiñendo el cielo de color rojo y después arrebatándole el color a todo; apenas podía ver dos metros por delante de ella y a su alrededor solo podía ver sombras fantasmales que se agitaban al ritmo de la brisa y que parecían siniestras manos agitando los dedos hacia ella para atraparla. Adara había oído que el bosque de noche estaba absolutamente silencioso– alguien no sabía de lo que hablaba–, pero definitivamente el más pesado de los silencios hubiera sido mejor que aquella fantasmagórica sinfonía de crujidos, susurros y aleteos que parecían provenir de todas partes y de ninguna en concreto.
Ciega y desorientada, lo único que podía hacer era colocar un pie por delante de otro y rezar por no salirse del sendero, que estaba tan cubierto de hojas húmedas y secas que casi ya ni podía distinguirlo, de hecho, ni siquiera estaba segura de no estar caminando en círculos. Intentaba no pensar en nada, mantener la cabeza fría y la mente en blanco, que es lo que se supone que funciona en momentos así– aunque, si había algún manual sobre cómo mantener la calma, perdida en un bosque en plena noche, le gustaría verlo–, pero tenía la espalda empapada por un característico sudor frío y pegajoso, las manos le temblaban violentamente cómo si hubiera metido los dedos amoratados por el frío dentro de un enchufe, y no dejaba de mirar histéricamente a ambos lados, paranoica y desesperada, a pesar de que no podía ver nada. Se sentía cómo si se estuviera ahogando, como si una mano helada estuviera aprisionándole los pulmones, y se sentía débil, sin fuerzas para correr, como si al siguiente paso fuera a desfallecer y a desplomarse sobre la tierra.
Sentía un terror irracional apoderándose de su conciencia y de su cordura, sus cuerdas vocales querían chillar hasta desgarrarse pero estaban secas e hinchadas por el miedo, impidiéndole emitir ningún sonido, y todos sus sentidos estaban amplificados y agudizados por la adrenalina que zumbaba en sus venas, eso era lo peor, poder escuchar hasta el más mínimo sonido en la espesura, y que su corazón se paralizara en cuanto detectaba una sombra fuera de lugar por el rabillo del ojo. Estaba mareada, de frío y de hambre, y sobre todo de desesperación, estaba a punto de desmayarse, y aquella absoluta y amenazadora oscuridad realmente bastaba para enloquecer a cualquiera.
En algún momento, quizá su mente le jugó una mala pasada, quizá fue un espejismo causado por el cansancio, pero de repente una luz fugaz apareció entre los árboles, iluminando sus ramas nudosas un instante para desaparecer tan rápido como había venido. Adara retrocedió de un potente salto, temblando tan violentamente que parecía presa de un ataque de convulsiones, y parpadeó varias veces seguidas rápidamente, mirando hacia todos lados histéricamente como si deseara abarcar todo el bosque con una sola mirada. Pero aquella luz rojiza que le había parecido ver no volvió a aparecer, como si solo hubiera sido un producto de su imaginación, colapsada en aquel momento.
Siguió andando, pero era como si algo hubiese cambiado. De repente, cualquier ruido la sobresaltaba, un crujido a su espalda bastaba para que un peso le aplastara el pecho y le detuviera el pulso un instante, y tenía la absurda paranoia de que había unos ojos, rojos como brasas, clavados a su espalda, como un arquero experto tratando de calcular el punto exacto donde hundir su saeta. Sin embargo, cada vez que volvía la cabeza, no había nada, salvo una terrible y opresiva oscuridad, y a pesar de saber que estaba sola, aquella sensación de que la estaban siguiendo, de que alguien estaba pisando sus propias huellas– o peor aún, guiándolas hacia lo más profundo de la montaña– se hacía más angustiosa por momentos. El viento soplaba con más fuerza, y susurraba murmullos ininteligibles a su espalda, como una voz burlona augurándole la sentencia de muerte en un idioma desconocido, el idioma del bosque, que la había engullido y la arrastraba hacia sus dominios. Era como si algo hubiera absorbido el poco calor del aire, cubriéndolo todo de una fina escarcha invisible, atenazando sus entrañas con un frío inhumano e insoportable, retorciendo su estómago y su corazón con su mano heladora y afilada como puñales de hielo, provocando que sus dedos se hincharan y comenzaran a acusar los dolorosos signos de la congelación.
Y justo en el instante en que de verdad tenía la sensación de que unos dedos invisibles le aprisionaban la garganta impidiéndole respirar, el destello rojo de antes volvió a deslumbrarla en la espesura. Sin embargo, aquella vez no solo iluminó los árboles más cercanos, cuyas ramas estaban desnudas como esqueletos de madera, sino que Adara juraría que allí había una silueta humana, apenas un negro perfil recortado en la luz. Hipnotizada, siguió observando aquel punto hasta que la luz, tras unas milésimas de segundo que se alargaron como meses enteros, desapareció sin dejar el mínimo rastro. Con las piernas inseguras, tan temblorosas que dejarían de sostenerla de un momento a otro, Adara se arrastró hacia el recuerdo de aquella sombra espectral, sin ser consciente de que se había salido del sendero seguro, como si una mano gigantesca hubiera atrapado los débiles hilos de su conciencia y guiara sus pasos.
Sus ojos abiertos miraban fijamente el lugar entre dos robles centenarios donde había desaparecido la sombra, pero no veían nada, como si sus pupilas hubieran sido cubiertas por un velo invisible. El viento chirriaba de forma extraña a su alrededor, como si su cuerpo hubiera sido envuelto por una inexplicable corriente de aire, que la mareó y la desorientó ya totalmente, provocando que las rodillas se le aflojaran y las piernas dejaran de sostenerla. Aterrada, Adara vio como el suelo se acercaba peligrosamente a su cara sin poder hacer nada para frenar la caída, porque algo suave y fuerte le mantenía los brazos paralizados tras su espalda. Recuperando la conciencia gracias al dolor de las ramitas haciendo cortes sobre sus mejillas, Adara se levantó como pudo, histérica y sin sentir las manos, como si el riego sanguíneo se hubiera detenido en esa zona, y echó a correr sin rumbo fijo, con el único propósito de escapar de algo inexplicable.
Corrió y corrió lo más rápido que le permitían sus piernas entumecidas, hasta que los tendones de los gemelos chillaron de dolor y la punzada del flato casi le impidió respirar, como si se tratara de un puñal clavado en su costado, y a pesar de todo, tenía la horrible sensación de no haberse movido del sitio. Las lágrimas comenzaron a correr por sus mejillas doloridas y ateridas por el frío y los cortes al darse cuenta de que estaba justo entre los dos robles donde había visto al extraño, que la había atrapado con su hechizo.
Intentó gritar, pero no encontró las cuerdas vocales para hacerlo, y entre sus labios abiertos y agrietados solo escapó el sonido chirriante del aire expulsado por sus pulmones. Y entonces, como una respuesta fantasmal a su grito silencioso, Adara escuchó una risa malévola y deliberadamente suave tras ella, y el crujido de unos pasos espectrales que parecían no rozar las hojas secas que tapizaban el suelo acercarse lentamente, como un felino aproximándose a su presa indefensa. Desesperada, Adara intentó echar a correr en dirección contraria a aquel sonido cuyo dueño se amparaba en las sombras, pero al dar el primer paso, algo se enredó en su tobillo, una rama traicionera, o acaso una mano que emergía de la tierra, y la hizo caer de rodillas de nuevo sobre la tierra húmeda y fría.
Se encogió sobre sí misma y apretó los párpados, con esa horrible certeza que nunca piensas que llegarás a sentir, pero que cuando llega hace que toda tu vida pase por delante de tus ojos en miles de imágenes fugaces. Sintió un soplo de aire gélido en la nuca, como el frío aliento de la muerte, e inconscientemente, como si su cuerpo se rebelara ante la idea de que aquello era el fin, se arrastró penosamente sobre el suelo hasta que su espalda chocó contra el áspero tronco de un árbol. Adara tragó saliva y contó mentalmente hasta cien respirando hondo varias veces, luchando por coger un larga bocanada de aire por la nariz, y expulsarla lentamente por la boca, tratando desesperadamente de convencerse de que aquello solo podía ser una pesadilla, un producto de su mente, que con aquella oscuridad no podía estar muy lúcida y le hacía ver sombras donde no las había.
Cuando por fin se atrevió a abrir los ojos de nuevo, lentamente, no había nada delante de ella, salvo una impenetrable y densa oscuridad, y el silencio– bueno, el silencio relativo del bosque, claro– había vuelto a hacerse, como si nada hubiera perturbado la quietud de aquella apacible noche de finales de otoño. Intentando reírse de sí misma, Adara se dispuso a incorporarse, pero una parte de ella, quizá un sexto sentido, la alertó y la obligó a mirar por encima del hombro a su espalda. Y sus ojos ya no se despegaron de allí. Era un hombre, sin rostro, apenas una sombra más del bosque, sólo unos hipnóticos ojos flotando en la negrura. Eran rojos, rojos como la sangre, rojos como la luna en un eclipse en una noche oscura, y un extraño símbolo negro, como dibujado con tinta china, giraba enloquecido en aquellos iris hipnóticos y mortales, atrayendo a su conciencia hacia la pesada calma de la muerte. Una muerte vestida de rojo.
Lo último que vio Adara, la última imagen que quedó grabada en su retina antes de que su mirada se apagara para siempre, fue su rostro, hermoso y pálido, iluminado por una luz que parecía provenir de su propia piel, con una atractiva sonrisa de dientes perfectamente alineados, una sonrisa lobuna, tenía los cabellos oscuros y con el flequillo cayendo desordenadamente sobre su frente, y ese intenso color negro contrastaba notablemente con la palidez de su piel y con la blancura impoluta de su camisa. Era él. Su amor. Y su asesino.
La muerte de ojos rojos contempló impasible, sin variar su gélida expresión impenetrable e indescifrable, cómo la vida se evaporaba de aquel cuerpo humano, y saboreó con deleite el aroma de su cálida y delicada juventud, y observó casi con curiosidad la mueca de fatal traición y mortal reconocimiento que había quedado impresa para siempre en sus congeladas facciones de niña. La cogió delicadamente en brazos, casi como un amante, dejando que los miembros de la muchacha colgaran laxos y sin vida, y tras una última mirada despectiva hacia aquel roble maldito bajo el que tantas almas insensatas habían perecido, desapareció como una estrella fugaz en el firmamento, sin dejar el más mínimo rastro, como si nunca hubiera existido, como si aquella noche del 31 de octubre fuera en realidad tan silenciosa y apacible como las demás.
El cuerpo de Adara fue encontrado al día siguiente a la entrada de un pueblo situado apenas a un par de kilómetros de aquel tenebroso bosque que amparaba a las más oscuras criaturas. Sus ojos todavía estaban abiertos, clavados para siempre en un punto fijo en el infinito, y sus hermosos rasgos deformados para siempre en una grotesca mueca traicionada y herida. Había muerto de un paro cardíaco y presentaba severos signos de congelación. Dentro de su cuerpo no quedaba ni una sola gota de sangre.
Ahora, dime, ¿te atreves a caminar conmigo hacia ese bosque, cómplice de miles de secretos?
31 de octubre de 2011


