“Our fingers were touching and we said nothing, but well, in the way we touched, we said it all”
Es extraño, me siento fuera de lugar, es como si no debiera estar aquí, como si de repente hubiera abierto los ojos en un sitio totalmente diferente al lugar en el que estaba cuando los había cerrado. Hay algo que me martillea en la conciencia, pero no logro distinguirlo, como si tuviera que hacer algo y no pudiera recordarlo, estoy en ese conocido parque que me ha visto crecer, ese que me he pateado tantas veces que me conozco todos y cada uno de sus árboles, todos sus oscuros rincones, siempre húmedos porque las inalcanzables copas de los pinos centenarios tapan eternamente la luz del sol. Debe de ser tarde, los pedacitos de cielo que puedo ver entre las hojas está oscuro y salpicado de estrellas, que brillan como cuentas de diamante perdidas en el firmamento, las farolas de la calle están encendidas, y su luz anaranjada proyecta sombras alargadas y fantasmagóricas en la tierra del suelo. Hace frío, el gélido viento nocturno que anuncia la proximidad del invierno se cuela por dentro de la cazadora de cuero y me pone la piel de los brazos de gallina.
Aún no sé qué hago aquí. Entonces me doy cuenta de que no estoy sola, estoy rodeada de gente a la que conozco. Todos mis amigos. Es como si fuera una tarde normal de viernes, quizá soy yo la que me he despistado un poco y simplemente he desconectado de la realidad durante un buen rato, y por eso estoy tan desorientada. Tú también estás, con esos ojos negros tuyos que bastarían para guiarme en la más densa oscuridad, y esa sonrisa ladeada eterna, que siempre me hace pensar que estás tramando algo. Intento no quedarme embobada mirándote, pero es inevitable, atraes a mis ojos como si fueras un poderoso imán, me haces sentir como un patético satélite atado a la inevitable gravedad de un planeta. Me cruzo de brazos y suspiro, y me quedo unos segundos contemplando las volutas de vaho que escapan entre mis labios, mi propio aliento condensándose en el aire. Tengo frío, y creo que es demasiado tarde y seguramente no debería andar por ahí a estas horas, todo es muy confuso, es como si no fuera dueña de mis actos y hubiera una mano gigantesca guiándome hacia un lugar desconocido.
Os pido que me acompañéis a casa, sin saber muy bien por qué estoy tan desesperada por escapar de un lugar tan apacible y acogedor como nuestro parque, nuestro templo. No entiendo por qué estoy tan nerviosa, tan inquieta, como si hubiera algo acechándome tras la esquina más próxima; quizá tiene algo que ver con tus ojos, que están clavados en mi espalda, taladrándome como una ardiente brasa sobre mi piel, con tal intensidad que casi siento como si te abrieras paso a través de mi alma y pudieras tener acceso a mis más íntimos secretos. Pides que nos detengamos un momento y te obedezco a regañadientes, preguntándome si nadie se da cuenta del frío que me está calando hasta el tuétano de los huesos. Arrugo el entrecejo al verte susurrarle algo al oído de todos, que han formado un corro curioso a tu alrededor, y siento como se me acelera el pulso cuando te acercas a mí. Sin embargo, para mi enorme desilusión, pasas por delante de mí como una exhalación, sin decirme nada, como si no existiera, como si fuera completamente invisible y tú no pudieras verme. Aprieto los puños con tanta fuerza que me clavo las uñas en la palma de la mano hasta lograr hacerme daño, para alejar las lágrimas de orgullo herido, humillación y despecho que empiezan a amenazar con desbordarse sobre mis párpados.
Enfadada, contigo y con el mundo entero, y con unas irrefrenables ganas de golpear algo hasta lograr quebrarlo en millones de astillas irreconocibles, echo a andar a largas zancadas furiosas, sin esperar al resto, dejándote a mi espalda y aún con la molesta sensación de que tus ojos no se despegan de mí. Es doloroso, como si me estuvieras clavando un traicionero puñal una y otra vez entre los omoplatos, justo a la altura de ese estúpido órgano traidor e hipersensible llamado corazón. Pero entonces, me veo obligada a detenerme, y escucho tu voz susurrar mi nombre tan cerca que tu cálido aliento penetra por el cuello de la cazadora, erizándome el vello de la nuca. Cierro los ojos y aprieto los labios hasta convertirlos en una fina línea obstinada, negándome a volverme, prohibiéndome sucumbir otra vez al hechizo de tu mirada, de tu suave voz tras la que siempre parece esconderse una carcajada traviesa.
Intento seguir andando, pero tu mano, enredada alrededor de mi fina muñeca, me lo impide, y me descubro suspirando ante el calor que me transmite ese simple roce, gentil pero fuerte. De repente me encuentro con que solo estamos tú y yo en la calle, caminando solos y en silencio por una acera húmeda y encharcada por una fina lluvia que ni siquiera había sido consciente de que estaba cayendo. No hablamos, pero es como si todo estuviera dicho, como si tus ojos engarzados en los míos tuvieran el poder de decir justo esas palabras que son música para mis oídos, como si una mirada lo suficiente intensa pudiera derretir tu corazón y dejar al descubierto todos tus sentimientos. Sin saber por qué, me agarras la mano, entrelazando tus dedos largos con los míos, finos y en serio peligro de congelación, como si los cubrieras por una gruesa manta, con un calor que solo tú puedes proporcionarles. Es una situación demasiado surrealista, demasiado irreal, pero me descubro deseando que nada pueda interrumpirla, que pudiéramos seguir caminando agarrados de la mano eternamente. Porque nadie sabe cómo ese simple contacto puede llenarme tanto.
Acabamos de llegar a mi portal. Nos detenemos frente a la pesada puerta cuyos cristales están cubiertos por rejas negras, que reflejan la pálida luz de la farola, y tú sueltas mi mano casi perezosamente, como si te resistieras a dejar escapar mis dedos. Nos miramos fijamente, y en la oscuridad y el silencio de la noche, algo estalla entre nosotros, más poderoso que un rayo rasgando el cielo, más sonoro que una terrible explosión. Tus ojos negros parecen arder, como si dentro de ellos hubiera un poderosa hoguera alimentando un sentimiento al que no me atrevo a ponerle nombre, y esas brasas hipnóticas parecen encender algo dentro de mí, que hace que se me aflojen las rodillas y sienta como si algo frío se me hubiera atravesado en la garganta. El espacio entre nosotros está cargado de electricidad estática, el silencio que nos envuelve, lleno de palabras demasiado grandes y pesadas para decirlas en voz alta.
Y entonces ocurre el milagro, como si una estrella fugaz hubiera surcado los cielos y me hubiera concedido un deseo. Das un paso hacia mí, hasta que quedamos a apenas unos centímetros de distancia, casi rozándonos, y colocas tus dedos delicadamente bajo mi barbilla, alzándome la cabeza suavemente, yo te dejo hacer sin oponer resistencia, con una expresión de férreo y orgulloso autocontrol que oculta la tempestad que sacude mi interior. Puedo ver cómo se te dilatan las pupilas, saboreando la adrenalina por adelantado. Sé lo que viene a continuación, y lo deseo con toda mi alma, pero por otra parte no puedo evitar asustarme, porque no sé qué será después de nosotros dos, con unas personalidades tan opuestas, tan diferentes que solo lograremos hacernos daño.
Pero me dejo llevar, y te veo cerrar los ojos mientras tu rostro se acerca al mío más y más, y yo también dejo caer los párpados, porque sé que justo en el momento en que me toques, me quedaré ciega, y perderé la conciencia del mundo. Y en ese momento, tus labios se posan sobre los míos con infinita suavidad, mi corazón da un vuelco, y algo explota entre nosotros, intenso y cálido, como lava ardiente que arrastra nuestras conciencias, tiñendo el mundo de rojo, volviéndome hipersensible a tu olor, a tu sabor, al tacto cálido y suave de tu boca cubriendo la mía.
Y de repente, aspiro una brusca bocanada de aire de golpe y abro los ojos, y tu recuerdo se evapora tras mis párpados como un fantasma de polvo. Era sólo un sueño. Un jodido sueño que ha sido capaz de arrebatarme el aliento y de provocar que mi corazón lata desbocado, con el ritmo salvaje de un caballo corriendo a máximo galope. Un sueño que ha sido tan real que aún casi te puedo tocar, y es como si la sensación de tus labios acariciando lentamente a los míos aún hormigueara sobre mi piel. Me incorporo tan rápido que todo empieza a darme vueltas y trago saliva, intentando deshacer el nudo que se me ha hecho en la boca del estómago, ese nudo que siempre se forma cuando tú andas cerca, como si realmente hubieras estado a mi lado apenas hace unos segundos. Me froto los ojos, con la sensación de estar volviéndome loca, la imagen de tu rostro acercándose al mío casi con timidez ha quedado grabada a fuego en mi cerebro y desfila tras mis párpados una y otra vez como la repetitiva secuencia de un disco rayado. Me dejo caer de nuevo sobre la almohada, sintiéndome sola, ridícula y vacía, sin saber si echarme a llorar o a reír, de lo patética que soy, del poder de la maldita imaginación y de las malas pasadas que puede jugarnos la mente.
Al final, una carcajada amarga escapa entre mis labios, fríos y secos, mientras una lágrima caliente se desliza por mi sien y se pierde entre mis cabellos, como ese deseo roto en mil pedazos que por un momento he creído alcanzar, y que justo cuando lo rozaba con las yemas de los dedos, se ha evaporado, dejándome como una horrible carcasa vacía por dentro. Es horrible, me siento como si me hubieran arrancado una parte de mi ser, y es ridículo y completamente estúpido, porque he sentido ese beso como si fuera lo más real que me ha pasado en la vida.
Y sólo ha sido un maldito sueño.
29 de octubre de 2011

No hay comentarios:
Publicar un comentario