viernes, 14 de octubre de 2011

Just escape

"Let's run away to a place where the air tastes like rain and the sun smells like a Sunday morning. Let's run away and never look back" 
 Era viernes, lo recuerdo bien. Un viernes que olía a otoño, con el cielo despejado con apenas un par de nubes algodonosas, como corderillos lanudos en el firmamento, el sol parecía terriblemente lejano y ya no calentaba la piel, la brisa sabía una lluvia que no tardaría en caer y a hojas secas, caídas y muertas, de unos árboles que parecían esqueletos marrones bordeando la acera. Sí, era viernes, lo recuerdo bien, porque no teníamos clase a primera hora, y Adele y yo caminábamos la una junto a la otra sin hablar por esa conocida calle solitaria.
Ambas cargábamos nuestras mochilas del colegio a la espalda, las dos tan diferentes y tan parecidas a la vez, una negra cubierta de chapas, la otra marrón con lunares de colores llamativos, pero ambas con el mismo contenido. Quizá mirando nuestras mochilas, te podías hacer una idea de la identidad de las dueñas. Adele, solitaria e independiente, con sus ideas rebeldes bien asentadas dentro de su cabezota, muy bien amueblada, yo quizá con una concepción más sentimental del mundo, más dependiente de las personas, pero con esas ideas tan inconformistas que nos caracterizaban a ambas. Ella llevaba sus adoradas Ray-ban de estilo aviador aportándole un aire misterioso a sus finos y aristocráticos rasgos, y estaba en proceso de liarse un nuevo cigarrillo con expresión de intensa concentración; Tony le había pegado esa odiosa manía de fumarse un cigarro todos los días antes de ir a clase, y digo horrible porque si no lo hacía luego estaba de un humor de perros y no había quién hablara con ella sin desear empujarla desde un quinto piso, y sin poder hablar con ella en clase, yo me aburría mucho.
Yo por mi parte, caminaba arrastrando mis queridas y maltratadas zapatillas Converse azules tras una larga noche sin pegar ojo; iba poniendo todo mi empeño en no lanzarle a mi mejor amiga una de esas miradas que te corroen como ácido y no ponerme a chillarle que tirara el puto cigarrillo al suelo. A veces, de verdad, me preguntaba cómo habíamos podido llegar a ser amigas siendo ambas tan diferentes, ella con esa mentalidad tan absolutamente pasota, ella a la que todo, todo le resbalaba, ya fuera lo que podía decir la gente de ella, como incluso lo que podía pasarle por fumarse ese odioso cigarro. Y yo, con mi cabeza bien amueblada, con mis ideas siempre claras y quizá demasiado maduras, con mi personalidad discreta y observadora. Quizá es que a las dos nos gusta demasiado discutir, quizá las dos somos demasiado cabezotas como para dar nuestro brazo a torcer, quizá porque unas personas con tantos temas de conversación, tantas cosas en las que no estábamos de acuerdos pero tantos otros temas que defendíamos a muerte y sin piedad, no podían pasar una vida separadas. Porque es en eso, en la diferencia, de donde puedes obtener las grandes cosas; si lo piensas, si ambas fuéramos idénticas, ¿qué podríamos aportarnos la una a la otra?, seríamos como espejos, aburrido, nada nuevo.
Iba yo dándole vueltas a la cabeza, mirando al chico rubio que iba delante de nosotras embebida en mis pensamientos, cuando por fin Adele logró encender de una vez por todas el puñetero cigarrito después de pelearle al menos cinco veces con la brisa que apagaba la tímida llama del mechero, y que yo agradecía silenciosamente. Tras una primera larga calada, en la que puso tal cara de placer y rélax que me entraron ganas de estamparle una de mis zapatillas en plena cara, se quedó parada sin razón aparente en mitad de la calle, con aspecto de estar a punto de hacerme una de sus filosóficas confesiones mañaneras.
–Sabes tía, odio esto– me soltó a bocajarro. Ante mi mirada confusa y paciente, prosiguió. –Sí, la rutina, siempre la misma mierda, vas al instituto, vuelves a casa, y luego vuelta a empezar. Estoy harta.
Yo no sabía si era porque la nicotina empezaba a hacerle efecto en sus complicados e intrincados circuitos cerebrales, o si realmente Adele me estaba haciendo uno de sus comentarios existencialistas de forma lúcida; en todo caso, en aquel momento, ese edificio, tan absolutamente soso que pretendía parecer moderno, que había a nuestra derecha, captó mi atención. Me quedé mirando la puerta de cristal de la estación, como hipnotizada, y solo pude acertar a responderle unas palabras que, en aquel momento, ni siquiera llegué a pensar:
–Pues yo me cogería un tren, tía, el primero que pasara. Y me largaría lejos, muy lejos de aquí, no importa donde, para escapar de este puto mundo.
Me encogí de hombros y suspiré. Y en aquel instante, Adele me escrutó atentamente con un brillo en los ojos que no supe descifrar, y para mi enorme sorpresa, se sacó el cigarrillo a medio consumir de entre los labios, lo lanzó al suelo casi con rabia y lo pisoteó con los tacones de sus botines negros de piel.
*O*O*O*O*O*
Era viernes, y el enorme reloj de las escaleras mecánicas marcaba cerca de las nueve y media de aquella reluciente mañana. En verdad me dio pena dejar las mochilas tiradas de cualquier manera, abandonadas en mitad de la estación, pero todos aquellos libros, todos aquellos apuntes llenos de dibujitos y frases llenas de significado al margen, nos hubieran estorbado en nuestra cruzada. Era una locura, una de estas ideas que surgen sin pensar, en el momento, era un plan descabellado que no tenía ni pies ni cabeza, algo estúpido, infantil e inmaduro. Pero, ahí está, nunca se vive una aventura, si se piensa demasiado.

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