sábado, 24 de septiembre de 2011

When I look at you

"When you look me in the eyes, when you’re right here by my side, I taste a glimse of heaven, I find my paradise"
¿Qué es el amor? Esa es una buena pregunta, una de esas a las que ya puedes darle vueltas pero nunca vas a encontrar la respuesta correcta. Algunos hablan de mariposas en el estómago, de una fuerte presión en el pecho y de corazones latiendo demasiado sano para ser saludable, de una sensación de euforia burbujeando en las venas; otros hablan de lágrimas, de sufrimiento, de dolor en el pecho, de trabamientos de lengua y de nudos en la garganta, de gritos contenidos, de palabras que no se dicen en voz alta. Quizá lleven razón, o quizá el amor ni siquiera exista y sea un estúpido sentimiento que el ser humano se ha inventado para justificar ese instinto que nos empuja hacia una persona en concreto, quizá sí que exista pero nosotros seamos demasiado egoístas para verlo, quizá simplemente somos lo suficientemente egocéntricos que creemos conocer algo que simplemente hemos rozado en contadas ocasiones con las yemas de los dedos.
Yo no sé si lo que siento ahora mismo muy dentro de mí es amor, o simplemente es atracción física pura y dura y quizá yo todavía soy demasiado inmadura, demasiado inexperta como para merecer experimentar algo tan grande. Yo solo sé que cuando te veo, algo florece dentro de mi pecho, se abre paso a través de mi interior como los pétalos de una rosa de fuego, me hace que el corazón me de un salto y me siento como si el vagón de la montaña rusa se hubiera precipitado al vacío a toda velocidad en una caída vertiginosa. Es una sensación extraña, que se apodera de todo mi cuerpo, juega con mis labios, dibujando una sonrisa tímida y expandiendo un cosquilleo placentero que sé que solo se aliviará si te siento cerca y que me empuja a caminar a tu lado. Mis ojos te buscan en la multitud, como un imán anclado a ti, como si hubiera un cable de acero que me une a tu cuerpo, y si se encuentran con los tuyos una especie de calor se expande por mi piel como un lengüetazo de fuego que solo tu mirada puede provocar, y me siento como si al observarte, me contagiaras ese curioso brillo tuyo a mí, como si fueras una estrella destacando en el oscuro cielo nocturno.
Y si eso no es amor, entonces que alguien me explique qué significa. Es algo que solo tus ojos negros pueden desencadenar, como una tormenta eléctrica en mi interior, como si el simple hecho de tenerte cerca fuera el mayor premio que me ha concedido el destino. Siento una opresión en el pecho, como si me quedara sin respiración, cada vez que nuestras miradas se cruzan, y se engarzan durante unos simples segundos que son como el recuerdo de una efímera caricia. Sólo esos ojos negros son capaces de hacerme perder la concentración por completo, me pongo nerviosa y me vuelvo tímida, siento palabras picándome en la lengua, pero no son esas las que escapan entre mis labios, se quedan ahí dentro, porque no me siento capaz de pronunciarlas. Por mi boca no salen más que tonterías temblorosas que te arrancan una sonrisa resplandeciente que me siento incapaz de ignorar, y mis ojos vuelven a clavarse en tus labios finos y curvados, seductores, que intentan empujarme hacia ti como una llamada que no puedes dejar de escuchar. Pero sé que jamás podré probarlos, y esa sensación de impotencia me mata por dentro, me rompe en miles de pedazos que se esparcen en mi interior sin que tú puedas llegar a intuirlos. Intento mantener la sonrisa, pero por más que intento no pensar en ello hay ocasiones en que no puedo escapar de esta frustración de estar día tras día a tu lado, observando calladamente todas y cada una de tus reacciones y cada uno de tus movimientos graciosos, mirando embobada esa sonrisa perfecta que roba corazones a su paso, sabiendo que por mucho que te desee jamás serás para mí.
Vuelvo a bajar la mirada y la clavo en las frías baldosas del suelo de la calle, cuyo color son el reflejo de mi estado de ánimo. Aprieto los puños y me muerdo los labios para no llorar, y vuelvo a alzar la barbilla, aparentando una seguridad en mí misma que tú simplemente echas por los suelos con una mirada de reojo de esas que me duelen como una descarga eléctrica. Y entonces el juego vuelve a empezar, pasas por mi lado, y no sé si ese roce que siento en el brazo ha sido intencionado o tontas imaginaciones mías, el mundo vuelve a cobrar color a tu alrededor, pestañeo ahuyentando todas esas lágrimas que empañaban mi mirada y mis ojos vuelven a brillar cuando te miro, como si tuvieras un halo de luz envolviéndote que solo yo soy capaz de ver. Siento una extraña sensación en las manos, y me llamo estúpida a mí misma, porque lo único que me apetece es tocarte, revolverte ese pelo oscuro que siempre llevas tan despeinado, entrelazar mis dedos fríos en los tuyos, averiguar si tu piel es tan suave como parece, descubrir si esos labios cálidos saben a paraíso tanto como creo.
Y entonces abres los brazos, haces un simple gesto, y tus ojos se cruzan con los míos en un instante que me parece eterno, y que nunca sé si has intentado prolongar, y nadie sabe lo difícil que se me hace resistir la absurda sensación de echar a correr y saltar hacia ti, dejar que tus brazos protectores me envuelvan con cariño, apoyar la cabeza en tu pecho firme y abandonarme al sonido de los latidos de tu corazón. Nadie sabe cómo me siento por dentro cuando me miras aunque sea por casualidad, nadie puede llegar a imaginar la sensación de soledad gélida que se expande por mis entrañas cuando te observo en la distancia sabiendo que tú nunca me corresponderás de la misma manera, porque eres demasiado superficial todavía para poder darte cuenta. Y me grito a mí misma por idiota y me desespero al mirar esas sensaciones que solo tú y tus magnéticos ojos de azabache pueden provocare, me siento estúpida mientras bebo de tu sonrisa como si fuera una gota de agua en pleno desierto. Y después me quedo sola, perdida en un océano de hielo en mitad de la oscuridad, y tengo ganas de gritar, de golpear las paredes con los puños para descargar esta rabia, de poder chillarte cómo haces que me sienta y de que escuches estas palabras que me da pavor decir en voz alta, y una vez más, mis lágrimas se convierten en tinta sobre el papel, como si fuera mi única vía de escape.
23 de septiembre de 2011


                                         

lunes, 19 de septiembre de 2011

When it rains

"I walk this empty street on the Boulevard of Broken Dreams, when the city sleeps and I’m the only one and I walk alone"
Hay nubarrones negros tiñendo el cielo con su textura algodonosa e hinchada, de ese tono gris oscuro casi púrpura de una tormenta. Sé que va a caer un buen aguacero, de esos que descargan con una furia abrasadora en pocos minutos y te calan hasta los huesos, pero sigo caminando por las calles desiertas de mi ciudad, que se han ido sumiendo en sombras conforme las nubes iban ganándole la partida a la clara luz solar. Parece una ciudad fantasma, no hay nadie caminando y el par de los pájaros se ha apagado, corre una suave brisa fresca que juguetea con las hojas secas que hay esparcidas sobre el suelo y zigzaguea por las esquinas, pero el aire sigue siendo denso y pesando, irrespirable. O puede que todo sea culpa de este estúpido sentimiento que aletarga todas las demás sensaciones, me aplasta y me apuñala, me cierra la boca del estómago y crea ilusiones absurdas en mi mente.
Me he prohibido pensar en ti, en tu nombre, en la cadencia de tu voz, en el sutil aroma que siempre te acompañaba y que parece haberse adherido a mi piel como un hechizo de presencia permanente, y que me golpea cada vez que doblo una esquina, acelerándome el pulso como si realmente estuvieras ahí. No he hecho muchos progresos todavía, pero intento convencerme de que todo es cuestión de tiempo, que la herida aún es demasiado reciente. Sin embargo, daría todo por desprenderme de estos recuerdos que me persiguen allá donde voy, en forma de fotografías plagadas de sonrisas, canciones que parecen hablar de nosotros y que reflejan cada uno de mis estados de ánimo, o simplemente sueños, que me acosan mientras duermo e incluso cada vez que cierro los ojos, acercándome a ti tanto que casi puedo tocarte y haciendo que poco después te desvanezcas en la niebla como un fantasma.
Todo es muy confuso. Es como si esos días junto a ti los hubiera vivido a través de los ojos de otra persona distinta a mí, alguien a quien no conozco y que se encarga de restregarme todos esos recuerdos como acribillándome sádicamente a balazos con sabor agridulce. A lo mejor es todo culpa de ese éxtasis en que te sume el primer amor, o quizá tu sabor me emborrachaba y me volvía adicta a tus labios. Quizá todo se reduzca a eso: adicción; te necesito como un drogata a su marihuana, como un alcohólico a su botella de whisky, como un fumador a su paquete de tabaco, porque para mí eres como una droga, la peor de todas. Porque este anhelo me está consumiendo por dentro y el deseo de sentir tus labios abriéndose paso sobre los míos con fiereza me quema, me mata, me vuelve loca. Solo quiero una cosa, es muy simple: volverte a ver; sin embargo, ahora intento pensar con objetividad y algo en mí se da cuenta de que sin nos viéramos de nuevo sería como abrir la herida de nuevo totalmente, volveríamos a caer, sería como tomar un poquito de droga: solo me haría desear más.
Intento convencerme de que lo voy superando, que en realidad ya no duele tanto, y es una mentira que he llegado a creerme un par de veces. Pero ya no sé qué es peor, si esa ilusión de los primeros días sin vernos en los que solo quería oír tu voz, o esta incertidumbre de saber que ya nada nos une y que nuestro frágil puente se ha derrumbado delante de nuestras narices, y que a pesar de todo, dentro de mí sigues tan presente como si fuera ayer. Quizá, de una manera u  otra, siempre te guardaré un hueco en mi corazón que visitaré de vez en cuando, porque el primer amor siempre marca, y ya lo único que me queda es preguntarme si tú harás lo mismo y si realmente fui la mejor de tu vida o solo un pasatiempo del que te olvidaste en seguida.
Sobre mi cabeza, retumba el grave sonido de un trueno, como si algo muy pesado se hubiera resquebrajado allá arriba. Miro hacia el cielo, pensando en que un día lo toque con la yema de los dedos para de repente darme cuenta de que solo era una ilusión que se deshizo como el humo en el viento. Un par de gotitas se estrellan sobre mis mejillas y resbalan sobre mi piel, seguidas por unas cuantas más, y de repente la cortina de lluvia se hace tan densa que todo se desdibuja y riela frente a mí.
Y no puedo evitarlo, abro los brazos dejando que el viento me empuje y echo la cabeza hacia atrás con los ojos cerrados, sintiendo el furioso golpeteo de la lluvia en mi cara. Solo cuando estoy totalmente empapada y mi piel empieza a acusar el frío repentino, echo a correr con todas mis fuerzas, sin rumbo, simplemente colocando un pie delante de otro cada vez más rápido. Una sonrisa empieza a tirar de mis labios y lentamente comienza a burbujear dentro de mi pecho hasta convertirse en una carcajada histérica, una risa sin sentido. Sigo corriendo en dirección desconocida, arrullada por el sonido bisbiseante de la lluvia golpeando el suelo rítmicamente y los truenos roncos resonando entre las lejanas nubes. Estoy completamente empapada, noto las frías gotas de agua clavándose en mi piel y resbalando por mi cuerpo como el recuerdo de una caricia, la camiseta se ha vuelto transparente y pesada como una manta, y los vaqueros cuelgan de mis caderas goteando, mis zapatillas de tela están también inundadas, pero nada puede compararse a la euforia de pisar otro charco y escuchar el chapoteo del agua.
Miles de gotas zigzaguean por mi piel y tiñen mi cabeza de diamantes cristalinos, arrastrando y limpiando todo a su paso. El poder depurador de la lluvia me sorprende, ha conseguido que mis pensamientos dejen de ser lúgubres y perdidos en el pasado y ha vuelvo mi mirada tranparente de nuevo. Me permito dedicarte unos últimos segundos antes de desterrarte de mi mente para siempre, ahora que me siento fuerte y mucho más libre. A ti te hubiera gustado verme así, sonriendo tontamente con el cabello pegado a la cara, me hubieras abrazado por detrás, entrelazando tus manos con las mías bajo mi pecho de esa manera tan tuya de darme calor, y quizá nos hubiéramos detenido para alejarnos de la gente y besarnos un instante tras una protectora esquina.
Pero debo asumir que eso es sol un bonito recuerdo precioso y que tengo que aprender a vivir de nuevo sin ti a mi lado. Respiro hondo y es cuando me doy cuenta de que esto tan cálido que se mezcla con la lluvia sobre mis mejillas y se pierde en mis labios son lágrimas de euforia que expulsan el doloroso y abrasivo anhelo de mi interior a borbotones. Y es también entonces cuando reconozco el lugar donde me encuentro, el portal bajo el que me he refugiado para recuperar el aliento, donde he debido acudir por inercia, simple y ciega como el instinto. Alguien me cubre con una mullida toalla cálida y seca, y me llaman loca, y empiezo a distinguir los rostros que hay frente a mí. Siento unos brazos rodeándome y estrechándome con el cariño que solo esa extraña familia que son tus amigos son capaces de darte. Y es cuando me doy cuenta de que sí, sin ti es difícil respirar y salir adelante con una sonrisa, pero sin ellos, sin su calor, sin sus abrazos gratuitos y totalmente desinteresados, y aunque realmente no terminen de comprender cómo me siento ahora, no sería capaz de sobrevivir.
Así que, me digo mirando la lluvia caer cada vez más pausadamente, fue bonito mientras duró, quizá coincidamos en otra vida, y entonces ya probaremos suerte de nuevo.
29 de agosto de 2011

domingo, 18 de septiembre de 2011

Only when I sleep

                             "I'd fall asleep and then I'd dream of you again."
Me despierto sobresaltada, he vuelto a soñar contigo. El sueño reciente se va convirtiendo lentamente en cúmulos de imágenes inconexas que se disuelven perezosamente en mi conciencia como volutas de vapor, atormentándome y forzando a mi mente a sumergirse en unos recuerdos dolorosos y dulces de un pasado aún demasiado reciente. Me incorporo en la cama y me echo el pelo del flequillo hacia atrás con los dedos, segura de que no voy a ser capaz de conciliar el sueño de nuevo.
No es la primera vez que me pasa, ni la última tampoco seguramente. He soñado contigo tantas veces desde que nos separamos que he perdido la cuenta, y empiezo a preguntarme si no me estaré obsesionando demasiado y si esto que me está matando por dentro es normal. Sé que debería olvidarme de ti, que eso sería lo lógico y lo menos doloroso, pero nadie sabe lo mucho que me está costando superar que lo nuestro ya no existe. Pienso que con el tiempo me curaré, que quedarás como un bonito recuerdo, una experiencia más de la que me acordaré con cariño, el tipo de cosas en las que solo piensas de vez en cuando y te sorprendes de que se hayan cubierto de polvo dentro de ese cajón cerrado con llave en tu corazón. Pero de momento, no tengo fuerzas para intentar ni convencerme de ello ni ganas de engañarme a mí misma diciéndome que ya no pienso en ti de la misma manera. Ha veces incluso, en esos momentos de bajeza en los que el mundo se te derrumba, he llegado a preguntarme si no fue una buena idea llegar algo más lejos de los juegos de miradas, si no me arrepentiré de que el primero en robarme un beso fue un tipo que solo conocía una semana.
Miro por la ventana, el cielo está empezando a aclararse; en lo alto del firmamento las últimas estrellas ya están desapareciendo, y en el horizonte, una franja dorada de luz solar empieza a teñir las nubes de color rosa. Contemplo embelesada la bola roja del sol asomarse tras la línea que separa el cielo de la tierra, alzándose majestuosamente con ese color anaranjado del amanecer, aparentemente cercano. Aparto la vista de la hermosa estampa de la salida del sol, los ojos me lagrimean, no sé si por el brillo ardiente y cegador del astro rey o por esos malditos recuerdos. Porque este amanecer es aquel que prometimos ver juntos, después de despertarnos abrazados entre las sábanas; es ese deseo que se rompió en mil pedazos en la soledad de mi cuarto esa misma mañana, porque tú ya no estabas conmigo, te había apartado de mi lado. Sé que aquel último día, teñido de lágrimas de despedida y desesperadas palabras de amor, tú estabas contemplando el mismo amanecer desde tu cuarto, pensando en mí con esa sonrisa ladeada tuya y quizá sintiendo aún el sabor de mi boca en la tuya consciente de que aquel era nuestro último amanecer.
Y lo sabíamos: lo nuestro había tocado fondo. Simplemente no queríamos verlo, tratamos de conservar la pasión de aquella semana incluso cuando ya no nos veíamos, y ahora volvemos la cabeza para no ver la escarcha que tiñe nuestro futuro imposible. Y por mucho que sepa que nuestros caminos se separaron hace días, con el último “te quiero”, hoy me pregunto si tal vez tú estarás a cientos de kilómetros de mí mirando el sol alzándose como una incandescente bola de fuego en el horizonte; si estarás como yo, tratando de recordar la sensación de nuestros labios acariciándose, o si acaso ya los habrás olvidado y sustituido por los de otra chica más asequible que está tumbada a tu lado.
Cierro los ojos y me toco los labios con los dedos, imaginando que son los tuyos, y casi lo consigo, casi te veo inclinándote hacia mí y besándome con la desesperación y la emoción contenida del último abrazo, abandonándote en mi boca por última vez ya, estirando al máximo el momento porque nos daba pánico separarnos. Me pregunto si a ti también te habrá asaltado una ensoñación así últimamente y si cruzaré por tu mente, paseándome entre nuestros recuerdos. Dicen por ahí que si sueñas con alguien es porque esa persona se ha quedado dormida pensando en ti muy intensamente, y por primera vez me lo creo, dejo que esa pequeña ilusión infantil tome forma y prenda como una pequeña llama dentro de mí, y te imagino tumbado en una cama demasiado grande, abrazado a un espacio vacío que ojalá yo pudiera llenar.
Quizá te has dormido recreando un reencuentro más que improbable y que mi mirada te ha perseguido en sueños, y que esta noche hemos estado abrazados de nuevo en oro lugar místico y tan lejano como la galaxia más remota, y que ese beso que me arde en los labios ha sido real. A lo mejor, si vuelvo a cerrar los ojos y lo deseo con esa fuerza capaz de destruir murallas, sentiré tus dedos rozando mi piel en una efímera caricia y contemplaremos un nuevo amanecer, juntos en sueños.
14 de agosto de 2011

lunes, 12 de septiembre de 2011

What hurts the most



"If you don't wanna get your heart broken, pretend you don't have one"
Nunca sabes en qué momento te enamoras de una persona, simplemente pasa, de repente quizá cruzas una mirada, un comentario, o simplemente un pensamiento que pasa por tu cabeza, y nada vuelve a ser lo mismo, porque empiezas a sentir un cosquilleo en el estómago cuando lo ves, un extraño tamborileo desenfrenado dentro de tu pecho cuando vas cerca de él. Y ese es el momento en que lo sabes, has caído en sus redes, esa persona es la elegida, y nunca sabes por cuánto tiempo lo será, cuánto tiempo aguantarás con ese hilo invisible que te une a él como un cable de acero, no sabes qué pasará, solo hay algo seguro: vas a sufrir, porque el amor, a corto o largo plazo, te dolerá.
Ese es también probablemente el momento real en que te das cuenta de lo que sientes por alguien, el instante en que te hunden el frío puñal por la espalda y notas como la escarcha del desengaño te cubre lentamente, como el ardor de las lágrimas contenidas te obliga a fijar tu mirada en el suelo. Puede ser simplemente una frase que él ha dicho, puede que sea algún comentario que alguien deja caer sin mala intención, o puede ser algo peor, puede ser un beso a tu espalda con una desconocida, como un sablazo a traición. Ese es probablemente el momento en que te das cuenta de que le amabas y que nunca será tuyo, y duele, duele mucho.
Sientes como si todo se congelara a tu alrededor, como si todo hubiera perdido su color y nada fuera importante. Se te encoje el estómago como una pelota, pero no es un retortijón suave y casi placentero como el que te entraba cuando le veías antes, sino que te provoca unas terribles ganas de vomitar. El corazón te da un vuelco al ver ese cuerpo soldado al de alguien que no eres tú, y sientes como tus ojos se llenan de lágrimas amargas de desengaño, de dolor e incluso de orgullo herido, porque te das cuenta de que él no era como tú te habías imaginado, y la imagen idealizada que te has hecho de esa persona se desmorona delante de ti al ver lo fácil que le resulta liarse con una tía a la que ni siquiera conoce.
La música pierde volumen en el ambiente, o al menos eso te parece mientras intentas no mirarlo fundir sus labios seductores con los de la otra con pasión. Miras al suelo y entrecierras los ojos, empeñada obstinadamente en que ni una sola lágrima escape delante de todo el mundo, porque si algo quieres es que no se note que te acaban de romper el corazón en pedazos, porque acabas de decidir que esto no volverá a pasar nunca y que debes transformarte en un bloque de hielo sin sentimientos, o al menos parecerlo, porque es la única manera de que no te hagan daño, o al menos, que no se te note lo que duele. Intentas seguir bailando como si nada, como si el chico que te gusta no estuviera magreándose con esa rubia justo a tus espaldas, intentas sonreír pero no estás segura de que esa expresión que hay estampada en tu cara no sea una mueca de asco, o de asfixia, porque eso es lo que sientes mientras tu corazón se rompe en tu interior.
Haces como que no has visto nada; pero lo has visto y te mueres por dentro. La música parece demasiado estridente y retumba en tu pecho vacío; son melodías conocidas, pero ahora es como si de repente sonara a música fúnebre. Intentas mover tus caderas al ritmo y no mirarle a él, pero notas un par de ojos fijos en ti con una expresión de lástima camuflada en la adrenalina del ambiente, y sabes que por lo menos ella sí que se ha dado cuenta de lo que duele. Pero ahora más que nunca debes sonreír, mostrar tu mejor cara al mundo, porque al fin y al cabo es a ti a quien te toca ayudar a reparar los corazones rotos de los demás, y encargarte después del tuyo. Haces un esfuerzo por seguir el ritmo de la música por sonreír y fingir que te hace gracia, y que él no te importa en absoluto.
Pero llega un momento en que a pesar de que tu cabeza está inundada de pensamientos superficiales, tus ojos se llenan de lágrimas porque no puedes evitar mirar a ese que tanto daño te está haciendo. Y ya no puedes soportarlo más, te largas de allí con la excusa de que el ambiente está muy cargado y te escurres entre la multitud enloquecida como si fueras un soplo de brisa sin importancia. Y cuando sales a la calle las lágrimas saladas ya corren por tus mejillas como un caudal irrefrenable, y en ese momento eres consciente del puñal que acaba de clavarte a la espalda y a traición, sin ni siquiera ser consciente de ello, y te prometes que cuando lo superes, nunca jamás volverán a hacértelo.
10 de septiembre de 2011