lunes, 12 de septiembre de 2011

What hurts the most



"If you don't wanna get your heart broken, pretend you don't have one"
Nunca sabes en qué momento te enamoras de una persona, simplemente pasa, de repente quizá cruzas una mirada, un comentario, o simplemente un pensamiento que pasa por tu cabeza, y nada vuelve a ser lo mismo, porque empiezas a sentir un cosquilleo en el estómago cuando lo ves, un extraño tamborileo desenfrenado dentro de tu pecho cuando vas cerca de él. Y ese es el momento en que lo sabes, has caído en sus redes, esa persona es la elegida, y nunca sabes por cuánto tiempo lo será, cuánto tiempo aguantarás con ese hilo invisible que te une a él como un cable de acero, no sabes qué pasará, solo hay algo seguro: vas a sufrir, porque el amor, a corto o largo plazo, te dolerá.
Ese es también probablemente el momento real en que te das cuenta de lo que sientes por alguien, el instante en que te hunden el frío puñal por la espalda y notas como la escarcha del desengaño te cubre lentamente, como el ardor de las lágrimas contenidas te obliga a fijar tu mirada en el suelo. Puede ser simplemente una frase que él ha dicho, puede que sea algún comentario que alguien deja caer sin mala intención, o puede ser algo peor, puede ser un beso a tu espalda con una desconocida, como un sablazo a traición. Ese es probablemente el momento en que te das cuenta de que le amabas y que nunca será tuyo, y duele, duele mucho.
Sientes como si todo se congelara a tu alrededor, como si todo hubiera perdido su color y nada fuera importante. Se te encoje el estómago como una pelota, pero no es un retortijón suave y casi placentero como el que te entraba cuando le veías antes, sino que te provoca unas terribles ganas de vomitar. El corazón te da un vuelco al ver ese cuerpo soldado al de alguien que no eres tú, y sientes como tus ojos se llenan de lágrimas amargas de desengaño, de dolor e incluso de orgullo herido, porque te das cuenta de que él no era como tú te habías imaginado, y la imagen idealizada que te has hecho de esa persona se desmorona delante de ti al ver lo fácil que le resulta liarse con una tía a la que ni siquiera conoce.
La música pierde volumen en el ambiente, o al menos eso te parece mientras intentas no mirarlo fundir sus labios seductores con los de la otra con pasión. Miras al suelo y entrecierras los ojos, empeñada obstinadamente en que ni una sola lágrima escape delante de todo el mundo, porque si algo quieres es que no se note que te acaban de romper el corazón en pedazos, porque acabas de decidir que esto no volverá a pasar nunca y que debes transformarte en un bloque de hielo sin sentimientos, o al menos parecerlo, porque es la única manera de que no te hagan daño, o al menos, que no se te note lo que duele. Intentas seguir bailando como si nada, como si el chico que te gusta no estuviera magreándose con esa rubia justo a tus espaldas, intentas sonreír pero no estás segura de que esa expresión que hay estampada en tu cara no sea una mueca de asco, o de asfixia, porque eso es lo que sientes mientras tu corazón se rompe en tu interior.
Haces como que no has visto nada; pero lo has visto y te mueres por dentro. La música parece demasiado estridente y retumba en tu pecho vacío; son melodías conocidas, pero ahora es como si de repente sonara a música fúnebre. Intentas mover tus caderas al ritmo y no mirarle a él, pero notas un par de ojos fijos en ti con una expresión de lástima camuflada en la adrenalina del ambiente, y sabes que por lo menos ella sí que se ha dado cuenta de lo que duele. Pero ahora más que nunca debes sonreír, mostrar tu mejor cara al mundo, porque al fin y al cabo es a ti a quien te toca ayudar a reparar los corazones rotos de los demás, y encargarte después del tuyo. Haces un esfuerzo por seguir el ritmo de la música por sonreír y fingir que te hace gracia, y que él no te importa en absoluto.
Pero llega un momento en que a pesar de que tu cabeza está inundada de pensamientos superficiales, tus ojos se llenan de lágrimas porque no puedes evitar mirar a ese que tanto daño te está haciendo. Y ya no puedes soportarlo más, te largas de allí con la excusa de que el ambiente está muy cargado y te escurres entre la multitud enloquecida como si fueras un soplo de brisa sin importancia. Y cuando sales a la calle las lágrimas saladas ya corren por tus mejillas como un caudal irrefrenable, y en ese momento eres consciente del puñal que acaba de clavarte a la espalda y a traición, sin ni siquiera ser consciente de ello, y te prometes que cuando lo superes, nunca jamás volverán a hacértelo.
10 de septiembre de 2011

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