jueves, 29 de diciembre de 2011

A friend like you

"Gracias por escribirme esa canción, por arañarme el corazón, por ser así como tú eres. Gracias por los consejos que me das, por no olvidarme si te vas, por no quererme un poco más. Gracias por caminar siempre al revés, por derretirte si me ves, por alargar ese momento. Gracias por ayudarme a que me duerma, por el cariño y la paciencia cuando todo iba mal. Gracias por todas esas cosas que no se pueden contar"
Hay pocas veces en la vida en las que sientes esta increíble complicidad con alguien, que se parece más a un lazo de sangre que a una simple amistad. Es increíble esa sensación de hablar de una persona casi anticipándote a sus respuestas, porque es como si estuvieras dentro de su cabeza todo el rato y pudieras ver cada uno de sus pensamientos, esa confianza que no sabes de dónde ha surgido pero que te empuja a querer compartirlo todo con esa persona y que te hace sentirte completamente seguro a su lado, con la certeza de que le entregarías tu propia vida sin dudarlo y que él o ella haría lo mismo por ti. Es genial y único, es algo que solo llegas a experimentar con unas cuantas personas en la vida, y es un sentimiento tan increíble que lo único que deseas es tener a ese alguien a tu lado; no es un amor basado en la atracción física, es un amor casi de hermanos, porque harías lo que fuera por tenerle siempre ahí detrás de ti como una sombra protectora. Es algo extraño, jamás te cansarías de estar con alguien así, jamás dejarías de hablar con esa persona porque saltas de un tema a otro y la conversación nunca es menos absorbente, e incluso en esos instantes en los que dejáis de hablar, el silencio no es algo incómodo que intentas llenar de palabras vacías y huecas, sino la clase de silencio que te envuelve como una cálida manta y que esta lleno de cosas que no dices en voz alta porque son demasiado grandes como para expresarlas con la voz.
Eso, querido desconocido, es la amistad. Es un cariño tan grande como la mayor de las galaxias, algo totalmente incondicional y desinteresado, porque simplemente quieres verle sonreír, y eso te basta para ser feliz, porque esas sonrisas siempre son contagiosas, porque harías lo que fuera por esa persona con tal de escucharla reír. Y quizá haya momentos en los que te sientas sola, en los que pienses que nadie puede llegar a comprenderte ni consolar este dolor que sientes por dentro, pero ellos siempre estarán ahí ofreciéndote su hombro para llorar, comprenderán tus ganas de chillar aunque por tu boca no escape ningún sonido, y siempre estarán dispuestos a escuchar esas penas que algunas veces ni siquiera puedes contarles. Es así, nunca sabes cuándo y con qué persona te va a tocar, ni siquiera si vas a sentirlo alguna vez, pero cuando llega, lo sabes con absoluta certeza, porque un alma gemela no tiene por qué ser alguien de quien estás enamorado; un alma gemela es alguien que lo sabe todo sobre ti y que casi puede leerte la mente y que averiguará detrás de qué sonrisa se esconde una lágrima amarga, un alma gemela es alguien con quien simplemente encajas perfectamente, como si fuera tu complementario, algo sin lo que no estarías completo, algo que si no lo encuentras sientes que te falta algo toda tu vida.
Y por todo eso, gracias, porque es gracias a ti por quien me siento especial, porque encontrar a alguien así no es algo que le pase a cualquiera, y me siento totalmente afortunada porque mi camino se haya cruzado con el de alguien tan genial, tan estupendo como tú. Porque al fin y al cabo, ¿qué son los mejores amigos? Los mejores amigos son hermanos que elijes. Y los hermanos morirían y matarían por ti, y simplemente te confiarían hasta el más preciado de sus secretos con la seguridad de que estará a salvo contigo. Eso es la amistad para mí, algo tan simple y a la vez tan grande, que muchas veces lo pasamos por alto, lo despreciamos, e incluso ignoramos su enorme apoyo con nuestro enorme egoísmo, creyéndonos capaces de sobrevivir en soledad en este vasto mundo. Por eso a ti, te aconsejo que si encuentras a alguien tan especial, nunca lo dejes escapar, porque si lo haces, nadie jamás será capaz de llenar ese vacío que deja un amigo que se va y te arrepentirás de ello toda tu vida. Porque este camino es demasiado largo para recorrerlo solos.

lunes, 31 de octubre de 2011

Death dresses in red


"Can you hear me, can you feel me in your arms holding my last breath, safe inside myself, are of my thoughts of you sweet raptured ligth, it ends here tonight"
 Era una noche fría como ninguna otra, el aliento se congelaba en el aire, una noche oscura y sin luna, incluso las estrellas titilaban débilmente allá en lo alto, más lejanas e inalcanzables que nunca. Soplaba una suave brisa gélida que traía el sutil aroma del invierno, que penetraba a través de todas las capas de ropa, por gruesas que fueran, y helaba hasta el tuétano de los huesos, y removía las ramas más altas de los árboles, provocando horribles crujidos y susurros que helaban la sangre hasta del más valiente.
Adara caminaba aterrada por el estrecho sendero de grava que atravesaba el bosque, no tenía ni idea de si estaba yendo en dirección correcta o si simplemente se estaba adentrando más y más hacia el corazón de la espesura, estaba completamente perdida, y no sabía cómo orientarse con aquella condenada oscuridad y entre tanto árbol. La noche había terminado de caer sobre ella hacía un buen rato– ya había perdido hasta la conciencia del tiempo–, primero tiñendo el cielo de color rojo y después arrebatándole el color a todo; apenas podía ver dos metros por delante de ella y a su alrededor solo podía ver sombras fantasmales que se agitaban al ritmo de la brisa y que parecían siniestras manos agitando los dedos hacia ella para atraparla. Adara había oído que el bosque de noche estaba absolutamente silencioso– alguien no sabía de lo que hablaba–, pero definitivamente el más pesado de los silencios hubiera sido mejor que aquella fantasmagórica sinfonía de crujidos, susurros y aleteos que parecían provenir de todas partes y de ninguna en concreto.
Ciega y desorientada, lo único que podía hacer era colocar un pie por delante de otro y rezar por no salirse del sendero, que estaba tan cubierto de hojas húmedas y secas que casi ya ni podía distinguirlo, de hecho, ni siquiera estaba segura de no estar caminando en círculos. Intentaba no pensar en nada, mantener la cabeza fría y la mente en blanco, que es lo que se supone que funciona en momentos así– aunque, si había algún manual sobre cómo mantener la calma, perdida en un bosque en plena noche, le gustaría verlo–, pero tenía la espalda empapada por un característico sudor frío y pegajoso, las manos le temblaban violentamente cómo si hubiera metido los dedos amoratados por el frío dentro de un enchufe, y no dejaba de mirar histéricamente a ambos lados, paranoica y desesperada, a pesar de que no podía ver nada. Se sentía cómo si se estuviera ahogando, como si una mano helada estuviera aprisionándole los pulmones, y se sentía débil, sin fuerzas para correr, como si al siguiente paso fuera a desfallecer y a desplomarse sobre la tierra.
Sentía un terror irracional apoderándose de su conciencia y de su cordura, sus cuerdas vocales querían chillar hasta desgarrarse pero estaban secas e hinchadas por el miedo, impidiéndole emitir ningún sonido, y todos sus sentidos estaban amplificados y agudizados por la adrenalina que zumbaba en sus venas, eso era lo peor, poder escuchar hasta el más mínimo sonido en la espesura, y que su corazón se paralizara en cuanto detectaba una sombra fuera de lugar por el rabillo del ojo. Estaba mareada, de frío y de hambre, y sobre todo de desesperación, estaba a punto de desmayarse, y aquella absoluta y amenazadora oscuridad realmente bastaba para enloquecer a cualquiera.
En algún momento, quizá su mente le jugó una mala pasada, quizá fue un espejismo causado por el cansancio, pero de repente una luz fugaz apareció entre los árboles, iluminando sus ramas nudosas un instante para desaparecer tan rápido como había venido. Adara retrocedió de un potente salto, temblando tan violentamente que parecía presa de un ataque de convulsiones, y parpadeó varias veces seguidas rápidamente, mirando hacia todos lados histéricamente como si deseara abarcar todo el bosque con una sola mirada. Pero aquella luz rojiza que le había parecido ver no volvió a aparecer, como si solo hubiera sido un producto de su imaginación, colapsada en aquel momento.
Siguió andando, pero era como si algo hubiese cambiado. De repente, cualquier ruido la sobresaltaba, un crujido a su espalda bastaba para que un peso le aplastara el pecho y le detuviera el pulso un instante, y tenía la absurda paranoia de que había unos ojos, rojos como brasas, clavados a su espalda, como un arquero experto tratando de calcular el punto exacto donde hundir su saeta. Sin embargo, cada vez que volvía la cabeza, no había nada, salvo una terrible y opresiva oscuridad, y a pesar de saber que estaba sola, aquella sensación de que la estaban siguiendo, de que alguien estaba pisando sus propias huellas– o peor aún, guiándolas hacia lo más profundo de la montaña– se hacía más angustiosa por momentos. El viento soplaba con más fuerza, y susurraba murmullos ininteligibles a su espalda, como una voz burlona augurándole la sentencia de muerte en un idioma desconocido, el idioma del bosque, que la había engullido y la arrastraba hacia sus dominios. Era como si algo hubiera absorbido el poco calor del aire, cubriéndolo todo de una fina escarcha invisible, atenazando sus entrañas con un frío inhumano e insoportable, retorciendo su estómago y su corazón con su mano heladora y afilada como puñales de hielo, provocando que sus dedos se hincharan y comenzaran a acusar los dolorosos signos de la congelación.
Y justo en el instante en que de verdad tenía la sensación de que unos dedos invisibles le aprisionaban la garganta impidiéndole respirar, el destello rojo de antes volvió a deslumbrarla en la espesura. Sin embargo, aquella vez no solo iluminó los árboles más cercanos, cuyas ramas estaban desnudas como esqueletos de madera, sino que Adara juraría que allí había una silueta humana, apenas un negro perfil recortado en la luz. Hipnotizada, siguió observando aquel punto hasta que la luz, tras unas milésimas de segundo que se alargaron como meses enteros, desapareció sin dejar el mínimo rastro. Con las piernas inseguras, tan temblorosas que dejarían de sostenerla de un momento a otro, Adara se arrastró hacia el recuerdo de aquella sombra espectral, sin ser consciente de que se había salido del sendero seguro, como si una mano gigantesca hubiera atrapado los débiles hilos de su conciencia y guiara sus pasos.
Sus ojos abiertos miraban fijamente el lugar entre dos robles centenarios donde había desaparecido la sombra, pero no veían nada, como si sus pupilas hubieran sido cubiertas por un velo invisible. El viento chirriaba de forma extraña a su alrededor, como si su cuerpo hubiera sido envuelto por una inexplicable corriente de aire, que la mareó y la desorientó ya totalmente, provocando que las rodillas se le aflojaran y las piernas dejaran de sostenerla. Aterrada, Adara vio como el suelo se acercaba peligrosamente a su cara sin poder hacer nada para frenar la caída, porque algo suave y fuerte le mantenía los brazos paralizados tras su espalda. Recuperando la conciencia gracias al dolor de las ramitas haciendo cortes sobre sus mejillas, Adara se levantó como pudo, histérica y sin sentir las manos, como si el riego sanguíneo se hubiera detenido en esa zona, y echó a correr sin rumbo fijo, con el único propósito de escapar de algo inexplicable.
Corrió y corrió lo más rápido que le permitían sus piernas entumecidas, hasta que los tendones de los gemelos chillaron de dolor y la punzada del flato casi le impidió respirar, como si se tratara de un puñal clavado en su costado, y a pesar de todo, tenía la horrible sensación de no haberse movido del sitio. Las lágrimas comenzaron a correr por sus mejillas doloridas y ateridas por el frío y los cortes al darse cuenta de que estaba justo entre los dos robles donde había visto al extraño, que la había atrapado con su hechizo.
Intentó gritar, pero no encontró las cuerdas vocales para hacerlo, y entre sus labios abiertos y agrietados solo escapó el sonido chirriante del aire expulsado por sus pulmones. Y entonces, como una respuesta fantasmal a su grito silencioso, Adara escuchó una risa malévola y deliberadamente suave tras ella, y el crujido de unos pasos espectrales que parecían no rozar las hojas secas que tapizaban el suelo acercarse lentamente, como un felino aproximándose a su presa indefensa. Desesperada, Adara intentó echar a correr en dirección contraria a aquel sonido cuyo dueño se amparaba en las sombras, pero al dar el primer paso, algo se enredó en su tobillo, una rama traicionera, o acaso una mano que emergía de la tierra, y la hizo caer de rodillas de nuevo sobre la tierra húmeda y fría.
Se encogió sobre sí misma y apretó los párpados, con esa horrible certeza que nunca piensas que llegarás a sentir, pero que cuando llega hace que toda tu vida pase por delante de tus ojos en miles de imágenes fugaces. Sintió un soplo de aire gélido en la nuca, como el frío aliento de la muerte, e inconscientemente, como si su cuerpo se rebelara ante la idea de que aquello era el fin, se arrastró penosamente sobre el suelo hasta que su espalda chocó contra el áspero tronco de un árbol. Adara tragó saliva y contó mentalmente hasta cien respirando hondo varias veces, luchando por coger un larga bocanada de aire por la nariz, y expulsarla lentamente por la boca, tratando desesperadamente de convencerse de que aquello solo podía ser una pesadilla, un producto de su mente, que con aquella oscuridad no podía estar muy lúcida y le hacía ver sombras donde no las había.
Cuando por fin se atrevió a abrir los ojos de nuevo, lentamente, no había nada delante de ella, salvo una impenetrable y densa oscuridad, y el silencio– bueno, el silencio relativo del bosque, claro– había vuelto a hacerse, como si nada hubiera perturbado la quietud de aquella apacible noche de finales de otoño. Intentando reírse de sí misma, Adara se dispuso a incorporarse, pero una parte de ella, quizá un sexto sentido, la alertó y la obligó a mirar por encima del hombro a su espalda. Y sus ojos ya no se despegaron de allí. Era un hombre, sin rostro, apenas una sombra más del bosque, sólo unos hipnóticos ojos flotando en la negrura. Eran rojos, rojos como la sangre, rojos como la luna en un eclipse en una noche oscura, y un extraño símbolo negro, como dibujado con tinta china, giraba enloquecido en aquellos iris hipnóticos y mortales, atrayendo a su conciencia hacia la pesada calma de la muerte. Una muerte vestida de rojo.
Lo último que vio Adara, la última imagen que quedó grabada en su retina antes de que su mirada se apagara para siempre, fue su rostro, hermoso y pálido, iluminado por una luz que parecía provenir de su propia piel, con una atractiva sonrisa de dientes perfectamente alineados, una sonrisa lobuna, tenía los cabellos oscuros y con el flequillo cayendo desordenadamente sobre su frente, y ese intenso color negro contrastaba notablemente con la palidez de su piel y con la blancura impoluta de su camisa. Era él. Su amor. Y su asesino.
La muerte de ojos rojos contempló impasible, sin variar su gélida expresión impenetrable e indescifrable, cómo la vida se evaporaba de aquel cuerpo humano, y saboreó con deleite el aroma de su cálida y delicada juventud, y observó casi con curiosidad la mueca de fatal traición y mortal reconocimiento que había quedado impresa para siempre en sus congeladas facciones de niña. La cogió delicadamente en brazos, casi como un amante, dejando que los miembros de la muchacha colgaran laxos y sin vida, y tras una última mirada despectiva hacia aquel roble maldito bajo el que tantas almas insensatas habían perecido, desapareció como una estrella fugaz en el firmamento, sin dejar el más mínimo rastro, como si nunca hubiera existido, como si aquella noche del 31 de octubre fuera en realidad tan silenciosa y apacible como las demás.
El cuerpo de Adara fue encontrado al día siguiente a la entrada de un pueblo situado apenas a un par de kilómetros de aquel tenebroso bosque que amparaba a las más oscuras criaturas. Sus ojos todavía estaban abiertos, clavados para siempre en un punto fijo en el infinito, y sus hermosos rasgos deformados para siempre en una grotesca mueca traicionada y herida. Había muerto de un paro cardíaco y presentaba severos signos de congelación. Dentro de su cuerpo no quedaba ni una sola gota de sangre.
Ahora, dime, ¿te atreves a caminar conmigo hacia ese bosque, cómplice de miles de secretos?
31 de octubre de 2011

domingo, 30 de octubre de 2011

Nothing but a dream


“Our fingers were touching and we said nothing, but well, in the way we touched, we said it all”
Es extraño, me siento fuera de lugar, es como si no debiera estar aquí, como si de repente hubiera abierto los ojos en un sitio totalmente diferente al lugar en el que estaba cuando los había cerrado. Hay algo que me martillea en la conciencia, pero no logro distinguirlo, como si tuviera que hacer algo y no pudiera recordarlo, estoy en ese conocido parque que me ha visto crecer, ese que me he pateado tantas veces que me conozco todos y cada uno de sus árboles, todos sus oscuros rincones, siempre húmedos porque las inalcanzables copas de los pinos centenarios tapan eternamente la luz del sol. Debe de ser tarde, los pedacitos de cielo que puedo ver entre las hojas está oscuro y salpicado de estrellas, que brillan como cuentas de diamante perdidas en el firmamento, las farolas de la calle están encendidas, y su luz anaranjada proyecta sombras alargadas y fantasmagóricas en la tierra del suelo. Hace frío, el gélido viento nocturno que anuncia la proximidad del invierno se cuela por dentro de la cazadora de cuero y me pone la piel de los brazos de gallina.
Aún no sé qué hago aquí. Entonces me doy cuenta de que no estoy sola, estoy rodeada de gente a la que conozco. Todos mis amigos. Es como si fuera una tarde normal de viernes, quizá soy yo la que me he despistado un poco y simplemente he desconectado de la realidad durante un buen rato, y por eso estoy tan desorientada. Tú también estás, con esos ojos negros tuyos que bastarían para guiarme en la más densa oscuridad, y esa sonrisa ladeada eterna, que siempre me hace pensar que estás tramando algo. Intento no quedarme embobada mirándote, pero es inevitable, atraes a mis ojos como si fueras un poderoso imán, me haces sentir como un patético satélite atado a la inevitable gravedad de un planeta. Me cruzo de brazos y suspiro, y me quedo unos segundos contemplando las volutas de vaho que escapan entre mis labios, mi propio aliento condensándose en el aire. Tengo frío, y creo que es demasiado tarde y seguramente no debería andar por ahí a estas horas, todo es muy confuso, es como si no fuera dueña de mis actos y hubiera una mano gigantesca guiándome hacia un lugar desconocido.
Os pido que me acompañéis a casa, sin saber muy bien por qué estoy tan desesperada por escapar de un lugar tan apacible y acogedor como nuestro parque, nuestro templo. No entiendo por qué estoy tan nerviosa, tan inquieta, como si hubiera algo acechándome tras la esquina más próxima; quizá tiene algo que ver con tus ojos, que están clavados en mi espalda, taladrándome como una ardiente brasa sobre mi piel, con tal intensidad que casi siento como si te abrieras paso a través de mi alma y pudieras tener acceso a mis más íntimos secretos. Pides que nos detengamos un momento y te obedezco a regañadientes, preguntándome si nadie se da cuenta del frío que me está calando hasta el tuétano de los huesos. Arrugo el entrecejo al verte susurrarle algo al oído de todos, que han formado un corro curioso a tu alrededor, y siento como se me acelera el pulso cuando te acercas a mí. Sin embargo, para mi enorme desilusión, pasas por delante de mí como una exhalación, sin decirme nada, como si no existiera, como si fuera completamente invisible y tú no pudieras verme. Aprieto los puños con tanta fuerza que me clavo las uñas en la palma de la mano hasta lograr hacerme daño, para alejar las lágrimas de orgullo herido, humillación y despecho que empiezan a amenazar con desbordarse sobre mis párpados.
Enfadada, contigo y con el mundo entero, y con unas irrefrenables ganas de golpear algo hasta lograr quebrarlo en millones de astillas irreconocibles, echo a andar a largas zancadas furiosas, sin esperar al resto, dejándote a mi espalda y aún con la molesta sensación de que tus ojos no se despegan de mí. Es doloroso, como si me estuvieras clavando un traicionero puñal una y otra vez entre los omoplatos, justo a la altura de ese estúpido órgano traidor e hipersensible llamado corazón. Pero entonces, me veo obligada a detenerme, y escucho tu voz susurrar mi nombre tan cerca que tu cálido aliento penetra por el cuello de la cazadora, erizándome el vello de la nuca. Cierro los ojos y aprieto los labios hasta convertirlos en una fina línea obstinada, negándome a volverme, prohibiéndome sucumbir otra vez al hechizo de tu mirada, de tu suave voz tras la que siempre parece esconderse una carcajada traviesa.
Intento seguir andando, pero tu mano, enredada alrededor de mi fina muñeca, me lo impide, y me descubro suspirando ante el calor que me transmite ese simple roce, gentil pero fuerte. De repente me encuentro con que solo estamos tú y yo en la calle, caminando solos y en silencio por una acera húmeda y encharcada por una fina lluvia que ni siquiera había sido consciente de que estaba cayendo. No hablamos, pero es como si todo estuviera dicho, como si tus ojos engarzados en los míos tuvieran el poder de decir justo esas palabras que son música para mis oídos, como si una mirada lo suficiente intensa pudiera derretir tu corazón y dejar al descubierto todos tus sentimientos. Sin saber por qué, me agarras la mano, entrelazando tus dedos largos con los míos, finos y en serio peligro de congelación, como si los cubrieras por una gruesa manta, con un calor que solo tú puedes proporcionarles. Es una situación demasiado surrealista, demasiado irreal, pero me descubro deseando que nada pueda interrumpirla, que pudiéramos seguir caminando agarrados de la mano eternamente. Porque nadie sabe cómo ese simple contacto puede llenarme tanto.
Acabamos de llegar a mi portal. Nos detenemos frente a la pesada puerta cuyos cristales están cubiertos por rejas negras, que reflejan la pálida luz de la farola, y tú sueltas mi mano casi perezosamente, como si te resistieras a dejar escapar mis dedos. Nos miramos fijamente, y en la oscuridad y el silencio de la noche, algo estalla entre nosotros, más poderoso que un rayo rasgando el cielo, más sonoro que una terrible explosión. Tus ojos negros parecen arder, como si dentro de ellos hubiera un poderosa hoguera alimentando un sentimiento al que no me atrevo a ponerle nombre, y esas brasas hipnóticas parecen encender algo dentro de mí, que hace que se me aflojen las rodillas y sienta como si algo frío se me hubiera atravesado en la garganta. El espacio entre nosotros está cargado de electricidad estática, el silencio que nos envuelve, lleno de palabras demasiado grandes y pesadas para decirlas en voz alta.
Y entonces ocurre el milagro, como si una estrella fugaz hubiera surcado los cielos y me hubiera concedido un deseo. Das un paso hacia mí, hasta que quedamos a apenas unos centímetros de distancia, casi rozándonos, y colocas tus dedos delicadamente bajo mi barbilla, alzándome la cabeza suavemente, yo te dejo hacer sin oponer resistencia, con una expresión de férreo y orgulloso autocontrol que oculta la tempestad que sacude mi interior. Puedo ver cómo se te dilatan las pupilas, saboreando la adrenalina por adelantado. Sé lo que viene a continuación, y lo deseo con toda mi alma, pero por otra parte no puedo evitar asustarme, porque no sé qué será después de nosotros dos, con unas personalidades tan opuestas, tan diferentes que solo lograremos hacernos daño.
Pero me dejo llevar, y te veo cerrar los ojos mientras tu rostro se acerca al mío más y más, y yo también dejo caer los párpados, porque sé que justo en el momento en que me toques, me quedaré ciega, y perderé la conciencia del mundo. Y en ese momento, tus labios se posan sobre los míos con infinita suavidad, mi corazón da un vuelco, y algo explota entre nosotros, intenso y cálido, como lava ardiente que arrastra nuestras conciencias, tiñendo el mundo de rojo, volviéndome hipersensible a tu olor, a tu sabor, al tacto cálido y suave de tu boca cubriendo la mía.
Y de repente, aspiro una brusca bocanada de aire de golpe y abro los ojos, y tu recuerdo se evapora tras mis párpados como un fantasma de polvo. Era sólo un sueño. Un jodido sueño que ha sido capaz de arrebatarme el aliento y de provocar que mi corazón lata desbocado, con el ritmo salvaje de un caballo corriendo a máximo galope. Un sueño que ha sido tan real que aún casi te puedo tocar, y es como si la sensación de tus labios acariciando lentamente a los míos aún hormigueara sobre mi piel. Me incorporo tan rápido que todo empieza a darme vueltas y trago saliva, intentando deshacer el nudo que se me ha hecho en la boca del estómago, ese nudo que siempre se forma cuando tú andas cerca, como si realmente hubieras estado a mi lado apenas hace unos segundos. Me froto los ojos, con la sensación de estar volviéndome loca, la imagen de tu rostro acercándose al mío casi con timidez ha quedado grabada a fuego en mi cerebro y desfila tras mis párpados una y otra vez como la repetitiva secuencia de un disco rayado. Me dejo caer de nuevo sobre la almohada, sintiéndome sola, ridícula y vacía, sin saber si echarme a llorar o a reír, de lo patética que soy, del poder de la maldita imaginación y de las malas pasadas que puede jugarnos la mente.
Al final, una carcajada amarga escapa entre mis labios, fríos y secos, mientras una lágrima caliente se desliza por mi sien y se pierde entre mis cabellos, como ese deseo roto en mil pedazos que por un momento he creído alcanzar, y que justo cuando lo rozaba con las yemas de los dedos, se ha evaporado, dejándome como una horrible carcasa vacía por dentro. Es horrible, me siento como si me hubieran arrancado una parte de mi ser, y es ridículo y completamente estúpido, porque he sentido ese beso como si fuera lo más real que me ha pasado en la vida.
Y sólo ha sido un maldito sueño.
                                                                                                                                 29 de octubre de 2011

viernes, 14 de octubre de 2011

Just escape

"Let's run away to a place where the air tastes like rain and the sun smells like a Sunday morning. Let's run away and never look back" 
 Era viernes, lo recuerdo bien. Un viernes que olía a otoño, con el cielo despejado con apenas un par de nubes algodonosas, como corderillos lanudos en el firmamento, el sol parecía terriblemente lejano y ya no calentaba la piel, la brisa sabía una lluvia que no tardaría en caer y a hojas secas, caídas y muertas, de unos árboles que parecían esqueletos marrones bordeando la acera. Sí, era viernes, lo recuerdo bien, porque no teníamos clase a primera hora, y Adele y yo caminábamos la una junto a la otra sin hablar por esa conocida calle solitaria.
Ambas cargábamos nuestras mochilas del colegio a la espalda, las dos tan diferentes y tan parecidas a la vez, una negra cubierta de chapas, la otra marrón con lunares de colores llamativos, pero ambas con el mismo contenido. Quizá mirando nuestras mochilas, te podías hacer una idea de la identidad de las dueñas. Adele, solitaria e independiente, con sus ideas rebeldes bien asentadas dentro de su cabezota, muy bien amueblada, yo quizá con una concepción más sentimental del mundo, más dependiente de las personas, pero con esas ideas tan inconformistas que nos caracterizaban a ambas. Ella llevaba sus adoradas Ray-ban de estilo aviador aportándole un aire misterioso a sus finos y aristocráticos rasgos, y estaba en proceso de liarse un nuevo cigarrillo con expresión de intensa concentración; Tony le había pegado esa odiosa manía de fumarse un cigarro todos los días antes de ir a clase, y digo horrible porque si no lo hacía luego estaba de un humor de perros y no había quién hablara con ella sin desear empujarla desde un quinto piso, y sin poder hablar con ella en clase, yo me aburría mucho.
Yo por mi parte, caminaba arrastrando mis queridas y maltratadas zapatillas Converse azules tras una larga noche sin pegar ojo; iba poniendo todo mi empeño en no lanzarle a mi mejor amiga una de esas miradas que te corroen como ácido y no ponerme a chillarle que tirara el puto cigarrillo al suelo. A veces, de verdad, me preguntaba cómo habíamos podido llegar a ser amigas siendo ambas tan diferentes, ella con esa mentalidad tan absolutamente pasota, ella a la que todo, todo le resbalaba, ya fuera lo que podía decir la gente de ella, como incluso lo que podía pasarle por fumarse ese odioso cigarro. Y yo, con mi cabeza bien amueblada, con mis ideas siempre claras y quizá demasiado maduras, con mi personalidad discreta y observadora. Quizá es que a las dos nos gusta demasiado discutir, quizá las dos somos demasiado cabezotas como para dar nuestro brazo a torcer, quizá porque unas personas con tantos temas de conversación, tantas cosas en las que no estábamos de acuerdos pero tantos otros temas que defendíamos a muerte y sin piedad, no podían pasar una vida separadas. Porque es en eso, en la diferencia, de donde puedes obtener las grandes cosas; si lo piensas, si ambas fuéramos idénticas, ¿qué podríamos aportarnos la una a la otra?, seríamos como espejos, aburrido, nada nuevo.
Iba yo dándole vueltas a la cabeza, mirando al chico rubio que iba delante de nosotras embebida en mis pensamientos, cuando por fin Adele logró encender de una vez por todas el puñetero cigarrito después de pelearle al menos cinco veces con la brisa que apagaba la tímida llama del mechero, y que yo agradecía silenciosamente. Tras una primera larga calada, en la que puso tal cara de placer y rélax que me entraron ganas de estamparle una de mis zapatillas en plena cara, se quedó parada sin razón aparente en mitad de la calle, con aspecto de estar a punto de hacerme una de sus filosóficas confesiones mañaneras.
–Sabes tía, odio esto– me soltó a bocajarro. Ante mi mirada confusa y paciente, prosiguió. –Sí, la rutina, siempre la misma mierda, vas al instituto, vuelves a casa, y luego vuelta a empezar. Estoy harta.
Yo no sabía si era porque la nicotina empezaba a hacerle efecto en sus complicados e intrincados circuitos cerebrales, o si realmente Adele me estaba haciendo uno de sus comentarios existencialistas de forma lúcida; en todo caso, en aquel momento, ese edificio, tan absolutamente soso que pretendía parecer moderno, que había a nuestra derecha, captó mi atención. Me quedé mirando la puerta de cristal de la estación, como hipnotizada, y solo pude acertar a responderle unas palabras que, en aquel momento, ni siquiera llegué a pensar:
–Pues yo me cogería un tren, tía, el primero que pasara. Y me largaría lejos, muy lejos de aquí, no importa donde, para escapar de este puto mundo.
Me encogí de hombros y suspiré. Y en aquel instante, Adele me escrutó atentamente con un brillo en los ojos que no supe descifrar, y para mi enorme sorpresa, se sacó el cigarrillo a medio consumir de entre los labios, lo lanzó al suelo casi con rabia y lo pisoteó con los tacones de sus botines negros de piel.
*O*O*O*O*O*
Era viernes, y el enorme reloj de las escaleras mecánicas marcaba cerca de las nueve y media de aquella reluciente mañana. En verdad me dio pena dejar las mochilas tiradas de cualquier manera, abandonadas en mitad de la estación, pero todos aquellos libros, todos aquellos apuntes llenos de dibujitos y frases llenas de significado al margen, nos hubieran estorbado en nuestra cruzada. Era una locura, una de estas ideas que surgen sin pensar, en el momento, era un plan descabellado que no tenía ni pies ni cabeza, algo estúpido, infantil e inmaduro. Pero, ahí está, nunca se vive una aventura, si se piensa demasiado.

sábado, 24 de septiembre de 2011

When I look at you

"When you look me in the eyes, when you’re right here by my side, I taste a glimse of heaven, I find my paradise"
¿Qué es el amor? Esa es una buena pregunta, una de esas a las que ya puedes darle vueltas pero nunca vas a encontrar la respuesta correcta. Algunos hablan de mariposas en el estómago, de una fuerte presión en el pecho y de corazones latiendo demasiado sano para ser saludable, de una sensación de euforia burbujeando en las venas; otros hablan de lágrimas, de sufrimiento, de dolor en el pecho, de trabamientos de lengua y de nudos en la garganta, de gritos contenidos, de palabras que no se dicen en voz alta. Quizá lleven razón, o quizá el amor ni siquiera exista y sea un estúpido sentimiento que el ser humano se ha inventado para justificar ese instinto que nos empuja hacia una persona en concreto, quizá sí que exista pero nosotros seamos demasiado egoístas para verlo, quizá simplemente somos lo suficientemente egocéntricos que creemos conocer algo que simplemente hemos rozado en contadas ocasiones con las yemas de los dedos.
Yo no sé si lo que siento ahora mismo muy dentro de mí es amor, o simplemente es atracción física pura y dura y quizá yo todavía soy demasiado inmadura, demasiado inexperta como para merecer experimentar algo tan grande. Yo solo sé que cuando te veo, algo florece dentro de mi pecho, se abre paso a través de mi interior como los pétalos de una rosa de fuego, me hace que el corazón me de un salto y me siento como si el vagón de la montaña rusa se hubiera precipitado al vacío a toda velocidad en una caída vertiginosa. Es una sensación extraña, que se apodera de todo mi cuerpo, juega con mis labios, dibujando una sonrisa tímida y expandiendo un cosquilleo placentero que sé que solo se aliviará si te siento cerca y que me empuja a caminar a tu lado. Mis ojos te buscan en la multitud, como un imán anclado a ti, como si hubiera un cable de acero que me une a tu cuerpo, y si se encuentran con los tuyos una especie de calor se expande por mi piel como un lengüetazo de fuego que solo tu mirada puede provocar, y me siento como si al observarte, me contagiaras ese curioso brillo tuyo a mí, como si fueras una estrella destacando en el oscuro cielo nocturno.
Y si eso no es amor, entonces que alguien me explique qué significa. Es algo que solo tus ojos negros pueden desencadenar, como una tormenta eléctrica en mi interior, como si el simple hecho de tenerte cerca fuera el mayor premio que me ha concedido el destino. Siento una opresión en el pecho, como si me quedara sin respiración, cada vez que nuestras miradas se cruzan, y se engarzan durante unos simples segundos que son como el recuerdo de una efímera caricia. Sólo esos ojos negros son capaces de hacerme perder la concentración por completo, me pongo nerviosa y me vuelvo tímida, siento palabras picándome en la lengua, pero no son esas las que escapan entre mis labios, se quedan ahí dentro, porque no me siento capaz de pronunciarlas. Por mi boca no salen más que tonterías temblorosas que te arrancan una sonrisa resplandeciente que me siento incapaz de ignorar, y mis ojos vuelven a clavarse en tus labios finos y curvados, seductores, que intentan empujarme hacia ti como una llamada que no puedes dejar de escuchar. Pero sé que jamás podré probarlos, y esa sensación de impotencia me mata por dentro, me rompe en miles de pedazos que se esparcen en mi interior sin que tú puedas llegar a intuirlos. Intento mantener la sonrisa, pero por más que intento no pensar en ello hay ocasiones en que no puedo escapar de esta frustración de estar día tras día a tu lado, observando calladamente todas y cada una de tus reacciones y cada uno de tus movimientos graciosos, mirando embobada esa sonrisa perfecta que roba corazones a su paso, sabiendo que por mucho que te desee jamás serás para mí.
Vuelvo a bajar la mirada y la clavo en las frías baldosas del suelo de la calle, cuyo color son el reflejo de mi estado de ánimo. Aprieto los puños y me muerdo los labios para no llorar, y vuelvo a alzar la barbilla, aparentando una seguridad en mí misma que tú simplemente echas por los suelos con una mirada de reojo de esas que me duelen como una descarga eléctrica. Y entonces el juego vuelve a empezar, pasas por mi lado, y no sé si ese roce que siento en el brazo ha sido intencionado o tontas imaginaciones mías, el mundo vuelve a cobrar color a tu alrededor, pestañeo ahuyentando todas esas lágrimas que empañaban mi mirada y mis ojos vuelven a brillar cuando te miro, como si tuvieras un halo de luz envolviéndote que solo yo soy capaz de ver. Siento una extraña sensación en las manos, y me llamo estúpida a mí misma, porque lo único que me apetece es tocarte, revolverte ese pelo oscuro que siempre llevas tan despeinado, entrelazar mis dedos fríos en los tuyos, averiguar si tu piel es tan suave como parece, descubrir si esos labios cálidos saben a paraíso tanto como creo.
Y entonces abres los brazos, haces un simple gesto, y tus ojos se cruzan con los míos en un instante que me parece eterno, y que nunca sé si has intentado prolongar, y nadie sabe lo difícil que se me hace resistir la absurda sensación de echar a correr y saltar hacia ti, dejar que tus brazos protectores me envuelvan con cariño, apoyar la cabeza en tu pecho firme y abandonarme al sonido de los latidos de tu corazón. Nadie sabe cómo me siento por dentro cuando me miras aunque sea por casualidad, nadie puede llegar a imaginar la sensación de soledad gélida que se expande por mis entrañas cuando te observo en la distancia sabiendo que tú nunca me corresponderás de la misma manera, porque eres demasiado superficial todavía para poder darte cuenta. Y me grito a mí misma por idiota y me desespero al mirar esas sensaciones que solo tú y tus magnéticos ojos de azabache pueden provocare, me siento estúpida mientras bebo de tu sonrisa como si fuera una gota de agua en pleno desierto. Y después me quedo sola, perdida en un océano de hielo en mitad de la oscuridad, y tengo ganas de gritar, de golpear las paredes con los puños para descargar esta rabia, de poder chillarte cómo haces que me sienta y de que escuches estas palabras que me da pavor decir en voz alta, y una vez más, mis lágrimas se convierten en tinta sobre el papel, como si fuera mi única vía de escape.
23 de septiembre de 2011


                                         

lunes, 19 de septiembre de 2011

When it rains

"I walk this empty street on the Boulevard of Broken Dreams, when the city sleeps and I’m the only one and I walk alone"
Hay nubarrones negros tiñendo el cielo con su textura algodonosa e hinchada, de ese tono gris oscuro casi púrpura de una tormenta. Sé que va a caer un buen aguacero, de esos que descargan con una furia abrasadora en pocos minutos y te calan hasta los huesos, pero sigo caminando por las calles desiertas de mi ciudad, que se han ido sumiendo en sombras conforme las nubes iban ganándole la partida a la clara luz solar. Parece una ciudad fantasma, no hay nadie caminando y el par de los pájaros se ha apagado, corre una suave brisa fresca que juguetea con las hojas secas que hay esparcidas sobre el suelo y zigzaguea por las esquinas, pero el aire sigue siendo denso y pesando, irrespirable. O puede que todo sea culpa de este estúpido sentimiento que aletarga todas las demás sensaciones, me aplasta y me apuñala, me cierra la boca del estómago y crea ilusiones absurdas en mi mente.
Me he prohibido pensar en ti, en tu nombre, en la cadencia de tu voz, en el sutil aroma que siempre te acompañaba y que parece haberse adherido a mi piel como un hechizo de presencia permanente, y que me golpea cada vez que doblo una esquina, acelerándome el pulso como si realmente estuvieras ahí. No he hecho muchos progresos todavía, pero intento convencerme de que todo es cuestión de tiempo, que la herida aún es demasiado reciente. Sin embargo, daría todo por desprenderme de estos recuerdos que me persiguen allá donde voy, en forma de fotografías plagadas de sonrisas, canciones que parecen hablar de nosotros y que reflejan cada uno de mis estados de ánimo, o simplemente sueños, que me acosan mientras duermo e incluso cada vez que cierro los ojos, acercándome a ti tanto que casi puedo tocarte y haciendo que poco después te desvanezcas en la niebla como un fantasma.
Todo es muy confuso. Es como si esos días junto a ti los hubiera vivido a través de los ojos de otra persona distinta a mí, alguien a quien no conozco y que se encarga de restregarme todos esos recuerdos como acribillándome sádicamente a balazos con sabor agridulce. A lo mejor es todo culpa de ese éxtasis en que te sume el primer amor, o quizá tu sabor me emborrachaba y me volvía adicta a tus labios. Quizá todo se reduzca a eso: adicción; te necesito como un drogata a su marihuana, como un alcohólico a su botella de whisky, como un fumador a su paquete de tabaco, porque para mí eres como una droga, la peor de todas. Porque este anhelo me está consumiendo por dentro y el deseo de sentir tus labios abriéndose paso sobre los míos con fiereza me quema, me mata, me vuelve loca. Solo quiero una cosa, es muy simple: volverte a ver; sin embargo, ahora intento pensar con objetividad y algo en mí se da cuenta de que sin nos viéramos de nuevo sería como abrir la herida de nuevo totalmente, volveríamos a caer, sería como tomar un poquito de droga: solo me haría desear más.
Intento convencerme de que lo voy superando, que en realidad ya no duele tanto, y es una mentira que he llegado a creerme un par de veces. Pero ya no sé qué es peor, si esa ilusión de los primeros días sin vernos en los que solo quería oír tu voz, o esta incertidumbre de saber que ya nada nos une y que nuestro frágil puente se ha derrumbado delante de nuestras narices, y que a pesar de todo, dentro de mí sigues tan presente como si fuera ayer. Quizá, de una manera u  otra, siempre te guardaré un hueco en mi corazón que visitaré de vez en cuando, porque el primer amor siempre marca, y ya lo único que me queda es preguntarme si tú harás lo mismo y si realmente fui la mejor de tu vida o solo un pasatiempo del que te olvidaste en seguida.
Sobre mi cabeza, retumba el grave sonido de un trueno, como si algo muy pesado se hubiera resquebrajado allá arriba. Miro hacia el cielo, pensando en que un día lo toque con la yema de los dedos para de repente darme cuenta de que solo era una ilusión que se deshizo como el humo en el viento. Un par de gotitas se estrellan sobre mis mejillas y resbalan sobre mi piel, seguidas por unas cuantas más, y de repente la cortina de lluvia se hace tan densa que todo se desdibuja y riela frente a mí.
Y no puedo evitarlo, abro los brazos dejando que el viento me empuje y echo la cabeza hacia atrás con los ojos cerrados, sintiendo el furioso golpeteo de la lluvia en mi cara. Solo cuando estoy totalmente empapada y mi piel empieza a acusar el frío repentino, echo a correr con todas mis fuerzas, sin rumbo, simplemente colocando un pie delante de otro cada vez más rápido. Una sonrisa empieza a tirar de mis labios y lentamente comienza a burbujear dentro de mi pecho hasta convertirse en una carcajada histérica, una risa sin sentido. Sigo corriendo en dirección desconocida, arrullada por el sonido bisbiseante de la lluvia golpeando el suelo rítmicamente y los truenos roncos resonando entre las lejanas nubes. Estoy completamente empapada, noto las frías gotas de agua clavándose en mi piel y resbalando por mi cuerpo como el recuerdo de una caricia, la camiseta se ha vuelto transparente y pesada como una manta, y los vaqueros cuelgan de mis caderas goteando, mis zapatillas de tela están también inundadas, pero nada puede compararse a la euforia de pisar otro charco y escuchar el chapoteo del agua.
Miles de gotas zigzaguean por mi piel y tiñen mi cabeza de diamantes cristalinos, arrastrando y limpiando todo a su paso. El poder depurador de la lluvia me sorprende, ha conseguido que mis pensamientos dejen de ser lúgubres y perdidos en el pasado y ha vuelvo mi mirada tranparente de nuevo. Me permito dedicarte unos últimos segundos antes de desterrarte de mi mente para siempre, ahora que me siento fuerte y mucho más libre. A ti te hubiera gustado verme así, sonriendo tontamente con el cabello pegado a la cara, me hubieras abrazado por detrás, entrelazando tus manos con las mías bajo mi pecho de esa manera tan tuya de darme calor, y quizá nos hubiéramos detenido para alejarnos de la gente y besarnos un instante tras una protectora esquina.
Pero debo asumir que eso es sol un bonito recuerdo precioso y que tengo que aprender a vivir de nuevo sin ti a mi lado. Respiro hondo y es cuando me doy cuenta de que esto tan cálido que se mezcla con la lluvia sobre mis mejillas y se pierde en mis labios son lágrimas de euforia que expulsan el doloroso y abrasivo anhelo de mi interior a borbotones. Y es también entonces cuando reconozco el lugar donde me encuentro, el portal bajo el que me he refugiado para recuperar el aliento, donde he debido acudir por inercia, simple y ciega como el instinto. Alguien me cubre con una mullida toalla cálida y seca, y me llaman loca, y empiezo a distinguir los rostros que hay frente a mí. Siento unos brazos rodeándome y estrechándome con el cariño que solo esa extraña familia que son tus amigos son capaces de darte. Y es cuando me doy cuenta de que sí, sin ti es difícil respirar y salir adelante con una sonrisa, pero sin ellos, sin su calor, sin sus abrazos gratuitos y totalmente desinteresados, y aunque realmente no terminen de comprender cómo me siento ahora, no sería capaz de sobrevivir.
Así que, me digo mirando la lluvia caer cada vez más pausadamente, fue bonito mientras duró, quizá coincidamos en otra vida, y entonces ya probaremos suerte de nuevo.
29 de agosto de 2011

domingo, 18 de septiembre de 2011

Only when I sleep

                             "I'd fall asleep and then I'd dream of you again."
Me despierto sobresaltada, he vuelto a soñar contigo. El sueño reciente se va convirtiendo lentamente en cúmulos de imágenes inconexas que se disuelven perezosamente en mi conciencia como volutas de vapor, atormentándome y forzando a mi mente a sumergirse en unos recuerdos dolorosos y dulces de un pasado aún demasiado reciente. Me incorporo en la cama y me echo el pelo del flequillo hacia atrás con los dedos, segura de que no voy a ser capaz de conciliar el sueño de nuevo.
No es la primera vez que me pasa, ni la última tampoco seguramente. He soñado contigo tantas veces desde que nos separamos que he perdido la cuenta, y empiezo a preguntarme si no me estaré obsesionando demasiado y si esto que me está matando por dentro es normal. Sé que debería olvidarme de ti, que eso sería lo lógico y lo menos doloroso, pero nadie sabe lo mucho que me está costando superar que lo nuestro ya no existe. Pienso que con el tiempo me curaré, que quedarás como un bonito recuerdo, una experiencia más de la que me acordaré con cariño, el tipo de cosas en las que solo piensas de vez en cuando y te sorprendes de que se hayan cubierto de polvo dentro de ese cajón cerrado con llave en tu corazón. Pero de momento, no tengo fuerzas para intentar ni convencerme de ello ni ganas de engañarme a mí misma diciéndome que ya no pienso en ti de la misma manera. Ha veces incluso, en esos momentos de bajeza en los que el mundo se te derrumba, he llegado a preguntarme si no fue una buena idea llegar algo más lejos de los juegos de miradas, si no me arrepentiré de que el primero en robarme un beso fue un tipo que solo conocía una semana.
Miro por la ventana, el cielo está empezando a aclararse; en lo alto del firmamento las últimas estrellas ya están desapareciendo, y en el horizonte, una franja dorada de luz solar empieza a teñir las nubes de color rosa. Contemplo embelesada la bola roja del sol asomarse tras la línea que separa el cielo de la tierra, alzándose majestuosamente con ese color anaranjado del amanecer, aparentemente cercano. Aparto la vista de la hermosa estampa de la salida del sol, los ojos me lagrimean, no sé si por el brillo ardiente y cegador del astro rey o por esos malditos recuerdos. Porque este amanecer es aquel que prometimos ver juntos, después de despertarnos abrazados entre las sábanas; es ese deseo que se rompió en mil pedazos en la soledad de mi cuarto esa misma mañana, porque tú ya no estabas conmigo, te había apartado de mi lado. Sé que aquel último día, teñido de lágrimas de despedida y desesperadas palabras de amor, tú estabas contemplando el mismo amanecer desde tu cuarto, pensando en mí con esa sonrisa ladeada tuya y quizá sintiendo aún el sabor de mi boca en la tuya consciente de que aquel era nuestro último amanecer.
Y lo sabíamos: lo nuestro había tocado fondo. Simplemente no queríamos verlo, tratamos de conservar la pasión de aquella semana incluso cuando ya no nos veíamos, y ahora volvemos la cabeza para no ver la escarcha que tiñe nuestro futuro imposible. Y por mucho que sepa que nuestros caminos se separaron hace días, con el último “te quiero”, hoy me pregunto si tal vez tú estarás a cientos de kilómetros de mí mirando el sol alzándose como una incandescente bola de fuego en el horizonte; si estarás como yo, tratando de recordar la sensación de nuestros labios acariciándose, o si acaso ya los habrás olvidado y sustituido por los de otra chica más asequible que está tumbada a tu lado.
Cierro los ojos y me toco los labios con los dedos, imaginando que son los tuyos, y casi lo consigo, casi te veo inclinándote hacia mí y besándome con la desesperación y la emoción contenida del último abrazo, abandonándote en mi boca por última vez ya, estirando al máximo el momento porque nos daba pánico separarnos. Me pregunto si a ti también te habrá asaltado una ensoñación así últimamente y si cruzaré por tu mente, paseándome entre nuestros recuerdos. Dicen por ahí que si sueñas con alguien es porque esa persona se ha quedado dormida pensando en ti muy intensamente, y por primera vez me lo creo, dejo que esa pequeña ilusión infantil tome forma y prenda como una pequeña llama dentro de mí, y te imagino tumbado en una cama demasiado grande, abrazado a un espacio vacío que ojalá yo pudiera llenar.
Quizá te has dormido recreando un reencuentro más que improbable y que mi mirada te ha perseguido en sueños, y que esta noche hemos estado abrazados de nuevo en oro lugar místico y tan lejano como la galaxia más remota, y que ese beso que me arde en los labios ha sido real. A lo mejor, si vuelvo a cerrar los ojos y lo deseo con esa fuerza capaz de destruir murallas, sentiré tus dedos rozando mi piel en una efímera caricia y contemplaremos un nuevo amanecer, juntos en sueños.
14 de agosto de 2011

lunes, 12 de septiembre de 2011

What hurts the most



"If you don't wanna get your heart broken, pretend you don't have one"
Nunca sabes en qué momento te enamoras de una persona, simplemente pasa, de repente quizá cruzas una mirada, un comentario, o simplemente un pensamiento que pasa por tu cabeza, y nada vuelve a ser lo mismo, porque empiezas a sentir un cosquilleo en el estómago cuando lo ves, un extraño tamborileo desenfrenado dentro de tu pecho cuando vas cerca de él. Y ese es el momento en que lo sabes, has caído en sus redes, esa persona es la elegida, y nunca sabes por cuánto tiempo lo será, cuánto tiempo aguantarás con ese hilo invisible que te une a él como un cable de acero, no sabes qué pasará, solo hay algo seguro: vas a sufrir, porque el amor, a corto o largo plazo, te dolerá.
Ese es también probablemente el momento real en que te das cuenta de lo que sientes por alguien, el instante en que te hunden el frío puñal por la espalda y notas como la escarcha del desengaño te cubre lentamente, como el ardor de las lágrimas contenidas te obliga a fijar tu mirada en el suelo. Puede ser simplemente una frase que él ha dicho, puede que sea algún comentario que alguien deja caer sin mala intención, o puede ser algo peor, puede ser un beso a tu espalda con una desconocida, como un sablazo a traición. Ese es probablemente el momento en que te das cuenta de que le amabas y que nunca será tuyo, y duele, duele mucho.
Sientes como si todo se congelara a tu alrededor, como si todo hubiera perdido su color y nada fuera importante. Se te encoje el estómago como una pelota, pero no es un retortijón suave y casi placentero como el que te entraba cuando le veías antes, sino que te provoca unas terribles ganas de vomitar. El corazón te da un vuelco al ver ese cuerpo soldado al de alguien que no eres tú, y sientes como tus ojos se llenan de lágrimas amargas de desengaño, de dolor e incluso de orgullo herido, porque te das cuenta de que él no era como tú te habías imaginado, y la imagen idealizada que te has hecho de esa persona se desmorona delante de ti al ver lo fácil que le resulta liarse con una tía a la que ni siquiera conoce.
La música pierde volumen en el ambiente, o al menos eso te parece mientras intentas no mirarlo fundir sus labios seductores con los de la otra con pasión. Miras al suelo y entrecierras los ojos, empeñada obstinadamente en que ni una sola lágrima escape delante de todo el mundo, porque si algo quieres es que no se note que te acaban de romper el corazón en pedazos, porque acabas de decidir que esto no volverá a pasar nunca y que debes transformarte en un bloque de hielo sin sentimientos, o al menos parecerlo, porque es la única manera de que no te hagan daño, o al menos, que no se te note lo que duele. Intentas seguir bailando como si nada, como si el chico que te gusta no estuviera magreándose con esa rubia justo a tus espaldas, intentas sonreír pero no estás segura de que esa expresión que hay estampada en tu cara no sea una mueca de asco, o de asfixia, porque eso es lo que sientes mientras tu corazón se rompe en tu interior.
Haces como que no has visto nada; pero lo has visto y te mueres por dentro. La música parece demasiado estridente y retumba en tu pecho vacío; son melodías conocidas, pero ahora es como si de repente sonara a música fúnebre. Intentas mover tus caderas al ritmo y no mirarle a él, pero notas un par de ojos fijos en ti con una expresión de lástima camuflada en la adrenalina del ambiente, y sabes que por lo menos ella sí que se ha dado cuenta de lo que duele. Pero ahora más que nunca debes sonreír, mostrar tu mejor cara al mundo, porque al fin y al cabo es a ti a quien te toca ayudar a reparar los corazones rotos de los demás, y encargarte después del tuyo. Haces un esfuerzo por seguir el ritmo de la música por sonreír y fingir que te hace gracia, y que él no te importa en absoluto.
Pero llega un momento en que a pesar de que tu cabeza está inundada de pensamientos superficiales, tus ojos se llenan de lágrimas porque no puedes evitar mirar a ese que tanto daño te está haciendo. Y ya no puedes soportarlo más, te largas de allí con la excusa de que el ambiente está muy cargado y te escurres entre la multitud enloquecida como si fueras un soplo de brisa sin importancia. Y cuando sales a la calle las lágrimas saladas ya corren por tus mejillas como un caudal irrefrenable, y en ese momento eres consciente del puñal que acaba de clavarte a la espalda y a traición, sin ni siquiera ser consciente de ello, y te prometes que cuando lo superes, nunca jamás volverán a hacértelo.
10 de septiembre de 2011